EL FIN DE LOS SOLDADOS POETAS

La primera cuestión es ¿puede un soldado ser también un poeta? La respuesta es sí, la historia está llena de ejemplos. Pero entonces ¿hay poesía en la guerra? Aquí la respuesta obliga a dar más matices. La literatura así lo ha creído durante siglos: Homero y la guerra de Troya, la batalla de Kurukshetra narrada en el Mahabharata o Tennyson y La carga de la brigada ligera -“¿Cómo podría palidecer su gloria?”- pero la irrupción de la fotografía en la Guerra Civil norteamericana, y más recientemente la televisión e internet, la han despojado de todo destello broncíneo para dar paso a la casquería. Quizá podríamos afinar y decir que la guerra es más literaria que visual. Durante milenios la humanidad creyó que la guerra era algo des hommes d’honneur, como cazar o explorar nuevos territorios, y por tanto digno de ser ensalzado. A mediados del siglo XIX occidente se dio cuenta de que la épica engrasaba sus ambiciones, pero lo que ganaba las batallas era la ciencia. Mientras, oriente siguió viendo la guerra como una cuestión de gesta. Hubo un caso real, un instante, en el que ambas concepciones se midieron. El crepúsculo oriental de los soldados poetas dio paso a los contables de occidente, que creyeron poder fiar la victoria mediante la tecnología.    

Durante el transcurso de la guerra del opio, en octubre de 1841, el general chino I Ching recibió de su emperador una misión: Ningpo debía ser reconquistada. Días antes los británicos habían asaltado y saqueado esta ciudad costera en el mar de la China Oriental.
El general aplicó la primera regla de todo buen estratega: conoce a los demás y ni en cien batallas correrás peligro. El elegido para infiltrarse en esta urbe de 250.000 habitantes fue un poeta llamado Pei Ching Chiao. Chiao se había presentado voluntario portando un sable y un poema patriótico que le entregó su padre al partir. Basado en los informes erróneos de su ardoroso espía-poeta el general pasó a la segunda fase del plan, organizar con sigilo el ataque. Las medidas de seguridad se extremaron. Fue un proceso lento y farragoso. Para evitar filtraciones los informes debían estar escritos en tinta sobre placas de marfil y ser borrados inmediatamente tras su lectura, si no tienes forma los espías no encuentran ninguna grieta por donde mirar. Quedaba totalmente prohibido transmitir las instrucciones en voz alta, eran como fantasmas y espíritus bajo tierra. Mientras tanto sus artificieros prepararon granadas de mortero siguiendo un manual de artillería del siglo XVII titulado: El dragón que escupe fuego.
El día de Año Nuevo chino, I Ching fue al templo del dios de la guerra en busca de una señal. El oráculo fue muy preciso: Hasta que no os aclamen seres humanos con cabeza de tigre, Yo no estaré preparado para garantizar vuestra seguridad. Días más tarde la predicción pareció tomar forma cuando vieron remontar el río Dorado a unos guerreros aborígenes. Vestían un uniforme de fantasía: ropas amarillas rayadas en negro y una gorra que recordaba la cabeza de un tigre. Se decidió entonces lanzar una cabeza de tigre al lago del Dragón, para que el monstruo que allí vivía pulverizase a los invencibles buques de guerra británicos. Cuando faltaban diez días para acometer el ataque, el general invitó a su Estado Mayor a una competición: debían redactar, por anticipado, sus respectivos informes acerca de la segura victoria que obtendrían frente a los bárbaros ingleses. El torneo fue reñido, pues la mayoría de su Gabinete estaba compuesto por brillantes intelectuales. El ganador fue un joven oficial con un prometedor futuro llamado Miu Chia Ku. Su detallada descripción de las hazañas realizadas por los oficiales más populares impresionó a I Ching. Quizá también ensayaron muecas grotescas para aterrorizar a su oponente, el arte de la guerra se basa en el engaño. Días más tarde un oficial naval logró una pluma de pavo real al atribuirse falsamente el hundimiento fortuito de un buque británico.
 
El diez de marzo de 1842, el vigésimo octavo día del primer mes chino, el del tigre, y coincidiendo con la hora del tigre, las 4 de la madrugada, se dio inicio al asalto a Ningpo. El reguero de pistas dejadas durante sus preparativos era tal, que los servicios secretos británicos ya habían puesto en alerta a su guarnición. La tropa incluso había prometido a sus novias en Inglaterra enviarles la coleta de alguna de sus presas.
Con la llegada del alba, apostados en la puerta oeste, los británicos del 18º regimiento se quedaron estupefactos al distinguir a sus atacantes: una turba de rostros desencajados por el opio, tocados con un gorro de tigre, precipitados como un torrente. Mientras, la puerta sur no logró resistir el envite y las tropas chinas penetraron en la ciudad, rápidas como el trueno que retumba antes de que hayas podido taparte los oídos. Corrían vociferando por un callejón en dirección a la plaza del mercado, veloces como el relámpago que retumba antes de haber podido pestañear, directamente hacia un cañón que allí habían instalado los ingleses. El capitán Moore apuró la orden de disparar hasta que los chinos estuvieron a la distancia de “un golpe de críquet”, entonces el fuego graneado y la metralla destrozaron la primera línea. La excitada retaguardia china, ansiosa por avanzar, empujaba a la vanguardia en retirada, dando como resultado la parálisis total de la masa en el estrecho callejón. Cuando por fin se dieron cuenta de lo que estaba sucediendo y se inició la desbandada -se dice que con los cuerpos mutilados formaron una pila de 15 metros de altura- fueron barridos con facilidad por los mosquetones de la infantería británica apostada en las vías adyacentes. Aquella madrugada murieron 500 chinos por ningún británico, pero quizá allí se dirimió algo más, una cierta manera de hacer la guerra formulada en un libro, El arte de la guerra, escrito hacía más de 2.000 años.
Imagen de dFernandez-Castro

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene como privado.
CAPTCHA
La siguiente pregunta es para prevenir el spam automático en los envíos.
Image CAPTCHA
Copy the characters (respecting upper/lower case) from the image.