LORD JIM PILOTA UN CRUCERO

Después del bochornoso naufragio del Costa Concordia al embarrancar frente a la isla de Giglio, después de ver su superestructura recostada como un hipopótamo haciendo la digestión en una ciénaga, tras este drama aparece un tema universal: ¿estamos a la altura cuando la situación lo requiere?
Al conocer las esperpénticas noticias que ha generado el errático comportamiento del capitán Francesco Schettino: conducta temeraria, ocultación de información, chicas en el puente de mando, y lo que es peor, escabullirse para abandonar el primero la nave, uno no puede evitar recordar al Lord Jim de la novela de Conrad. En ella este oficial de la marina mercante se ha educado durante toda su vida en un código ético basado en el honor y el deber, y cuando llega el momento de demostrarlo, en la forma de una pavorosa tormenta, abandona como una rata la nave que comanda. Y con ella a todo su pasaje, peregrinos que van a La Meca.
Este esperit se tiene o no se tiene, uno no puede entrenarse para adquirir esta cualidad. Es más, como Lord Jim, hasta que no te llega la hora de enfrentarte a él no aflora. O lo que es peor, uno descubre que carece de esa virtud. Tom Wolfe en “Lo que hay que tener”, su crónica de los pioneros del espacio, habla de este atributo (y en la tauromaquia no sólo basta con tenerlo, hay que visualizarlo, por ello el torero suele escupir groseramente durante el paseíllo: no se le ha “secado” la boca del miedo). Como decía, Wolfe relata cómo en 1959 citaron en el Pentágono a los mejores pilotos de vuelos supersónicos, unos jóvenes oficiales sin percepción del riesgo alguna, acostumbrados a convivir con un índice de un 23% de probabilidades de morir en un accidente y a despedir compañeros y a consolar viudas. Pues bien, se les convocó para buscar candidatos para el proyecto Mercury con el fin de poner en el espacio al primer norteamericano. Las probabilidades de morir achicharrado en aquellas pruebas, en que iban a ser meros conejillos de indias, eran tan elevadas que les dejaron bien claro que una negativa sería tratada como información confidencial y no constaría en su expediente. Básicamente les estaban pidiendo que se sentasen sobre un auténtico silo de combustible, voluble, impredecible, al que prenderían la mecha y les catapultarían como a un hombre bala en una feria. Todo ello por las prisas por alcanzar a los soviéticos y su Sputnik. En definitiva les estaban diciendo que lo más racional era que, ante ese panorama, no tuviesen “lo que hay que tener”. O se tiene o no se tiene.
El capitán del Costa Concordia ha demostrado que no lo tuvo, entró en pánico y perdió la cabeza. Suficiente escarnio va a ser para él el haberlo demostrado frente a sus más de 4.000 pasajeros y ante los medios de comunicación de todo el mundo -hasta se han impreso camisetas con “¡vuelva a bordo coño!”, la orden que le espetó su autoridad portuaria-. Por si esto no fuera suficiente humillación, este instante de flaqueza le perseguirá hasta el final de sus días.
El escritor Iván Turgeniev vivió un episodio similar al del Lord Jim de la ficción. En medio del Báltico, la nave en la que se dirigía a Alemania, se incendió y Turgeniev se saltó todo el código del mar y abandonó la nave pasando por encima de mujeres y niños. Hasta su madre le afeó su conducta en una carta. El propio escritor lo utilizó como expiación en su cuento “Un incendio en el mar” y no tenía reparos en confesar que aquel cobarde del cuento era él.
También Pablo Picasso, que en 1911 se vio envuelto en una charada tras el robo de la Mona Lisa en el Louvre, al entrar en la sala del juicio en que le someterían a un careo frente a su íntimo amigo Guillaume Apollinaire, acusado de robar varias figurillas íberas del Louvre (y que algunas las poseía Picasso e inspiraron su cuadro “Las señoritas de Avignon”); al preguntarle el juez a Picasso si conocía a Apollinarie, el malagueño pudo oir como rodaba desde el fondo de su boca un “jamás he visto a este hombre”.
En 1959, casi 50 años después, la mala conciencia todavía le rondaba y declaró en una entrevista que recordaba como, tras declarar al juez que no conocía a Apollinaire, a éste le cambiaba la expresión y cómo la sangre desaparecía de su rostro. “Aún me avergüenzo”, confesó.
 

Imagen de dFernandez-Castro

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