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Aunque no puedo verla, sé que está sonriendo.

Los susurros, cada vez más espaciados e inconexos, dieron finalmente paso al silencio. Hacía bastante rato que ella había sucumbido al sueño y ahora permanecía inmóvil.
Hace ya algunos años, durante madrugadas como ésta, entumecidos, habíamos ideado un repertorio bien surtido de posiciones nuevas para descansar durante la noche. Una vez agotadas las posibilidades que nos brindaba el Tetris o el Kama-Sutra, disciplinas ambas en las que nos tenemos por experimentados, solíamos improvisar. Los cambios de postura los realizábamos a cada rato, al mismo tiempo, con movimientos lentos pero precisos, perfectamente acoplados, coordinados, sincronizados… como si de una danza ensayada mil veces bajo el agua se tratara.
 
Sin embargo, hacía ya casi diez años que, en nuestros viajes con InterRail, habíamos cambiado las butacas templadas y acolchadas por cómodas literas, por lo que aquellas novedosas técnicas ya no eran necesarias. Aquellos jóvenes atolondrados de hacía una década habían dado paso a una familia de cuatro miembros. También es cierto que, en esa lenta pero implacable metamorfosis, no habíamos perdido ni un ápice de entusiasmo y conservábamos intactas la curiosidad y la capacidad de asombro que nos seguía empujando a ver mundo y que nos mantenía aún vivos.
 
Ella asoma su rostro un instante y, desde arriba, me mira indiferente, entornando esos mismos ojos que me cambiaron la vida hace ya algunos años, y me pregunta con voz clara, impropia para quien acaba de salir bruscamente de su fase REM: "¿qué hora es?". Acto seguido se reincorpora sin mediar más palabra y sin esperar respuesta al pozo onírico en el que se encontraba.
 
El eco de aquella pregunta flota ingrávido en el compartimento y, con sigilo, acaba penetrando e instalándose en mi cabeza. Pienso durante horas en lo absurdo y relativo que es el tiempo. Me embarco en cálculos improbables, pensamientos interminables y en conjeturas imposibles.
La hora... ¿la hora de nuestra lejana ciudad, la de Bohinjska Bistrica, o la de aquel lugar impreciso que en ese momento hacía palpitar el tren a su paso? Pienso en cómo retorcemos los husos horarios a nuestro antojo, o cómo los acomodamos a las formas caprichosas de la naturaleza, a ríos o a fronteras... Y cómo el tren atraviesa las líneas blancas que separan las horas, impasible, sin ni tan siquiera darse cuenta de que están ahí, dibujadas sobre un mapa imaginario, pero que ningún pasajero alcanza a distinguir entre los campos de trigo, las vegas encharcadas o los bosques húmedos.
 
Mis pensamientos se enredan y me llevan a profundizar en reflexiones cada vez más complejas: cábalas, relatividad, relaciones sentimentales y químicas, Nostradamus y Stonehenge, Ales Stenar y Capote, quásares y proporciones áureas, instintos y temores...
 
En medio de la noche y de mi frenesí alucinógeno, por unos segundos, al otro lado de la ventanilla y bajo las estrellas, me parece ver en la oscuridad unos pequeños y animados pececillos de colores vivos, fosforescentes, navegando en grupos junto al tren, moviendo sus pequeñas aletas, jugando divertidos al escondite entre los vagones plateados, ocultándose tras la locomotora y haciendo piruetas alrededor del fuselaje...
 
 
Huelo a café. Alcanzo a distinguir algunos pasos furtivos en el pasillo y me siento bien.
Ya la claridad quiere colarse tímidamente para ocupar el hueco que las sombras van dejando.
Miro afuera y, aún en penumbras, a la salida de un largo y oscuro túnel alcanzo a distinguir en el horizonte el paisaje montañoso, húmedo y verde, la cumbre aún nevada del majestuoso Triglav.
 
Los niños aún podrán seguir durmiendo algunos minutos más.
 
Noto que en la litera de arriba ella se estira.
Aunque no puedo verla, sé que está sonriendo.
 

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