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O Ponto Final

Al doblar la última esquina, donde ya únicamente habita el viento y donde por fin el Tajo encuentra el mar, me encuentro con un local en plena reforma.

Sin muebles en su interior, un solo operario lija a mano pausadamente la gruesa pintura amarilla que durante tantos años ha cubierto la puerta de hierro. La pintura, tras años de salitre y de manos superpuestas, forma un solo cuerpo con el hierro. A duras penas logra separarla del metal al que se encuentra abrazada en una unión que parecía eterna. Pero, por lo visto, no es así. Y es que ya pocas cosas son eternas. Los tiempos cambian, lástima.
 
Una visita que se precie a la cautivadora ciudad de Lisboa no es del todo completa sin haber pasado un buen rato admirando las magníficas vistas desde el ventanal del restaurante O Ponto Final.
 
Al otro lado del estuario del Tajo, a unos 15 minutos en ferry desde la céntrica estación de Cais de Sodré se encontraba este magnífico lugar. En él uno tiene la sensación de ser un observador anónimo de la ciudad, que la mira sin ser visto. Un magnífico lugar por muchas razones, diferentes para cada uno: magnífico por su comida, por su luz, por sus vistas, por los momentos vividos, por el viento, por el mar, porque hay que buscarlo… y porque hay que encontrarlo. Un lugar en el que las sensaciones se acentúan y en el que no existen las prisas.
 
 
 
Una vez te apeas en Calcilhas has de tomar justo a la derecha un estrecho camino pegado al mar. No tiene señales, ni vallas, ni ninguna protección. Un traspiés y acabas en el fondo del estuario engullido por las olas. Algún pescador solitario ocupa ocasionalmente alguno de los pequeños muelles abandonados.
  
A O Ponto Final no se puede acceder en coche, hay que caminar. El paseo es surrealista, largo y pausado. Bajo un acantilado, entre olas y viejas naves industriales abandonadas, la mayoría ya sin tejado, a duras penas apuntaladas y a punto de desplomarse sobre tu cabeza, no hay posibilidad alguna de escape.
De hecho, unos grandes carteles desaconseja su visita y avisa al peatón furtivo del peligro que corre paseando por aquellos extraños derroteros. A pesar de todo y aunque parezca increíble, las ruinosas instalaciones aún proporcionan algún cobijo a quien no tiene otro lugar en el que pasar la noche.
 
 
 
Los lisboetas se preguntan cuánto tiempo más las antiquísimas construcciones aguantarán en pié. Quizá las derriben para construir un paseo fluvial iluminado con césped y todo, o se reconviertan en artificiales locales de moda como las docas de Alcántara o Santo Amaro al otro lado del Tajo. O hasta que una noche un golpe de viento las tumbe para siempre sin que nadie las eche de menos…
 
  
 
El escenario puede resultar bastante extraño, sobre todo la primera vez que lo pisas. Al principio crees que estás completamente equivocado y puedes hasta dudar un instante y darte media vuelta. Aquel paseo parece conducirte a ninguna parte. Y efectivamente así es: te conduce a O Ponto Final.
 
Ese restaurante tenía encanto. Era sencillo y pequeño, pero muy acogedor. Sus paredes estaban llenas de multitud de cuadros y dibujos y su comida era excelente, nada sofisticada pero bien hecha. Sus platos, tradicionales, mantenían toda la fuerza mestiza de ultramar, sabores característicos de antiguas ciudades portuarias como Lisboa.
 
 
 
Tenía una magnífica terraza compuesta por unas cuantas mesas y sillas también de hierro antiguo con mil capas de pintura amarilla que hacían equilibrio sobre el muelle para no caer al mar. Las vistas de la ciudad son difícilmente igualables.
 
Generalmente se suele recomendar para los meses de primavera o verano para así poder disfrutar del paseo y de la terraza. No obstante, el invierno es especial, cuando pocos individuos se aventuran, cuando la lluvia oxida aún más las vetustas sillas. Cuando el aguacero enturbia el horizonte hasta borrarlo, cuando te acurrucas confortable en su interior y lees a Pessoa. Cuando el viento nos trae desde el Chiado los acordes melancólicos de la Pequeña Berta, recordando a Amália Rodrigues, a reina do Fado.
Es en invierno cuando observas a través de sus ventanas como se moja el mundo.
 
Quatro paredes caiadas,
um cheirinho á alecrim,
um cacho de uvas doiradas,
duas rosas num jardim,
São José de azulejo
mais um sol de primavera...
uma promessa de beijos...
dois braços à minha espera...
É uma casa portuguesa, com certeza!
É, com certeza, uma casa portuguesa!
 
Sus paredes podrían contar muchas historias. Historias de juventud, de buenos amigos, de risas, de desencuentros, de amores…
  
Me pregunto si esta reforma con la que hoy me encuentro obedece a un acto de responsabilidad para que el restaurante se renueve y no se derrumbe como el resto del paseo. ¿A dónde irán a parar sus mesas amarillas, sus cuadros y su atmósfera? ¿A dónde irá a parar su memoria? ¿Y la nuestra?
 
Siento escalofríos al pensar que en su lugar pueda encontrar un decorado prefabricado, de plástico, fruto de las ansias expansivas de alguna multinacional y nuestro rincón desaparezca para siempre. Quizá hasta mantenga el nombre en flamantes letras iluminadas, pero no su espíritu. Su alma se escapará, se la llevará por fin el río.
 
De eso nada. No puede ser. Confío en encontrarme de nuevo con el último de los lugares y poder seguir viniendo durante muchos años más a O Ponto Final, el último lugar sobre la tierra en Rua do Ginjal, 72.
 
 
djncarpediem

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