PELUDOS HOMBRES BLANCOS

En su magistral cuento El hombre que pudo reinar Rudyard Kipling narra la historia de dos soldados británicos, granujas, masones y desahuciados del ejército del Raj (¡magnífica interpretación cockney de Michael Caine en la adaptación cinematográfica de John Huston!) que, en una huida hacia delante, remontan las montañas del Himalaya hasta llegar a un remoto poblado aislado. Sus habitantes no habían visto jamás a un hombre blanco y los recién llegados pronto descubren que no sólo éstos se les someten, sino que están dispuestos a hacer rey a uno de ellos y, por si fuera poco, les habían estado esperando para devolverles “su” tesoro, un rico botín de piedras y metales preciosos. Resulta que llevaban generaciones aguardando la vuelta del rey blanco que veintitrés siglos atrás les había abandonado. Era Alejandro Magno.
Aunque fabula de escritor, esta emocionante historia no es del todo disparatada. A lo largo de la historia ha habido noticias de misteriosos avistamientos de hombres de tez clara donde se suponía que no debían estar.

En la Europa del XVIII, cuando empezaron a llegar del reino de Dahomey -actual Benín-, magníficas estatuas de bronce de ejecución refinada y belleza casi clásica, descolocaron a antropólogos y africanistas. Incapaces de concebir que un pueblo africano hubiese podido crear un arte tan depurado, rápidamente especularon con que podían haber aprendido esas técnicas de artesanos griegos. ¿Cómo justificaron esta pirueta histórica? Muy fácil, podían haber formado parte de la tripulación que circunnavegó el continente africano, en el siglo VI a.C., a las órdenes del fenicio Hannón en misión para el faraón Neaco II.
Quizás, esta visión eurocéntrica de las cosas, podía haberse visto influida por la crónica de un viajero del siglo XI, el comerciante árabe El-Bekri. Según contó, había visto una remota ciudad llamada Chana, fundada en el siglo III por unos hombres de tez blanca, capital de un reino que se hallaba entre los ríos Níger y Senegal y que se extendía desde las montañas Air -o Azban- hasta las selvas del centro del continente negro. Era famosa por la opulencia y el lujo de sus habitantes y, al parecer, desapareció absorbida por el rey africano Mansa Musa.

En el continente americano también se han dado noticias de caucásicos viviendo entre los nativos antes de la arribada de éstos.
En 1765, más allá del río Colorado, el explorador español Rivera se topó con unos indios que le habaron de unos hombres de su mismo aspecto. Nadie sabía de dónde surgieron pero se habían instalado entre ellos hacía muchos años. Aunque totalmente integrados en su nuevo modo de vida todavía conservaban armaduras y algunos vestigios de su pasado occidental. Como prueba de lo que decían era verdad le contaron que tenían mucho vello facial y lucían barbas pobladas a diferencia de la raza india, prácticamente barbilampiña.
Este argumento de hombres hirsutos también lo encontramos más al sur, en el lago Titicaca. En siglo XII sus pobladores veneraban a Tiki, dios sol y sumo sacerdote, descendiente de los legendarios “hombres blancos barbudos”. Como prueba de su existencia se exhibían unas ruinas al pie del lago que, según la leyenda, fue su templo y quedó abandonado cuando el jefe Cari los expulsó hacia el Pacífico.
Curiosamente esta historia de los “hombres venidos del este”, como en el Pacífico se les conocía, tuvo continuidad con la llegada de los primeros exploradores europeos a este océano. A su vuelta dieron noticia de haber observado, diseminados por las pequeñas islas de la zona, dos tipologías de nativos: los polinesios arquetípicos, y otros de tez clara, pelirrojos, rubios, de ojos grises o azules, nariz aguileña y barba cerrada.
Un tal Boland ahondó en el tema con una teoría todavía más aventurada sobre estos “hombres blancos de orejas largas”. Según él, en el 1010 d.C, un monje vikingo y su tripulación zarparon de lo que hoy sería North Salem, New Hampshire, EEUU, y descendieron por la costa este del continente hasta llegar a lo que hoy es Veracruz, en México. De ahí pasaron a Tula y viajaron a Chichen Itzá, y así bajaron, dejando a su paso un reguero de niños pecosos, hasta el Titi Kaka. Finalmente llegarían a Polinesia zarpando desde el Ecuador.

Por cierto, el mundo de la exploración y el exceso de vello han propiciado algunas narraciones gloriosas. Hannón, el navegante que habíamos visto circunnavegar África en el S VI a.C., describió cómo a la altura del golfo de Guinea se había topado con unas mujeres peludas de lo más desagradable. Eran gorilas.
 

Imagen de dFernandez-Castro

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