Clasificado en:

Volúbilis

VOLÚBILIS

Una sutil sensación de vértigo se apodera del transeúnte cuando se adentra, absorto en sus pasos, en la ciudad marroquí de Volúbilis.

Es una sensación ligera, pero lo suficientemente presente como para, por unos instantes, impedirte avanzar con normalidad. Los músculos parecen no responder adecuadamente y se hace difícil enfocar la vista en alguno de los elementos que te rodean. Incluso hasta puede que te haga tropezar.

Se hacen necesarios unos segundos de contemplación silenciosa y respiración pausada para que cuerpo y mente se adapten a este extraño lugar.

 El visitante comienza por apreciar calles y avenidas devastadas. Algunos edificios públicos más sólidos se encuentran parcialmente en pie. Poco a poco va distinguiendo más detalles. La maleza coloniza parte del terreno. No hay nadie. Definitivamente es una ciudad abandonada, destruida, como si una bomba de protones la hubiera despedazado no hace demasiados años.

 Entonces comienzas a ser consciente de haber atravesado, sin darte cuenta, esa puerta invisible que a veces te conduce, con mucha suerte y sin pretenderlo, a otra dimensión.

 

 

  

Ubicada sobre una planicie de unas 20 Ha, a orillas del Oued Lkhemmane, vigilada de cerca por el monte Zerhum, y a tan sólo cuatro kilómetros de Mulay Idris, escasos son los motivos que justifiquen la omisión de su visita de quienes se aventuren por estas tierras alauitas cercanas a la ciudad imperial de Meknes.

En la deformación de la palabra oualili (adelfa en berebere),  algunos etimólogos encuentran el origen del nombre de Volúbilis.

                             

En primer lugar hemos de remontarnos a una calurosa tarde de gladiadores en la Roma del año 40. En el palco encontramos a Ptolomeo, rey de Mauritania, invitado y agasajado por el mismísimo Calígula en agradecimiento a la ayuda prestada en sus victoriosas campañas militares por el norte de África.

Según nos narra Suetonio, ese día Ptolomeo cometió un gran error: vestir una magnífica túnica púrpura que causó profunda admiración en el Coliseo. Calígula, sintiéndose ensombrecido, empapado en sudor, rojo de ira y de celos, lo mandó ejecutar sin mayor dilación y sin remordimiento alguno. Aquella tarde, la de los gladiadores no fue la única sangre que empapó la arena.

 Como consecuencia inmediata de aquel arrebato, quien sabe si premeditado, acababa de anexionarse el gran Reino de Mauritania al que dividió en dos provincias. Volúbilis pasó entonces a ser la capital de la provincia romana de Mauritania Tingitana, la base africana más lejana del imperio.

 A partir de aquel momento Volúbilis gozó de un auge sin precedentes. Producía y comerciaba principalmente con su exquisito aceite de oliva y con su trigo temprano, productos de reconocida calidad y cuya fama alcanzó los más alejados límites del imperio, desde el muro escocés de Adriano hasta el mismísimo Golfo Pérsico.

 Por su ubicación en el continente africano, también se convirtió en proveedora de fieras salvajes. Tigres, leones y leopardos embarcaban enjaulados y hambrientos con rumbo a todos los circos del imperio y cuyo destino era matar a dentelladas para finalmente morir derramando su sangre salvaje.

 Paseando por sus calles, aguzando el oído, el olfato y entornando los ojos, no resulta difícil percibir el juego de los niños en la calle, el rodar de carros transportando grandes sandías en verano, las voces de los plebeyos regateando en el mercado o el murmullo discreto de los escasos patricios conversando en el foro con sus túnicas blancas. Quizá discutan acerca de la próxima cosecha o argumenten acerca de algunos de los manuscritos custodiados en Alejandría.

 Las calles centrales huelen a humo, cuero y a especias: menta, canela, cilantro y cardamomo. Mas allá el olor a carne y verduras cocidas con sémola que desprende un delicioso tagine recién hecho.

Mil colores muestran las mil telas que el tendero ofrece a las damas, el verde jade y el rojo rubí que engarza con esmero el orfebre y por fin el naranja que tiñe de dorado la ciudad entera al atardecer y que sólo puede admirarse en el norte de África.

