Sobrevivir al ruido

Los que somos muy sensibles al ruido deberíamos haber nacido en sociedades árticas. Paisajes de tundra regidos por silencios rotos tan sólo por el tímido lamento de un solitario pajarillo o el crujir de un témpano con la llegada del deshielo. Pero no, vivimos en aglomeraciones urbanas que generan bulla “sin orden ni concierto”. Lo llamamos ruido y, últimamente, contaminación acústica.
Pero hubo un tiempo en que esa algarabía era fuente de inspiración y el sonido del progreso. En los años 20 del siglo pasado los cineastas descubrieron que las ciudades, rodadas desde elementos en movimiento -coches, metros aéreos o tranvías-, con un montaje dinámico y música sincopada, producían imágenes hipnóticas y un ritmo frenético marcado por la edición y la partitura. Aquello era la vanguardia.

Tras leer El ruido eterno, de Alex Ross, estoy llevando a cabo un experimento para convivir con la barahúnda acústica de mi ciudad, Barcelona. Durante más de 600 páginas éste crítico del New Yorker narra el épico proceso llevado a cabo por los compositores contemporáneos por adaptarse a la rápida transformación del siglo XX que les tocó vivir. Si comenzaron bajo la losa de Wagner, poco a poco, la necesidad de evolucionar les llevó a experimentar nuevos lenguajes musicales; hasta llegar a un punto en que necesitaban incorporar a sus creaciones las sonoridades de las metrópolis y las industrias pesadas que conformaban su paisaje sonoro. Se los podía ver con una grabadora registrando mercados, neveras o bocinas. Los más radicales compusieron cuartetos de cuerda para ser interpretados en helicópteros, conciertos para orquesta y martillo neumático, sirenas de barco y hasta ráfagas de metralleta. Es lo que había.

Pues bien, el experimento en el que estoy inmerso intenta transformar el escándalo de nuestro entorno en algo coherente, secuenciado y aseado. Lo primero que hay que hacer es aislar cada fuente emisora de ruido, luego compartimentar esa masa informe en frecuencias individuales y después darles una forma lógica que armonice todas aquellas emisiones. Pruébenlo y ya verán como la ciudad entera interpreta para ustedes: un paso de peatones marca un adagio, el metro compone un vals, una vía rápida una polca y la Administración de Hacienda siempre sonará a réquiem…

Coda:
Mientras escribo estas líneas me viene a la cabeza otra imagen leída en una biografía de John Coltrane. En los años 50 Coltrane estaba emergiendo y coincidió en el tiempo con otro coloso del saxo tenor: Sonny Rollins. En aquellos momentos las famosas improvisaciones de Coltrane eran todavía balbuceantes intentos de hallar un estilo particular. Los músicos y el público preferían a Rollins por ser fiable como un superbombardero. Poco a poco Coltrane logró dar con una forma de expresión personal y desbordó al magnífico Rollins, anclado en la tradición. Éste se alejó de la escena musical durante unos años y comenzó su particular búsqueda de su sonido. Durante ese tiempo se le podía ver bajo el puente de Williamsburg, Brooklyn, desgañitándose con el saxo, el único lugar donde el estruendo del tráfico podía ahogar su lamento.
 

Imagen de dFernandez-Castro

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