JUEZ EN OCEANÍA

A principios del siglo XX, perdidas ya las últimas colonias de ultramar (Cuba, Puerto Rico y Filipinas), todavía quedaba una remota isla en el Pacífico en la que un español impartía justicia. Un caso, por así decirlo, con una rocambolesca base legal, e insólito en la justicia española e internacional.

En 1606 el marino hispano-portugués Fernando de Queirós navegaba por esas aguas cuando descubrió un archipiélago al que confundió con la mítica Terra Australis (posteriormente llamado Nuevas Hébridas y en la actualidad Vanatu). Hasta ahí toda vinculación de España con ese territorio.
Poco más se sabe de ellas hasta que en 1894 a un francés se le ocurrió adquirir el mejor fondeadero de las islas. Para ello atrajo a unos cuantos indígenas con unas baratijas y les animó a firmar un contrato de venta. Todo se hizo por signos y ni que decir tiene que, por parte de los nativos, sin ninguna noción de qué significaba aquel documento legal. Alegremente hicieron una cruz y se llevaron su quincalla. Es más, desconociendo el concepto “propiedad privada”, vendieron y revendieron los mismos terrenos a todo aquel que les ofreciese unas pacotillas.
Llegado el día en que Francia e Inglaterra reclamaron este territorio, ambas naciones fueron incapaces de ponerse de acuerdo y se decidió instaurar, en 1906, un Condominio de soberanía compartida. Por ello se duplicaron las estructuras burocráticas, por ejemplo con dos cárceles (en la francesa se servía vino), y sus súbditos se regían por sus respectivos códigos penales. Así que pisando el mismo suelo, en el más extremo de los casos, un inglés podía acabar ahorcado y un francés guillotinado.
Y aquí es donde aparece la figura del magistrado español, protagonista de uno de los experimentos más extraños en la historia colonial. Estando los nativos en un limbo legal, por no ser franceses ni ingleses, se decidió que los juzgase una tercera institución y acudieron a la nación que, ¡hacía 300 años!, avistó aquellas tierras por primera vez.
En Tres años en las Nuevas Hébridas Manuel Barrett narra cómo, en 1936, viajó a este archipiélago del Pacífico para ejercer de juez en el Tribunal Mixto. Pese a calamidad crónica de nuestra justicia, este catalán intentó aportar mejoras a algunas prácticas como el canibalismo, todavía practicado en la isla de Mallicolo, o el castigo a las mujeres que se fugaban con un colono, a las que se les colocaba un par de piedras candentes debajo de las pantorrillas, se doblaban sus articulaciones y se ataban fuertemente con lianas. La abrasión deshacía los tendones y la mujer, desde ese momento, sólo podría andar de cuclillas.
Constituido en 1906, el Tribunal Mixto quedó suspendido durante la II Guerra Mundial y tras ésta ya nunca más se volvería a reinstaurar.
 

Imagen de dFernandez-Castro

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