Clasificado en:

LAS NO ISLAS VIII. ECOSISTEMAS FLOTANTES

En 1910 el artista catalán Santiago Rusiñol viajó por Argentina y de su periplo quedó el relato De Barcelona al Plata. En él cuenta cómo, al remontar el delta del Paraná, su barca debió sortear unas islas flotantes que bajan arrastradas por la corriente. Unos ecosistemas en los que crecían árboles e, incluso, daban cobijo hasta ciervos.
Mi primera reacción al leer este dato fue que don Santiago se había pasado otra vez. Y no era la primera, ya se hizo famoso por vender (de hecho nadie le compró) “duros a cuatro pesetas” en las Ramblas de Barcelona.

Movido por la curiosidad he investigado un poco el tema y, para mi sorpresa, no sólo existen estas islas móviles en el Paraná, si no que además de desplazarse longitudinalmente lo pueden hacer de arriba a abajo.
Los llamados camelotes son formaciones de plantas, raíces, ramas y troncos que van creando como un ovillo del que también queda prendado el rico limo que arrastra este gran curso fluvial suramericano. Una vez sólido, su masa compacta permite echar raíces a plantas y árboles que crecen en él frondosos. Su plataforma da cobijo a crustáceos, aves, nutrias y hasta el ciervo de los pantanos. Así como el resto de la fauna puede habitar normalmente allí, este gran mamífero acude a ella a ponerse a salvo cuando se produce una inundación.
Pero quizás lo más fascinante de estas plataformas vegetales es que tienen la capacidad de desplazarse verticalmente. Si se produce una sequía, el camelote se posa en el lecho seco del río y se integra en el entorno. Parecería una suave ondulación del terreno. Pero en cuanto vuelve a aumentar el caudal se “despega” y recobra su condición flotante y abandona su emplazamiento siguiendo la corriente y la dirección del viento que la arrastra.

El curioso nombre de camelote, aunque suena a una voz guaraní (el vocablo indígena es aguapey), es una fusión del francés antiguo y el árabe. El chamelot era un tejido confeccionado con lana de camello (chamel en francés antiguo), al que los árabes denominaban hamlat (felpa), y que tenía la particularidad de ser impermeable al agua.

Decía un poco más arriba que Rusiñol no vendió ni un solo duro de los que ofrecía a cuatro pesetas, el negocio era bueno, pero la gente desconfió de su increíble oferta. Yo tampoco di crédito a sus islas flotantes, cargadas de vida como un arca bíblica, y ahora debo excusarme. ¡Salud don Santiago!
 

Imagen de dFernandez-Castro

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene como privado.
CAPTCHA
La siguiente pregunta es para prevenir el spam automático en los envíos.
Image CAPTCHA
Copy the characters (respecting upper/lower case) from the image.