Clasificado en:

La tierra prometida

A día de hoy todavía existen comunidades que se alimentan de tierra. Este hábito ancestral tiene incluso un nombre científico: geofagia, y en un artículo aparecido en 2006 en la revista Nature, el científico Trevor Strokes demostraba las propiedades nutritivas de esta dieta.
En la India podemos hallar comedores de tierra en la región de Vijayawada; y no son los únicos. En Ghana, donde confluyen el Volta blanco y el Volta negro formando el lago homónimo, se llegan a extraer hasta 5.000 toneladas de arcilla al año para el consumo humano.
En los países occidentales no se conocen estas prácticas -a excepción del Missisipi, donde se sabe de habitantes colindantes al río que la consumen y dicen que tiene un refrescante sabor a sorbete-, mas, en un tiempo lejano, no fue tan extraño. En el siglo X una gran hambruna asoló Europa. La gente caía muerta de desnutrición y los que malvivían comían todo lo que tenían a su alcance. Raúl Glauber, monje de la abadía benedictina de Cluny, describía así la situación en su libro Historiarum Libriquinque, IV: De fame validissima quae contigit in orbe terrarum: “Lluvias incesantes que convertían el suelo en fango permanente en el que no se podía sembrar, de manera que debía temerse la exterminación del género humano en toda su extensión (...) muchos sacaban del suelo una especie de tierra parecida al barro y la mezclaban con la poca harina que tenían y hacían con ella pan para no morir de hambre”.
En el Mediterráneo oriental, en las costas que van desde el Adriático hasta el Egeo y el Jónico, los pueblos de la antigüedad: pelasgos, ilirios o liburnos, se alimentaban de sopa de piedra. Todavía hoy el escritor bosnio-croata Predrag Matvejevic ha tenido oportunidad de degustarla cocinada por viejos pescadores de la zona que sobrevivieron con ese menú las épocas de penuria. Matvejevic incluye su receta en Breviario Mediterráneo: “Coger dos o tres pedruscos al que se le hayan adherido partículas marinas. Dejarlos largo rato hervir en una olla en agua (si es de lluvia mejor). Dejar que se desprendan todas las partículas adheridas y parte de la piedra. Al final añadir una hoja de laurel, una ramita de tomillo, una cucharada de vinagre y otra de aceite de oliva. No hace falta salar, la propia sal marina habrá puesto su toque”.

Otro caso más desesperado de comedores de tierra se dio en los esclavos. Tras haber padecido el confinamiento en estaciones negreras y el transporte inhumano en las bodegas de los barcos; nada más poner los pies en las Indias se tiraban al suelo y comenzaban a engullir tierra convulsivamente, convencidos de que era preferible la muerte a la vida que les esperaba. El caso de suicidios por ingesta de tierra llegó a ser tan grave que se diseñó la máscara, una careta de latón cerrada por un candado con tan sólo unos orificios para que el desgraciado pudiese respirar.
En los ingenios la población esclava también caía diezmada por lo que los médicos denominaron caquexia. Los franceses la conocían como “mal d’estomac”, los anglosajones por “dirt eating”, y los españoles, más gráficos, “vicio de comer tierra”. Sobre todo se daba en los negros bozales -los recién llegados de África-; y no era otra cosa que la ingestión de tierra en un intento por obtener un aporte nutritivo a la escasa alimentación que les daban sus nuevos amos.
El Padre Labat decía que los esclavos que comían tierra sufrían hidropesía casi siempre incurable, y Xavier Eyma, escritor francés nacido en La Martinica en el siglo XIX, recomendaba: “Cuando se notaba melancolía en los negros, lo primero que se debía hacer era mirarles las uñas de las manos, bajo las cuales casi seguro se les encontraban huellas de tierra”.

Hay teorías que atribuyen este hábito de comer tierra a la intervención de las partes más primitivas de nuestro cerebro, activando unos patrones primigenios que se remontan al origen de nuestra cadena evolutiva. Si hemos de guiarnos por nuestros compañeros de especie, los animales, también hallaremos en ellos conductas que pueden arrojar luz al asunto.
En África los elefantes visitan los salegares, pequeñas fuentes naturales en medio de la selva en las que el agua proviene de las profundidades y está saturada de nutrientes. Con sus colmillos excavan el suelo enriquecido e ingieren grandes cantidades de tierra húmeda y agua fangosa para compensar su baja dieta en sales y minerales.
En la sabana las termitas pueden crear termiteros -montículos- de hasta 3 metros de alto. Para que sean resistentes seleccionan las tierras que emplean, que resultan ser las más ricas en minerales. Al cabo de unos años, cuando estas construcciones son abandonadas por las termitas, las ocupan mangostas, rinocerontes y otros mamíferos en búsqueda de minerales. Incluso después de arrasados siguen acudiendo a ellos otros animales a ingerir la sal restante.
En Sudamérica los guacamayos se dan auténticos festines de arcilla en las riveras del río Amazonas. Pueden concentrarse hasta más de cien pájaros. Nadie ha logrado dar una explicación definitiva, pero todo parece apuntar a que está relacionado con una especie de purga. Los compuestos minerales que hay en la arcilla neutralizan algunos productos químicos secundarios que contienen plantas tóxicas que forman parte de su dieta.
 

Imagen de dFernandez-Castro

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene como privado.
CAPTCHA
La siguiente pregunta es para prevenir el spam automático en los envíos.
Image CAPTCHA
Copy the characters (respecting upper/lower case) from the image.