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LEPRA REAL

Desde antiguo, algunos pueblos han sido gobernados por hombres afectados por la infinita variedad de males que puedan aquejar a un ser humano: dementes (Calígula), sifilíticos (Enrique VIII de Inglaterra), o ex alcohólicos (Bush hijo). Pero, que se sepa, sólo Jerusalén ha tenido un rey leproso.
Era el tiempo de las Cruzadas y había títulos nobiliarios tan sugerentes como señor de Transjordania, condesa de Ascalón o rey de Trípoli. En 1174 el frágil reino de Jerusalén luchaba por contener el avance musulmán y su rey agonizaba. Urgía nombrar un sucesor y su hijo Balduino, el primero en la línea de sucesión, tan sólo contaba con 13 años y lo que era peor, padecía de lepra.
Su enfermedad era ya conocida desde que unos años atrás, su tutor, Guillermo de Trípoli, observó que su joven pupilo era insensible al dolor mientras jugaba con otros niños (la lepra de tipo lepromatoso produce insensibilidad por la destrucción de los tejidos, de ahí que puedan desprenderse apéndices como narices y orejas sin que sus propietarios sean conscientes de lo que les va a ocurrir). En un examen más detallado Guillermo pudo observar en el cuerpecito de su pupilo las características máculas que produce esta enfermedad.
Contra todo pronóstico los cruzados lo eligieron como su monarca y ligaron su destino al liderazgo de un adolescente consumido por una infección mortal.
Bajo el nombre de Balduino IV el joven no defraudó a los suyos y su mal no le impidió comandar la defensa del reino. Resultó ser un monarca valiente y astuto, la peor pesadilla para un Saladino que vio cómo por medio de ágiles incursiones aquel pobre enfermo acechaba sus posesiones desde Damasco al Líbano, y desde Siria al Mar Rojo, incluyendo La Meca.

En 1177, creyendo que los cristianos sufrían un vacío de poder, Saladino decidió emprender una gran ofensiva. Marchó con 18.000 esclavos negros del Sudán y 8.000 soldados de élite turcomanos y kurdos y se plantó a las puertas de Jerusalén. Balduino reunió en Ascalón lo que quedaba de sus cruzados e incluso se llevó consigo la Vera Cruz. Con tan sólo 350 caballeros ideó una estratagema con la que logró pillar desprevenidos a los musulmanes que habían dividido sus fuerzas. La batalla de Montgisard sería la última gran victoria de los cruzados en Tierra Santa. Balduino todavía podía sostenerse sobre un caballo, aunque debió combatir con la espada en la mano izquierda, pues la derecha ya la tenía inutilizada.
Dos años después sería Balduino quien sufriría varias derrotas frente Saladino. En la batalla del rio Litani, al sur del Líbano, Balduino apenas podía mantenerse sobre el caballo y hubo de ser desmontado y cargado a cuestas por un caballero.

A grandes trazos se puede decir que Balduino y Saladino se demostraron mutuo respeto y en varias ocasiones pactaron antes de aniquilar por completo las fuerzas del otro. Saladino fue visto en occidente como el equivalente del perfecto caballero medieval y Dante lo situó en el Limbo de su Divina Comedia junto a otros ilustres como Homero, Aristóteles, Sócrates y Ovidio que no podían entrar en el cielo pues no habían sido bautizados.
Pero quizás el peor enemigo del rey leproso estuvo entre sus propias filas. El fanfarrón Reinaldo de Châtillon, príncipe de Antioquía, se dedicaba a incumplir todas las treguas y tratados que suscribía su rey. Atacaba las caravanas de los comerciantes entre Egipto y Damasco y su osadía de organizar una razzia por el Mar Rojo saqueando e incendiando puertos y secuestrando peregrinos en viaje a La Meca logró unir al mundo musulmán para formar una yihad en torno a Saladino. Incluso se propagó el rumor de que Reinaldo atacaría Medina para secuestrar el cadáver del profeta para llevárselo a suelo cristiano.
Balduino siguió combatiendo y defendiendo su pequeño reino cruzado pese a que la enfermedad se le comía literalmente por dentro y por fuera, pero en 1181, a los 20 años, con la cara desfigurada –no está claro que se ocultara bajo una máscara de plata o marfil, como dice la leyenda-, casi ciego y sin apenas movilidad, debió renunciar al trono. Cuatro años más tarde moriría sin descendencia.
Le sucedería su sobrino Balduino V y Jerusalén tan sólo resistiría dos años más. Se dice que Saladino se encargó de decapitar personalmente a Reinaldo de Châtillon.
 

Imagen de dFernandez-Castro

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