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EL REMO DE CONRAD

La sombra evocada del adivino predijo un viaje interior con un remo al hombro, hasta que encontrara hombres que jamás hubieran contemplado barcos y remos.


Con esta enigmática frase Joseph Conrad concluyó sus memorias, El espejo del Mar. Durante su juventud había sido marinero y en su madurez, alejado del mar, se había convertido en su mayor cronista. Con esta sentencia transmitía su nostalgia; su vida se extinguía y en breve iba a dar comienzo el viaje interior que predecía el adivino. Conrad halló esta idea de “final de viaje” en otro gran escritor, Homero. En el Canto XI de La Odisea Ulises llega a Hades en su viaje de retorno desde Troya. Va en busca del alma de Tiresias para consultar su oráculo. La respuesta que obtiene de él es dura: Llegará a Ítaca, pero entonces deberá vengar a los que han cortejado a su esposa durante su ausencia. Una vez hecho esto tendrá que partir nuevamente con un remo en la mano y… Pero dejemos a Homero que lo relate:

“Toma un bien fabricado remo y ponte en camino hasta que llegues a los hombres que no conocen el mar ni comen la comida sazonada con sal; tampoco conocen éstos naves de rojas proas ni remos fabricados a mano, que son alas para las naves. Conque te voy a dar una señal manifiesta y no te pasará desapercibida: cuando un caminante te salga al encuentro y te diga que llevas un bieldo sobre tu espléndido hombro, clava en tierra el remo fabricado a mano y, realizando hermosos sacrificios al soberano Poseidón -un carnero, un toro y un verraco semental de cerdas- vuelve a casa y realiza sagradas hecatombes a los dioses inmortales, los que ocupan el ancho cielo, a todos por orden. Y entonces te llegará la muerte fuera del mar, una muerte muy suave que te consuma agotado bajo la suave vejez."

Pero Conrad no fue el único en caer fascinado ante la poderosa imagen de un remo en tierra firme. El escritor Samuel Butler, traductor de La Odisea, sostenía que esta obra había sido escrita por una mujer siciliana, y en esta isla la visón de una mujer cargando un remo casi le hace entrar en éxtasis. Y Conrad tampoco sería el último en usar esta poderosa metáfora. Yo mismo, hace unos años, oí esta versión en boca, como no, de un marino “ful”. Iba para lobo de mar y acabó de filósofo, aunque con unos grandes bigotes de guías muy tiesas más propias de los tiempos de Conrad. Estaba harto de la ciudad y de todo en general y decía que un día cogería un remo y comenzaría a caminar hacia el interior (vivía en Barcelona) y a cada pueblo que llegase enseñaría el remo y preguntaría “¿qué es esto?”; y no pararía de caminar hasta que la respuesta fuese “una pala para hornear el pan”. Entonces clavaría ahí su remo y se quedaría a vivir para siempre.
 

Imagen de dFernandez-Castro

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