 Esa prosperidad llevó aparejada durante siglos la construcción de grandes edificios públicos. Así Volúbilis contó con buena parte de los elementos que cabría esperar de una capital de provincia: templos, foros, termas, arco de triunfo... Las familias más adineradas construyeron grandes residencias al más puro estilo romano, con atrio, impluvio, baños... Incluso, durante el reinado de Marco Aurelio contó con muralla de 8 puertas sobre la que se alzaron 40 torres.

 

 Hoy, por unos 20 Dirhams puedes recorrer a tu aire el yacimiento romano mejor conservado de todo el continente africano.

 Dependiendo de la época del año o de la hora del día puede que incluso puedas disfrutarlo completamente a solas. Por algunas monedas más, también es una buena opción la contratación de alguno de los guías que aguardan sentados en cuclillas, ociosos, a las puertas de la ciudad. Bonita forma de ganarse la vida.

 En las instalaciones aledañas, además del aparcamiento, pueden encontrarse unos lavabos, aunque hay viajeros que el campo circundante les ofrece mayores garantías. A las puertas también encontramos una cafetería con mesas y sillas de plástico desteñidas por años de intemperie en la que tomarse un té con menta bajo la tímida brisa del ocaso, cuando las ruinas proyectan sus sombras alargadas sobre la llanura.

 

Paseando por sus calles y entre sus construcciones principales podemos encontrar el Capitolino, templo clásico dedicado a Júpiter. Un poco más adelante nos topamos con el Foro o la Basílica y a pocos metros la panadería.

 En el centro de la ciudad, en el cruce de las tradicionales vías Cardo y Decumano, emerge impresionante y sólido el Arco de Triunfo, también en pié. Como epicentro, preside toda la ciudad que se desparrama derruida a su alrededor, fruto de su onda expansiva. Está dedicado a Caracalla.

 En una sociedad sofisticada como aquella, las familias adineradas construyeron sus casas a la moda de Roma. Entre ellas destaca la del Desultor con el magnífico mosaico del atleta. A la vuelta de la esquina está la Casa del Perro y más allá la de Efebo con sus mosaicos de Baco o el de hermosos motivos marineros.

 No hay ninguna parte cubierta o de alguna manera protegida. El calor abrasa y agrieta las piedras y el frío las quebranta sin piedad; las hierbas, bravas, revientan las débiles juntas; los lagartos, tímidos, anidan en sus oquedades y el agua y la tormenta lavan y sacuden las teselas. Tan sólo una rudimentaria cuerda burdamente anudada a unas estacas delimita alguno de los mosaicos a modo de escueta protección.

 Algún muchacho pasea su asno por las inmediaciones para que el animal se alimente de las hierbas y con la intención de obtener algunos dirhams extras a cambio de dejarse fotografiar con su burro, con las ruinas de una ciudad romana de fondo, foto a la que pocos visitantes se resisten.

 

En el año 631 los árabes reconquistan por fin el territorio y se instalan en la ciudad. Pero fue cuando Idris II fundó la ciudad imperial de Fez, cuando Volúbilis entró definitivamente en decadencia y quedó abandonada a su suerte y a los vientos calientes y turbios del Sahara.

Más tarde, ya en el s. XVIII, el segundo sultán alauita Mulay Ismail aprovechó sus piedras para la construcción de los templos de la vecina Meknes. Para terminar, el terremoto de Lisboa de 1755 acabó por descalabrar buena parte de los edificios que a duras penas quedaban aún en pie.

 Diferentes proyectos de estudio y excavación se han llevado a cabo desde 1915, sobretodo de la mano de arqueólogos franceses. Finalmente en 1997 es declarada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad.

 

 El sol está a punto de esconderse tras una suave loma y arroja sus últimos rayos dorados sobre la llanura. A la vuelta, el conductor nos dirige dando tumbos hacia el sur en uno de los omnipresentes Mercedes-Benz de los 70. Hace tiempo que perdió el cierre y la manilla de la puerta del copiloto, hecho que me obliga a ir sujetándola tirando de una cuerda anudada a su cierre si no quiero salir rodando por los campos descuidados y sembrados de las bolsas de plástico que los pajotes secos han arrebatado al viento.

 En el rudimentario radiocasete del vehículo atrona a todo volumen el coro de esclavos de Nabuco. Entorno los ojos. Una parte de mí se ha quedado para siempre y aún sigue paseando, sin prisas y en penumbra, entre las construcciones maltrechas de las calles de Volúbilis.

 

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene como privado.
CAPTCHA
La siguiente pregunta es para prevenir el spam automático en los envíos.
Image CAPTCHA
Copy the characters (respecting upper/lower case) from the image.