Quemar las naves

Todo buen estratega sabe que estando en inferioridad numérica ha de cambiar su “previsibilidad” para salir con vida del campo de batalla. Quizás el revulsivo más extremo sea anular a sus tropas toda vía de escape, bien colocándolas de espaldas a un accidente geográfico (un barranco o un río) o destruyendo sus transportes. Y eso fue lo que hizo Hernán Cortés al llegar a México, aunque no quemara sus naves.
La imagen de las llamas es poderosa como sólo puede serlo un buen fuego, pero es falsa y de segunda mano. Cortés mandó barrenarlas para no perderlas del todo, que es muy distinto.
El primer dato conocido sobre la quema de naves se refiere al más grande de los líderes militares: Alejandro Magno. Fue en el 335 a.C. al desembarcar en las costas de Fenicia y comprobar que el enemigo los triplicaba. Según los cronistas Alejandro intuyó la desmoralización de sus hombres y decidió provocarles una auténtica catarsis quemando sus trirremes. “Ahora la única forma de volver a casa será en los barcos de nuestros enemigos” les dijo. Y así fueron encadenando victoria tras victoria hasta mojar sus pies en el Indo.
Otro griego, el tirano greco-siciliano Agatocles, -y avanzándose al general romano Escipión “el Africano”- tuvo la idea de llevar a Cartago el conflicto que asolaba Sicilia en su guerra contra los cartagineses. En 310 a.C. desembarcó en el norte de África en lo que hoy es el Cabo Bon.
Cumpliendo la promesa que había efectuado, ofrendó sus naves a las diosas Démeter (Prosepina) y Core (Céres), patronas de Sicilia. De esta manera no dejó más opción a sus tropas que avanzar rápidamente hacia Cartago para no perder el factor sorpresa. Además, según el historiador Diodoro Sículo, su destrucción tenía un segundo objetivo: el no dividir sus fuerzas teniendo que dejar parte de ellas al cuidado de las naves.
Su expedición comenzó con notables éxitos y los cartagineses decidieron enviar a lo mejor de su ejército: 40.000 hombres, 1.000 jinetes y 2.000 cuadrigas al encuentro de las tropas de Agatocles que sumaban, como mucho, unos 14.000 solados.
Pese a su osadía y no haber sido derrotado Agatocles tuvo que ordenar una retirada táctica (dejaría parte de sus tropas para seguir desestabilizando a los cartagineses), pues no disponía de la masa crítica suficiente para ganar una contienda larga.

Pero no siempre esta estratagema salió como se esperaba. Flavio Claudio Juliano, “Juliano el apostata”, fue el siguiente pirómano de la náutica. En 361 se había erigido emperador de los romanos, pero su empeño por volver al paganismo y hostigar a los cristianos le había dejado en una posición de gran impopularidad.
Dos años más tarde recurrió a una solución de manual para reunir en su figura a unos súbditos desafectos: creó una amenaza exterior en la forma del imperio sasánida. La expedición partió con 65.000 hombres y pretendía llegar hasta el corazón del territorio persa. La campaña se inició con éxito al ganar la batalla de Selucia del Tigris, lo que le franqueó el paso hacia Ctesifonte, la capital selúcida. En su impaciencia por reunir todas sus fuerzas para el asalto final, decidió ir en busca de la columna dirigida por Procopio, su lugarteniente. Y como las naves que les seguían por el Tigris ralentizaban su marcha las ordenó quemar. Se dice que la visión de las embarcaciones ardiendo desmoralizó a la tropa, ya de por si hostigada por continuas incursiones del enemigo. Finalmente, en uno de esas razzias, una jabalina alcanzó mortalmente a Juliano.
Sin jefe, sin barcos, a miles de kilómetros de sus casas, y rodeados por tropas enemigas, su sucesor, el cristiano Joviano, firmó un acuerdo con los persas por el que le daban paso franco y Roma perdía Nísibis y sus territorios de Armenia.
Y es que en el mundo romano la imagen de barcos ardiendo figuraba en la épica de todo ciudadano. Unos siglos antes (el siglo I) el emperador Augusto había encargado al gran poeta Virgilio una epopeya que glorificase el origen mítico del imperio: la Eneida. En el libro V se cuenta que en su odisea los troyanos desembarcaron en Sicilia y Eneas, su líder, mandó celebrar sacrificios y ofrendas. A las mujeres troyanas -que habían quedado excluidas de los actos- se les apareció Iris en forma de la anciana Beroe para anunciarles que Casandra le había revelado en un sueño que habían alcanzado el destino final de su viaje y que debían quemar las naves. Convencidas, las troyanas les prendieron fuego, y al ver las llamas los hombres se precipitaron para detenerlas. Eneas imploró la ayuda de Júpiter y éste les envió una copiosa lluvia. A pesar de haber perdido sólo cuatro buques, se decidió fundar la ciudad de Acestes para acoger aquellos que no deseasen continuar viaje.

Volviendo a la leyenda inicial de Hernán Cortés, quizás fuese inspirada por un episodio sucedido en España muchos años antes: la conquista musulmana. Según la tradición, el general berebere Tarik mandó quemar sus naves al desembarcar en Tarifa en 711. Con ello dejaba a sus 7.000 hombres en un vasto territorio frente a unas fuerzas mucho más numerosas. Así dio comienzo la dominación musulmana de España.
Pero, en justicia, Cortés tampoco fue el primer hispano en barrenar sus naos. En el siglo XIV, durante la expedición catalano-aragonesa por tierras bizantinas, su situación llegó a ser desesperada. Muerto Roger de Flor y preso Berenguer de Entenza, los almogávares se hallaban refugiados en la ciudad de Galípoli, donde todavía conservan sus navíos. Habían cruzado el Mediterráneo como mercenarios al servicio del emperador de Bizancio, pero las desavenencias en el reparto de los beneficios de sus campañas los habían llevado a acabar asediados por sus antiguos aliados. Ramón Montaner, el capitán de la plaza, reunió el Consejo y se barajaron dos opciones: embarcar y escapar hasta la isla de Metellín e intentar pedir socorro, o hacerse fuertes en la ciudad y presentar batalla. Finalmente tomarían la decisión más drástica y barrenaron los buques. La elección no fue del todo mala, y tras numerosas escaramuzas y años de alianzas y contra alianzas, los almogávares lograron regresar a su tierra.

El barco, ese espacio en el que un líder organiza a sus hombres para lograr su supervivencia (“llegar a buen puerto”), tiene la más alta carga simbólica. Por ello su destrucción premeditada y sin una necesidad imperiosa adquiere toda la fuerza dramática: “mi desprecio por la vida (mi honra) está por encima de todo lógica (instinto de supervivencia)”.
Quizás fuese el almirante español Casto Méndez Núñez quien mejor sintetizó esta dicotomía, cuando en 1865 pronunció aquella archiconocida frase de “más vale honra sin barcos, que barcos sin honra”, anticipando en unos años la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas en un país con ínfulas de imperio transoceánico que hacía aguas por todas partes.
 

Imagen de dFernandez-Castro

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