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Schmiss, la sonrisa petrificada

Cuando hablamos de escarificaciones nos vienen a la mente los rostros y cuerpos de africanos surcados por cicatrices, pero en Europa, hasta la primera mitad del siglo XX, también se practicó. Y no por elementos del lumpen, todo lo contrario, si no por las elites universitarias alemanas.
La schmiss, “sablazo” o “corte” en castellano, era la insignia del valor y virilidad que mostraban orgullos los miembros de las studentenverbindung o cofradías de universitarios de Alemania, Austria y la parte germanoparlante de Suiza, para cohesionar el grupo. Estas aparatosas cicatrices eran señal de que su portador había participado en un mensur (del latín “medida”, que era la distancia que fijaban los duelos en el siglo XVI), y que era parecido al duelo pero sin las connotaciones de afrenta que conlleva. Este rito se practicó durante el siglo XIX y hasta mediados del siglo XX (coincidiendo con la derrota nazi en la segunda guerra mundial).
Si en el duelo había una cuestión de honor de por medio, el mensur era una demostración de hombría pura y dura. Dos estudiantes se batían con una mensurschläger, la pesada espada diseñada especialmente para este acto. En esta ceremonia era tan importante la destreza en el manejo del sable como el desprecio al dolor que mostraba el herido al recibir las curas de sus cortes. En el mensur no se buscaba tanto perjudicar al contrincante como el exponerse para ganarse una bonita cicatriz que ribeteara tu cara, con vistas a dejar clara tu concepción de la vida en un mundo de honor y clasista (Otto von Bismarck dijo que se podía evaluar el coraje de un hombre “por el número de cicatrices en sus mejillas”). Desde aquel momento se dibujaba una segunda sonrisa permanentemente petrificada en tu rostro.
Durante el enfrentamiento los contendientes se protegían con mandiles de cuero, mangas acolchadas y hasta unas gafas especiales –como de soldador-, con lo que sólo las mejillas y el mentón quedaban expuestos para recibir una laceración. En muchos casos la búsqueda de este signo distintivo era tan deseada que se llegaba incluso a añadir crin de caballo para que  la herida se infectase, o se arrancaba la costra para que no cicatrizase bien.
Quizás el portador de la schmiss más truculenta fuera un nazi austriaco de nombre Otto Skorzeny, al que le encantaba retratase del lado “bueno”, en que se podía ver cómo bajo su pómulo izquierdo nacía horizontalmente una cicatriz que iba descendiendo en semicircunferencia hasta el mentón y el garabato se perdía en su barbilla donde el sable ya no encontró más carne que sajar. No por casualidad los servicios secretos norteamericanos le otorgaron el nombre en calve de “caracortada”. Por cierto que este personaje, liberador del cautiverio aliado de Benito Mussolini, acabó sus días en España, donde murió en 1975.
Hoy en día la escarificación vuelve a occidente en forma artística y cada día más jóvenes pagan para que les decoren parte del cuerpo (no tengo noticias de que se hagan en la cara) a base de incisiones. Y para los que superamos la cuarentena, aunque en aquel momento no lo supiéramos, en nuestra infancia jugamos con viriles muñecos guerreros de pelo cepillo y una discreta schmiss en un pómulo. Se llamaban Geyperman.

 

Imagen de dFernandez-Castro

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