Bélgica, un país a la deriva

A tres semanas de unas elecciones legislativas clave para el futuro de Bélgica (13 de junio), el país da la impresión de ir más a la deriva que nunca. Mientras los partidos y la población flamenca se preparan para acudir a las urnas con el decidido objetivo de transformar el actual Estado Federal en un Estado Confederal, la población francófona parece dominada por la apatía y los partidos francófonos, anclados en una estrategia de resistencia numantina a las exigencias de la mayoría flamenca, no parecen capaces de presentar ninguna alternativa viable al progresivo desmantelamiento del estado belga que va realizando Flandes.

Bélgica es un país fracturado desde hace muchos años, en el que las comunidades flamenca y francófona viven cada vez más separadas y de espaldas una de la otra, con una creciente radicalización nacionalista en Flandes en cada una de las elecciones desde el inicio del nuevo siglo.

La enésima crisis política del país, con la tercera dimisión del primer ministro, Yves Leterme, en tan solo dos años, y la convocatoria de elecciones anticipadas a causa de los conflictos regionales, refleja esa realidad social con toda su crudeza.

Tras las elecciones de junio del 2007, Bélgica necesitó diez meses de tormentosas negociaciones políticas para lograr formar una inestable coalición gubernamental democristiana-liberal-socialista de cinco partidos. Después de los comicios del 13 de junio, la tarea se presenta todavía más ardua e incierta.

SIN BASE PARA UN CONSENSO

Las posiciones entre los partidos flamencos y francófonos son tan distantes que no existe una base encima de la que construir un consenso sobre el modelo de estado y de relaciones entre las dos comunidades. «¿Este país tiene aún algún sentido?», se preguntaba en la portada el principal diario francófono Le Soir el pasado 23 de abril, condensando en una sola frase la situación real de Bélgica.

La actual crisis es fruto de la pugna entre flamencos y francófonos por el control político y lingüístico de la periferia de Bruselas. Pero es mucho más profunda y va mucho más allá del bloqueo de la escisión del distrito electoral y judicial que une Bruselas con los 35 municipios flamencos de su periferia que ha hecho caer al Gobierno. Es la propia concepción de Bélgica y de la convivencia de las dos comunidades lo que está en cuestión.

Flandes, la comunidad más poblada, rica y dinámica de Bélgica, se ha transformado a lo largo de las últimas décadas en una nación de facto, con una agenda y unos objetivos políticos propios y con la voluntad de convertirse a la larga en un Estado.

Tras la segunda guerra mundial, los flamencos, la comunidad históricamente pobre, marginada y despreciada social y políticamente, han ido asumiendo paulatinamente un creciente peso económico y político en Bélgica, que les ha permitido lograr un reconocimiento de derechos regionales y lingüísticos cada vez más amplio. Ahora, al sumar el 60% de la población, detentan asimismo la mayoría del Parlamento federal.

RADICALIZACIÓN  NACIONALISTA

El éxito electoral de la extrema derecha independentista flamenca, el Vlaams Belang (Interés Flamenco, antiguamente denominado Vlaams Blok) ha empujado además a los demás partidos flamencos a asumir unas posiciones cada vez más nacionalistas y exigir poderes cada vez más amplios para Flandes.

La disolución del antiguo partido nacionalista flamenco Volksunie (Unión Popular) en 2001 y la integración de parte de sus miembros en los demás partidos flamencos han acentuado esta tendencia.

La Nueva Alianza Flamenca (NVA), donde se agruparon la mayoría de los antiguos miembros de Volksunie y que defiende la independencia a medio plazo de Flandes, aparece precisamente como favorito en las elecciones y los primeros sondeos le auguran convertirse en el partido con más diputados en el nuevo Parlamento federal belga: 22 de 150 escaños.

La NVA obtendría, según los sondeos, el 22,9% de los votos de Flandes, 4 puntos por delante de los democristianos (CDV). Sumando los votos atribuidos a las fuerzas radicales, Vlaams Belang (12,5%) y Lista Dedecker (3,9%), los partidos que apoyan la independencia de Flandes suman casi el 40% de las intenciones de voto.

Tras obtener un Estado Federal en 1993, el objetivo ahora de Flandes es lograr un Estado Confederal, con una total regionalización de los impuestos y de la seguridad social, que la minoría francófona teme que sea la antesala de la escisión definitiva.

