EL DESAFÍO DE CHATWIN

Todo aquel que se sienta tocado por la escritura de libros de viajes tiene un desafío pendiente, un apasionante libro de viajes e investigación por escribir. Cada colectivo parece cargar con un enigma por resolver, una ecuación por formular, una teoría que confirmar… y los amantes del género viajero deberíamos sentirnos, en algún momento, tentados de recoger el proyecto que Bruce Chatwin dejó inconcluso por su temprana muerte. ¡Ojo!, y que ya advirtió que era un tema muy, pero que muy, enrevesado. Éste sería un libro que visitaría casi todo el Medio Oeste, Utah, Nueva York, Buenos Aires, Patagonia, Tierra de Fuego, Chile, Bolivia, Uruguay y Alemania. Ahí es nada.

Mucho se ha escrito sobre el impacto que supuso la publicación de En la Patagonia (1977) en el panorama literario-viajero. También desde entonces esta región se convirtió en un territorio mítico, más que un lugar una entelequia.
En su viaje por este territorio austral Chatwin describió cómo llegando a Cholila, en la frontera con Chile, dio con una soberbia cabaña edificada con troncos de abeto, más propia del Medio Oeste que de los diseños patagónicos. La había construido en 1902, con sus propias manos, el famoso bandido Butch Cassidy y estaba a la espera de la llegada de sus compañeros del Grupo Salvaje: Sundance Kid y Etta Place, con los que establecería un laxo menage a trois.
Tenía 300 vacas y 1.500 ovejas. Vivía aislado y casi no hablaba castellano, por lo que apenas podía comunicarse con su entorno. Mataba el tiempo leyendo historia medieval inglesa y sobre clanes escoceses. Libros que le dejaba un vecino de origen inglés. Por una carta suya sabemos que los inviernos eran largos y duros, pero lo que se le hacía más pesado era la lluvia incesante.

¿Cómo habían acabado los bandidos más famosos del salvaje Oeste cardando lana en Argentina? Parece ser que con el cambio de siglo, en 1900, tras haber esquilmado casi todas las cajas fuertes del Medio Oeste, la banda dio su último golpe. Atracaron el First National Bank de Winemucca, Nevada, se sacaron una foto de grupo y la enviaron al banco. Todavía, a día de hoy, continúa colgada en el despacho del gerente. Durante un tiempo se instalaron en Nueva York, donde asistían a la ópera (¡Kid era aficionado al bel canto y un gran wagneriano!). Finalmente compraron un pasaje y se embarcaron hacia Argentina para esquivar a los tenaces detectives de la agencia Pinkerton.
Una vez en el cono sur combinaron sus tareas ganaderas con el atraco a oficinas bancarias en lugares remotos para no despertar sospechas, pero a partir de ahí los hechos se difuminan y comienzan numerosas y sorprendentes teorías. Quizás la más extravagante es la de que lograron cumplir el sueño de Kid y asistieron al festival wagneriano de Bayreuth, Alemania. Lo que sí se puede afirmar es que un detective de la Pinkerton dio con su pista en Chilola y, en 1907, vendieron la hacienda para quitarse de en medio. A partir de ahí vuelven las especulaciones más peregrinas. Hasta ahora la versión más aceptada era la que situaba el fin de la banda en Bolivia en 1909, tras un fracasado atraco, pero también ésta se ha demostrado no concluyente. Hay quien asegura que realizaron un asalto posterior en Uruguay, otra que los ubica con Pancho Villa en la revolución mexicana e, incluso, de vuelta en los Estados Unidos buscando oro en Alaska o, en el caso de Cassidy, envejeciendo tranquilamente en su Utah natal.

Un frío febrero de los años ochenta del pasado siglo, en la terraza del bar Zurich de la Plaza de Cataluña de Barcelona, Chatwin esperaba a una vista. Al llegar su cita su delicados ojos, expertos en tasar cuadros impresionistas para Sotheby’s, dejaron su lectura de El Víbora, el cómic más canalla que haya producido este país. Las próximas horas las pasaría hablando de la etapa suramericana de los bandidos con el escritor chileno Luís Sepúlveda, gran conocedor de la Patagonia, y especularon con volver ahí para encontrar la hacienda donde, supuestamente, los decapitaron y están enterrados sus cuerpos.
Años más tarde –ahora era Chatwin el que estaba enterrado en una ermita en Grecia- Sepúlveda cumpliría a medias su proyecto y visitaría una de esas cabañas en la población de Los Antiguos, al sur del lago Buenos Aires. La construcción de trocos era ahora un establo y todavía conservaba la chimenea de piedra. Ahí vivieron los bandidos dos años hasta que partieron para realizar su último gran atraco al Banco de Londres y Tarapacá, en Punta Arenas. Todo esto lo narra en su libro Patagonia Express (1995).
En Malos tiempos en Buenos Aires (1998), la escritora escocesa Miranda France también relata su vista a una de estas cabañas argentinas, y cuenta que el rigor del clima patagónico está pudriendo sus troncos. Ni France ni Sepúlveda pasaron de la mera visita testimonial. Quizás intuyeron el esfuerzo titánico que implicaría ir más allá e iniciar la investigación para ese libro de viajes que aún espera ser escrito. Por si acaso Chatwin, en su librito Retorno a la Pataginia (1985), ya alertaba del desafío: “Debo advertir, sin embargo, a quienquiera que se sienta tentado (…) que es un tema enormemente endemoniado”.

 

Imagen de dFernandez-Castro

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