Cuando viajo, a veces, los muertos me hablan

Es cierto, no miento, me ha sucedido en dos ocasiones, en España y en Bulgaria. No sé si pensaron en que alguien les escucharía siglos después, pero así es. Incluso sé sus nombres. Sus mensajes hablaban de cosas universales, el amor, el paso del tiempo, el recuerdo...

La del primero fue una voz triste y quejumbrosa, suplicante, que me hablaba de una pérdida, de dolor, de amor y de muerte. “…Serías mi Parca si me llevases de donde estoy con la fuerza de una infernal amatista. Si me amaste, llévame de aquí a la otra vida”. El segundo, otrora poderosa figura de un monarca, se tornaba leve, casi imperceptible, mientras recitaba sus palabras: “Incluso si un hombre vive bien, acabará muriendo y otro hombre le sucederá”.

Me hablan porque en aquel momento estoy preparado para sentir el eco de su mensaje. En Úbeda me hablo un liberto romano, Cayo Aerario; en Veliko Tarnovo fue el khan Omurtag. Sus mensajes me hablaban de cosas universales, el amor, el paso del tiempo, el recuerdo, la muerte...

En Úbeda, la voz surgía con fuerza de una esquina del patio en donde se vislumbraba una estela funeraria que, completa, decía lo siguiente:

 

“Gemina, esclava de Decio Publicio Subicio, de 25 años, aquí yace, murió en el parto. Cayo Aerario hizo poner el cipo. Serías mi Parca si me llevases de donde estoy con la fuerza de una infernal amatista. Si me amaste, llévame de aquí a la otra vida. Séate la tierra leve.”

 

Un liberto, Cayo Aerario, reclama al espíritu de su amada, una esclava muerta durante un parto, que se convierta en su Parca y le lleve con ella al otro mundo. Lenguaje poético de finales del siglo I enterrado en la tierra durante casi dos milenios. Es el eco lejano de un grito desgarrador por la amada desaparecida que conmueve a aquellos que mantienen receptivos sus sentidos.

Mi estela está ahora en el arqueológico de Úbeda, un pequeño y delicioso museo situado en una casa mudéjar del siglo XIV con una interesante arquitectura muy bien restaurada (el edificio en sí es la primera pieza del museo) y que contiene materiales sobre todo prehistóricos, ibéricos, griegos y romanos. Pasear por su pequeño patio interior puede suponer un hermoso placer si tenemos en cuenta la tranquilidad que se respira entre sus columnas. Tal vez por ello aquella voz del pasado me llegó tan nítida y tan clara…

 

Persistir en el tiempo búlgaro

En Bulgaria, la ciudad de Veliko Tarnovo, a unos 250 kilómetros al este de la capital, Sofía, posee una notable aunque bastante reconstruida fortaleza y, a sus pies, un grupo de interesantes iglesias medievales. En una de ellas, la Iglesia de los 40 mártires, se conserva una columna en la que se incluye una inscripción redactada por el khan Omurtag, que dirigió la Bulgaria temprana, allá por los inicios del siglo IX. La columna es reaprovechada, no se encuentra en su lugar original, y es portadora de un mensaje de Omurtag para las generaciones futuras:

 

“Incluso si un hombre vive bien, acabará muriendo y otro hombre le sucederá. Quien venga después, que a través de esta inscripción recuerde al que la compuso”

 

Para Omurtag sólo las realizaciones materiales sirven para perpetuar la memoria. La salvación del alma que promulgaban los cristianos, a la que persiguió sin rubor, era una insensata pretensión. Dudoso intento de inmortalidad material, tanto al menos como la salvación prometida al espíritu intangible...

Sorprende comprobar cómo casi un siglo antes, a miles de kilómetros de distancia, el inmortal poeta chino Li Bai ya había dejado dicho algo parecido en uno de sus poemas más conocidos:

 

“los hombres de hoy no ven la luna de antaño,

más la luna de hoy ha alumbrado a los hombres antiguos.

Tanto los del pasado como los del presente,

vienen y se van como las aguas de un río,

y todos contemplan la misma luna ”

 

Cuando viaje, mantenga todos sus sentidos alerta, a veces, sólo a veces, se escucha a los muertos.

 

Imagen de eGil

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