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Largas tardes

Ampelio estaba sentado frente a la ventana mirando al cielo y a la nube gris que se acercaba. Siempre, a la misma hora, sacaba sus manos de los bolsillos y concentrándose tiraba de la silla de ruedas para llegar al gran ventanal. Allí pasaba la tarde, observando cómo las nubes se movían de un lado a otro, cómo caía la lluvia, o cómo transformaba los colores del campo la luz del sol.

No le gustaba hablar con la gente ni tampoco le gustaba que los trabajadores llamasen a esa gente sus amigos. Ampelio no tenía amigos en aquel lugar y tampoco quería tenerlos. No le gustaba ir a las clases de historia de la música, ni jugar al ajedrez, ni compartir la mesa mientras comía. Su gran momento del día era justo después de almorzar cuando podía ir, sin ser trasladado por alguien, al gran ventanal. Allí era feliz hasta que anochecía y tenía que ir a cenar y luego a dormir.

Ampelio recibía pocas visitas y cuando las recibía solían ser de corta duración. “¿Qué tal estas papá? ¿Cómo estas abuelo? ¿Qué has hecho hoy? ¿Qué has comido?”. Entre pregunta y pregunta siempre había grandes silencios. “Hasta el próximo día” Y tras los besos continuaba observando el paisaje a través del cristal.

Esa tarde su nieto Tomás se acercó por detrás y le dio un beso en la coronilla. Ampelio no giró la cabeza ni hizo ningún gesto. Tomás arrimó una silla y se quedó mirando a través del cristal igual que hacía su abuelo. Así, juntos pero sin hablarse ni mirarse, permanecieron un largo tiempo. Ampelio se sintió acompañado y de repente, curioso. Preguntó a su nieto cómo le iban las cosas. Tomás sonrió y le entregó un sobre. “Felicidades abuelo” dijo.

El abuelo ni si quiera recordaba que ese día era su cumpleaños. Tomás era el primer familiar que le felicitaba y tal vez fuese el único. En la residencia nadie se había molestado, ni si quiera los trabajadores que siempre intentaban robarle una frase o alguna mueca. Abrió el sobre con expectación y encontró un tarjeta; había una frase que no entendió: InterRail 2010, y una foto de su nieto y suya hacía ya algunos años. Miró con curiosidad.

 

-Nos vamos de viaje, abuelo – dijo Tomás

-¿Adónde voy a ir yo con esto? Estoy muy viejo. – dijo refriéndose a la silla de ruedas

-¿Ves ese prado verde? Pues vamos a ir a ver muchos como ese. Dentro de dos semanas vengo a buscarte y nos vamos.

Ampelio volvió a mirar a través de la ventana y permaneció así hasta que su nieto se marchó.

Unos días antes de la fecha que había anunciado su nieto, comenzó a hacer una pequeña maleta. No sabía qué significaba InterRail ni a qué se refería su nieto con irse de viaje, incluso podía haber sido una tomadura de pelo de Tomás, pero se sentía con ganas de salir de ese lugar. Introdujo un par de pantalones, dos camisas, algo de ropa interior y calcetines, una cajita con pastillas y encima de todo, la foto en la que salían abuelo y nieto juntos.

A la misma hora y dos semanas después, Tomás entró en la residencia esperando encontrase a su abuelo al lado del ventanal; sin embargo, por primera vez, no estaba allí. Encontró a Ampelio en su habitación, al lado de la cama, con una sonrisa y la maleta encima de las piernas. “Estoy listo” – dijo. Y Tomás sonrió con satisfacción, con la sensación de haber conseguido una victoria.

 -¿Sabes a dónde vamos, abuelo? ¡a Suiza! Atravesaremos España y Francia en tren.

A Ampelio, sin entender demasiado sus sensaciones, le dio un vuelco el corazón. Suiza significaba toda una vida para él, allí había encontrado trabajo y dinero después de pasar hambre y penurias en la España del racionamiento, allí conoció a su mujer y encontró la felicidad. Hacía 50 años que Ampelio había huido de España y tras volver nunca había podido regresar.

Ampelio tiró de su silla e inició el camino hacia la salida de la residencia. Mientras se acercaba a la puerta veía como las ruedas de su silla giraban y giraban, de la misma forma que lo habían hecho las ruedas del tren hacía 50 años y de la misma forma que lo iban a hacer ahora, medio siglo y unas vidas después.

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