A LA DEFENSIVA Y SUBSIDIADOS

La comunidad francófona representa alrededor del 40% de la población y vive repartida en Walonia y Bruselas. Frente a los flamencos que tienen Flandes como referencia identitaria nacional, los francófonos son quienes defienden una Bélgica lo más integrada posible, porque necesitan las subvenciones con los fondos recaudados en Flandes para mantener su nivel de vida y porque si Bélgica se disuelve no les queda nada.

La antaño todo poderosa comunidad francófona, que dominó económica, social y políticamente Bélgica hasta hace unas pocas décadas, se encuentra a la defensiva. Está empobrecida tras las sucesivas crisis de la minería y de la industria siderometalúrgica y por la pérdida de la riqueza procedente del Congo, sin que haya sido capaz de generar un nuevo tejido empresarial potente que sustituya al perdido.

Sin las transferencias procedentes de Flandes, la protección social francófona debería recortarse en un 30%, según determinados estudios. La comunidad francófona no ha sido consciente del enorme esfuerzo financiero que ha supuesto para Flandes esas ayudas, ni del malestar creciente que se generaba en el norte del país por el autoabandono de Walonia a una crisis endémica y por su acomodo a una cultura del subsidio y al seguro de paro prácticamente eterno.

SIN  NEXOS  DE  UNIÓN

La fijación de la frontera lingüística definitiva que instauró una división de Bélgica por la mitad en 1962, alejó decisivamente a una comunidad de otra. Desde hace varias décadas no hay ningún partido de ámbito estatal y las relaciones entre los partidos flamencos y francófonos de la misma familia política son nulas. La fragmentación alcanza todos los ámbitos de la vida cotidiana, incluso las federaciones deportivas están separadas.

Cada comunidad vive en su mundo, ve televisiones diferentes y  lee unos diarios diferentes que sólo dan noticias negativas de lo que ocurre en la otra parte del país: Corrupción francófona, impunidad de los delincuentes y abusos de la protección social en los medios de comunicación flamencos y corrupción flamenca y persecución de los francófonos en Flandes en los medios de comunicación francófonos.

Hasta las novelas, las películas, los programas televisivos y los cómics de éxito son diferentes a un lado y otro de la frontera lingüística. Los flamencos suelen saber francés, pero evitan hablarlo en su territorio, mientras que un alto porcentaje de francófonos no sabe neerlandés. 

En este contexto, los flamencos exigen acabar con el distrito electoral y judicial de Bruselas-Hal-Vilvoorde (BHV) para establecer la homogeneidad territorial, política y lingüística de Flandes y para frenar lo que consideran una creciente «invasión francófona» de su territorio.

Los partidos francófonos se resisten a esa escisión porque recortaría el derecho de los 150.000 francófonos que residen en la periferia flamenca de Bruselas a ser juzgados en francés, a utilizar en francés en sus relaciones con la administración y a votar a partidos de su lengua. Los francófonos consideran esa escisión como una vulneración de las garantías dadas cuando se fijó la frontera lingüística del país. Para los flamencos es esencial consolidar la frontera lingüística como frontera política, mientras que los francófonos ven en ello la preparación de la independencia de Flandes.

APATÍA Y DESCRÉDITO

Pese a ese temor francófono a la ruptura del país, la movilización ciudadana en defensa de la unidad de Bélgica es muy débil. Las banderas tricolores belgas han reaparecido en las ventanas y balcones de la capital, pero con menos intensidad que en el 2007, y la manifestación celebrada el pasado 16 de mayo en Bruselas en defensa de Bélgica fue un fracaso. Apenas participaron en ella unas 3.000 personas, mientras que en el 2007 una manifestación similar movilizó a 35.000 personas en la capital, aunque también supuso una participación escasa para una población francófona de unos 4 millones de personas.

A la apatía ciudadana se suma un marcado descrédito de los políticos belgas, en especial de los francófonos, con la acumulación de casos de corrupción, prebendas y apaños entre amigos y cada vez más alejados de la realidad cotidiana de los ciudadanos.

Los partidarios de boicotear el voto obligatorio para expresar su repulsa al establishment político, a pesar del riesgo de ser multados con 55 euros, se están mostrando muy activos. Esta campaña ha encontrado el respaldo público de figuras destacadas, como el cantante flamenco Stijn Meuris. El web www.jenevotepas.be ha conseguido más de 5.000 adhesiones en muy pocos días y otros grupos en Factbook,  que proponen ir a la piscina en lugar de acudir a votar también acumulan más ya más de 12.000 adherentes.

 

 

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