Fruta madura

Era un verano extraño, sofocante, el verano en que electrocutaron a los Rosenberg. Así comienza La campana de cristal, la novela semi-autobiográfica que en 1963 publicó Sylvia Plath poco antes de suicidarse. Como fruta madura Plath puso fin a su angustia y los Rosenberg fueron conducidos a la silla eléctrica.
Ethel y Julius Rosenberg era un matrimonio judío de Nueva York, militantes del partido comunista y que pasaron información nuclear a los servicios de espionaje de la Unión Soviética. Pese a no estar en guerra con la URRSS y su condición de civiles, en 1953 se les aplicó la pena capital dejando huérfanos a sus hijos Robert, de seis años, y Michael de diez.
Abel Meeropol, profesor en una escuela del Bronx, judío comunista y amigo de los Rosenberg, se hizo cargo de ellos. Además de maestro Meeropol era poeta ocasional, y pensó que una de sus creaciones, por cadencia y contenido, debía de ser cantada. Para ello pidió ayuda a profesionales de la música, pero ante su desinterés decidió adaptarla él mismo, pese a que nunca antes había compuesto música. Con ello daría a luz uno de los poemas más sobrecogedores que jamás se hayan cantado:
 

Los árboles del sur dan extraños frutos,
sangre en las hojas y sangre en las raíces,
cuerpos negros balanceándose en la brisa sureña,
extraños frutos colgando de los álamos.

Escena pastoral del gallardo sur,
los ojos salidos y la boca torcida,
aroma a magnolias, dulce y fresco,
el olor repentino de la carne quemada.

Aquí está el fruto para que los cuervos picoteen,
para que la lluvia lave, para que el viento sople,
para que el sol pudra, para que los árboles arrojen,
una extraña y amarga cosecha.

La imagen evoca el canto XXII de la Ilíada:
Como tordos de gráciles alas o palomas cogidas en lazo cubierto de hojas
Que, buscando un descanso, se encuentran su lecho de muerte, tal mostraban allí sus cabezas en fila, y un nudo constriñó cada cuello hasta darles el fin más
Penoso tras un breve y convulso agitar de sus pies en el aire.

En 1937 la visión de Meeropol de una fotografía de dos negros de Indiana ahorcados tras un linchamiento dio origen a esta composición. Ello le llevó a crear el poema Bitter Fruit que publicaría en The New York Teacher, para musicarlo posteriormente ya con el nombre de Strange Fruit. El propio Meeropol, su mujer, y la vocalista de color Laura Duncan se dedicaron a cantarla en pequeñas reuniones hasta que dos años más tarde Barney Josephson, propietario del Café Society en Greenwich Village, el primer club interracial de Nueva York, la escuchó en su local y le habló de ella a Billie Holiday. Aquel era el mismo año en que Hollywood daba su visión technicolor de la esclavitud con Lo que el viento se llevó.
Y aquí la fruta madura devino la popular fruta extraña. Strange Fruit se convertiría en todo un icono de la protesta contra la segregación racial y fue Billie Holiday la que, valientemente, la incluyó en su repertorio y la dio a conocer al gran público.
La primera vez que la cantó, la aspereza de su letra, dejó mudo al público. Holiday contaría después que en aquel instante pensó que quizá no debería haberla cantado, pero un solitario aplauso arrancó y tras él, progresivamente, el resto de la audiencia que acabaría aullando de emoción.
Desde entonces se convirtió en el tema con que cerraba sus actuaciones. Un foco concentraba el haz de luz sobre la Holiday, sonaba la introducción musical y ella entornaba los ojos como si rezase. Los camareros tenían orden de dejar de servir para que el local quedase en silencio. Se dice también que era la canción final porque la dejaba en tal estado de agitación que sería incapaz de continuar.

Pese a ser un clásico en sus directos lo eliminaba en sus giras por el sur del país, y en el norte no todos los dueños de los locales accedían a que la cantase. Incluso en medio de una actuación en un tetro en Filadelfia le ordenaron que parase. Según sus propias palabras “cantarla no le ayudó nada” en sus problemas con la justicia por consumo de drogas. Columbia, su casa de discos, se negó a grabarla y Holiday hubo de recurrir a un sello más pequeño, Commodore, que tenía menor capacidad de distribución. También le costó abrirse paso en las emisoras de radio, que consideraban que su crudeza podía herir la sensibilidad de sus oyentes. Pero, con el tiempo, sería un himno para el movimiento por los Derechos Civiles.
Strange Fruit es difícil de clasificar. Pese a sus arreglos no es del todo jazz, no es folk, y es demasiado artística para considerarla blues o canción protesta. Es una mezcla de todo ello… También despierta sentimientos encontrados, su tema brutal impide a uno decir que le gusta, quizás que le conmueve o que le emociona, pero no gustar.
Fue mérito de Meeropol comprender que había creado un mensaje para ser cantado, y de Holiday cuya virtud se decía era que no cantaba, que te contaba una historia.
 

Imagen de dFernandez-Castro

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