Bélgica, un país marcado por la Primera Guerra Mundial

Bélgica es un país marcado por la Primera Guerra Mundial. Las fuerzas desatadas por aquella carnicería sin fin determinan el presente social y político cotidiano del fracturado país aún hoy, 90 años después del Armisticio que puso término a "la Der des Ders" (la Última de las Últimas), cuya solemne conmemoración se celebró el pasado 11 de noviembre.

Monumento conmemorativo en BruselasA diferencia de Alemania y Austria, que sufrieron enormes amputaciones territoriales tras la Gran Guerra, Bélgica amplió su territorio nacional con la incorporación de los cantones alemanes de Eupen y Malmedy y sus posesiones coloniales en el corazón de África con Rwanda y Burundi. Pero la traumática ocupación alemana --suave en comparación con la de la Segunda Guerra Mundial-- y la extrema dureza de los más de cuatro años de guerra de trincheras en Yser, en el extremo occidental del país, desencadenaron un combativo nacionalismo flamenco, que determina hoy el debate existencial belga y la división del país en dos comunidades separadas.

La conmemoración del Armisticio es una de las festividades políticas más importantes del país. Por parte de la comunidad francófona la festividad está asociada a la propia supervivencia histórica de Bélgica, mientras que en Flandes se vincula a la reivindicación nacionalista y a un pacifismo en las antípodas de la exaltación de la patria belga.

Tras la finalización del conflicto, la Bélgica francófona exaltó los héroes salvadores de la patria, con el rey Alberto I al frente de todos. Fueron glorificados el alcalde de Bruselas, Adolphe Max, el cardenal Mercier, el general Mathieu Leman (defensor de Lieja), el general Jules Marie Alphonse Jacques (defensor de Dixmude),  numerosos oficiales y la joven Gabrielle Petit (espía al servicio de Gran Bretaña), entre otros.

Pero la glorificación de estas figuras se limitó a la Bélgica francófona. La comunidad flamenca, desprovista de oficiales, carecía de grandes héroes que encajaran en el molde de salvadores de la patria. Por ello, la comunidad flamenca se orientó a exaltar los valores universales de la fraternidad humana y adoptó una actitud de rechazo a la Gran Guerra, como reacción frente una Bélgica francófona, que les despreciaba y oprimía.

Los grandes héroes flamencos del conflicto son los hermanos Edward y Frans  Van Raemdonck, sargentos de infantería, nacionalistas flamencos y muertos durante una misión el 26 de marzo de 1917 en Stteenstraet en el frente del Yser. La leyenda afirma que fueron encontrados abrazados uno al otro y muertos en una guerra que no era la suya. La leyenda sostiene que Frans la víspera de su muerte había afirmado que si caía sería "por Flandes".

Pero en Bélgica ni siquiera los muertos escapan a las querellas regionales que fragmentan el país y la comunidad francófona no tardó en cuestionar esa leyenda. Los historiadores sostienen que en realidad Frans Van Raemdonck fue hallado en brazos del soldado valón Amé Fievez y que Eward resultó muerto cuando buscaba a su hermano en la tierra de nadie entre las trincheras.

Los dos hermanos reposan como héroes en la cripta de la Torre del Yser, el monumento a la paz de 84 metros de altitud que se levanta en Dixmude y que se convirtió en un símbolo del movimiento pacifista y nacionalista flamenco. La torre, en forma de cruz, está dominada en su parte superior por las letras gigantes entrecruzadas AVV y VVK, que significan "Todo para Flandes, Flandes para Cristo".

Las paradojas del destino impusieron que los dos héroes flamencos deban compartir sepultura con el soldado francófono Fievez, porque los restos de los tres estaban entremezclados en la tumba común en el cementerio de Westvleteren cuando se decidió en 1932 el solemne traslado de los dos hermanos a la Torre del Yser. Hasta 1996, la presencia del soldado valón sólo aparecía reconocida con su nombre en la lápida, sin fecha de fallecimiento y sin la más mínima mención o explicación.  

Noventa años después del fin del conflicto, la Primera Guerra Mundial sigue presente en todos los rincones. Bruselas está plagada de monumentos, esculturas y placas conmemorativas del conflicto. Y en Ypres cada día a las 8 de la tarde se toca desde 1928 el "Last Post" en la puerta de Menen en recuerdo de los más de 600.000 soldados caídos en las sucesivas batallas libradas entorno a la ciudad durante la guerra.

La política flamenca alemana durante la ocupación para preparar la división del país en dos estados lingüísticos manejables, que se repitió durante la Segunda Guerra Mundial, atrajo la simpatía de los militantes flamencos. Pero generó una animadversión hacia el movimiento nacionalista por parte del resto del país y su sucesiva estigmatización como colaboracionista.

Pese a ese rechazo, el movimiento nacionalista flamenco extrajo su fuerza de la utilización masiva de los soldados flamencos como carne de cañón en ofensivas inútiles por parte de oficiales francófonos que los menospreciaban y de la convicción de que Flandes había pagado un tributo mucho más elevado que el resto del país durante el conflicto sin que se reconociera ese sacrificio. El movimiento nacionalista se consolidó asociado al pacifismo con peregrinajes anuales a Torre del Yser.

La primera Torre del Yser fue dinamitada en marzo de 1946 en lo que se sospechó que era una represalia contra los nacionalistas flamencos por su colaboracionismo durante la Segunda Guerra Mundial. Como ocurre con excesiva frecuencia en Bélgica, el asunto nunca logró aclararse.

Esta actitud de rechazo a la Primera Guerra Mundial condujo a que Flandes olvidara alguno de sus héroes reales de la contienda, como Marthe Cnockaert, que actuó como espía británica mientras trabajaba como enfermera en el hospital alemán Roulers. Condecorada con las más altas distinciones británica y francesa, Cnockaert recibió incluso con la Cruz de Hierro alemana por los cuidados prestados a los soldados heridos enemigos de su país.

Cnockaert, que asumió el apellido de McKenna al casarse, escribió en 1932 como Marthe McKenna sus memorías en inglés: "I was a Spy". El libro se convirtió en  un best-seller, prologado nada menos que por Wistont Churchil, entonces primer lord del almirantazgo, y del que produjo al menos una película en 1933 en la que actuaba Conrad Veidt, el actor alemán antinazi protagonista del "Ladron de Bagdad" y que posteriormente interpretaría al Major Heinrich Strasser en "Casablanca".

El libro del que se vendieron entonces más de 200.000 ejemplares fue traducido al francés, al italiano e incluso al rumano. Pero no fue traducido al neerlandés hasta el año 2000 y aún gracias al redescubrimiento de Cnockaert por la historiadora Laurence Van Ypersele de la Universidad Católica de Lovaina.

Estos días precisamente la prensa francófona denuncia las maniobras internacionales del Gobierno flamenco para "apropiarse" de la conmemoración dentro de seis años del centenario del inicio de la Primera Guerra Mundial, ante la pasividad del Gobierno federal presidido por un flamenco y del gobierno regional francófono valón. El objetivo del Gobierno regional, según la prensa, es convertir el centenario del conflicto del 2014 al 2018 en una exaltación de Flandes que desdibuje aún más a Bélgica como país y beneficiarse del lucrativo negocio del denominado "turismo de la paz", que visita los escenarios de la Primera Guerra Mundial.

 

(Una versión mucho más corta fue publicada en El Periódico el 13 de noviembre del 2008)

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