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LOS EUNUCOS SKOPTSY
En Bucarest, a finales del siglo XIX, el negocio de los coches de caballos estaba controlado por la secta de los Scopiti. Tenían dos particularidades: no eran rumanos -venían de Rusia- y eran eunucos.
Para seguir el rastro de esta extraña organización hay que remontarse al siglo XVIII, y viajar hasta la región rusa de Orel. Fue en ese lugar y en esa época cuando las autoridades descubrieron que un campesino, de nombre Andrei Ivanov, había convencido a treinta campesinos más para automutilarse. Pese a que se hacían llamar “la gente de Dios”, se les conoció popularmente como los Skoptsy, que significa eunuco en ruso.
Los rusos, con miles de kilómetros de frontera con el imperio otomano, estaban acostumbrados a la presencia de eunucos, figura esencial en los harenes, pero nunca habrían sospechado que en su propia nación existiesen tales prácticas.
La presencia de eunucos en Asia tampoco era exclusiva de los otomanos. Si nos remontamos a los tiempos de Alejandro Magno las crónicas cuentan cómo al llegar al Mar Caspio el general macedonio, conoció al eunuco Bagoas, un joven persa bilingüe y extremadamente apuesto. Alejandro lo hizo su amante y esta relación consolidó la introducción de ceremoniales orientales en la corte de Alejandro en Persia.
En China los eunucos configuraban su propio sistema de castas, pudiendo realizar desde las tareas más bajas del palacio real hasta ejercer como funcionarios de alto rango. Incluso tenían acceso al ejército y fue especialmente famoso Zheng He, que en el siglo XV comandó varias expediciones marítimas, explorando el sudeste asiático y llegando hasta las costas de Mozambique.
En el caso de los Skoptsy se daba la particularidad de que su mutilación era voluntaria, un voto ante la degeneración que los rodeaba. El suyo era un fanatismo milenarista cristiano. Creían que al renunciar a sus atributos accedían a un ideal de pureza. Pese a los intentos de las autoridades por suprimir esta práctica, en el siglo XIX todavía seguía activa y los Skoptsy incluso habían ampliado su área de influencia, incluyendo adeptos de la alta sociedad: nobles, oficiales, comerciantes, cargos públicos e incluso miembros de la iglesia. Las mujeres estaban permitidas en la comunidad -si lo deseaban podían mutilarse TODOS su atributos sexuales-. A mediados de siglo se decidió deportar a Siberia a casi 1.000 miembros, pero se sospecha que a finales de siglo llegaron a ser unos 5.500. De todas formas todavía distaban mucho de los 144.000 acólitos que creían precisar para poder recibir el retorno del Mesías.
Finalmente, y debido a la persecución y las vejaciones públicas a las que fueron sometidos en Rusia, una parte de sus miembros decidieron emigrar a Rumanía, donde la cosmopolita y más permisiva Bucarest les aceptó y latinizó su nombre como Scopiti. Con el tiempo estos rusos emigrados llegarían a monopolizar el negocio de los coches de caballos. Por el relato de un viajero decimonónico podemos imaginar la vida taciturna de estos seres discretos: “Bucarest había sido un diminuto París relumbrante, con bulevares y espacios abiertos, con cafés íntimos y lagos aislados. Su ligero aire latino olía en tiempos a Oriente. Al atardecer, y bajo un dosel de limeros y castaños, las parejas recorrían la Calea Victoriei desde el restaurante hasta el bazar para cenar y después bailar en el Ateneo. Los trasuri tirados por caballos traqueteaban por las calles desiertas”.
Un curioso manual de 1920 del Servicio de Inteligencia de la Armada británica alertaba de la presencia en Rumanía de sectas rusas cristianas: los Popovitsi “que tenían curas”, los Bezpopovitsi “que no tenían curas”, los Molokani que “bebían leche en sus fastas”, y los Skoptsi, que se hallaban en las grandes ciudades y se mutilaban después de tener su primer hijo (en algunos casos el segundo). Los que no eran cocheros ejercían de pescadores y se los podía hallar en el delta del Danubio.
En 1935 un artículo de la National Geographic Society de Washington describía a los últimos cocheros-eunucos de Bucarest: fofos, de tez amarillenta, largo gabán de terciopelo y grandes sombreros de astracán.
En Rusia, pese a haber expulsado a sus eunucos, todavía eran recodados y su presencia en otros países no les era extraña. Al menos para intelectuales como Leon Trotsky, quien contó en sus memorias cómo en el pueblo rumano de Mangalia, en medio de un bullicio de minorías hablando búlgaro, turco, alemán e incluso francés, sintió el alivio de poder volver a conversar en ruso con un Skopisty que allí vivía.













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