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La piedra antídoto

En 1559 naufragó frente a la costa de Madagascar la nao Santa María da Barca comandada por Don Luis Fernandes de Vasconcelos. Mientras vagaban por la isla en busca de auxilio un marinero se arriesgó a comer un “palmito salvaje”. A éste le siguieron otros tripulantes y “todos los que comieron, que todos echaron sangre por la boca a cuajarones, a pesar de tomar unicornio”.
No debe de extrañar que unos náufragos viajasen con “cuerno de unicornio”. Ésta era una medicina corriente en la farmacopea renacentista y, pese a atribuírsele al mítico animal, procedía del rinoceronte o del narval.

Cinco años antes, intentando doblar el cabo de Buena Esperanza, la nao São Bento en que viajaba Don Manuel de Mesquita Perestrelo había naufragado en la costa de Sud África a su vuelta de la carrera de la India. Hallándose en medio de un páramo semidesierto la tripulación decidió partir en busca de algún núcleo habitado y, torturados por el hambre y la sed, algunos comieron unas habas “que fueron la mayor y más ardiente ponzoña de cuantos comimos (…) de modo que si no se acudía enseguida con piedra bezaar, no podían dar un paso más retorciéndose como endemoniados por el dolor y la asfixia”. Y aquí sí hizo efecto esta otra gema de la farmacopea antiveneno de la época (otras muy demandadas eran la amatista y la esmeralda triturada).
La palabra bezaar o bezoar, del persa pâdzahr, significa antídoto o contraveneno. Se cree que el origen de su uso se remonta a la antigüedad, en las montañas del oeste de Persia, donde pastaban salvajes los bezoares -el ancestro de la cabra doméstica- y de la que observaron sus propiedades. De ahí su uso saltó a Oriente Medio y sobre el siglo XI devino muy popular en occidente hasta el siglo XVIII (hacia 1570 el médico y botánico sevillano Nicolás Bautista Monardes escribió un Tratado de la Piedra Bezaar y la yerua escuerçonera).

Esta piedra no es otra cosa que un cálculo que se forma en el estómago y no logra pasar por el tracto digestivo de los animales, preferentemente mamíferos rumiantes de pelo lanudo. También se han hallado en humanos, en este caso niños que ingieren su pelo o fibras, o adultos con ansiedad aquejados de tricotilomanía, que arrancan sus pelos y los ingieren. Aunque son los más comunes, no sólo de cabello se puede generar un bezoar; al igual que las ostras forman perlas a partir de un grano de arena, los más bellos bezoares tienen el mismo origen y se las llegó a considerar igual que a piedras semipreciosas (gemabezoar). Otros bezoares pueden ser originados por la mala asimilación de medicinas (framabezoar), o por productos orgánicos no digeribles como fibras y celulosa (fitobezoar).
El tamaño, forma y color puede variar. El jesuita José de Acosta en su Historia natural y moral de las Indias (1590) escribió: “En la figura, grandeza y color tienen mucha diferencia, porque unas son pequeñas como avellanas, y aun menores; otras, como nueces; otras, como huevos de paloma; algunas, tan grandes como huevos de gallina; y algunas de la grandeza de una naranja.
En la figura unas son redondas, otras ovadas, otras lenticulares, y así de diferentes formas. En el color hay negras y pardas y blancas y berenjenadas y como doradas”.
Existen en colecciones reales y gabinetes de curiosidades preciosos ejemplos de estas piedras encastadas en filigranas de oro y metales preciosos y se exhibían en colgantes y anillos, así como relicarios.
Y si bien pudiera parecer que los atributos de esta piedra fuesen otro caso más de esa alquimia propia de vendedores de crece pelo medievales, recientemente -y como ya los marineros de la nao São Bento comprobaron-, el análisis de distintas bezoares han determinado que las de origen tricobezoar (aquellas formadas de pelo), pueden disolver el efecto del arsénico en pequeñas dosis. Al parecer el mineral de fosfato y el cabello que contienen diluyen el veneno.
 

Imagen de dFernandez-Castro

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