Como misiles de hocico afilado

Contrariamente a lo que afirmaron los primeros cronistas españoles, en América ya existían cánidos antes de la llegada de los conquistadores. Quizás les despistara el hecho de que ninguno de ellos supiera ladrar y el estrambótico aspecto de algunos: el chihuahua de los aztecas, el perro más pequeño del mundo, con ojos de batracio y, a diferencia del actual, de pelo largo; o el viringo de los incas, totalmente alopécico que sufría de hipoplasia ectodérmica, lo que le hace irradiar calor y lo utilizaban para terapias medicinales.
Podemos imaginar el terror que debió producir en estas mascotas la llegada de sus nuevos pares hispánicos: el mastín y el alano español (mestizo de dogo y mastín, se cree que se propagó por Europa desde la Rusia Oriental con la tribu del mismo nombre que huía de los hunos). Su plácida existencia canina en cortes reales y sanatorios americanos se vio perturbada por la irrupción de unos perros broncos y de aspecto patibulario, producto de siglos de cruces orientados a obtener una eficacísima arma para cacerías y combates.
Mucho más grandes que sus parientes americanos podían llegar a pesar hasta 100 Kg (los indios de la selva los confundieron con jaguares amaestrados), y su aspecto fiero se acentuaba por sus orejas recortadas y las numerosas cicatrices que solían recorrer su cuerpo. Eran ejemplares impresionantes; musculosos, de huesos grandes y tendones firmes preparados para resistir largas marchas. Estaban dotados de una mandíbula poderosa con dientes grandes y romos -“perros de diente”- para atenazar jabalíes y ciervos.
Y si su sola fisonomía no bastara para amedrentar al más fiero, en sus cuellos lucían grandes collares con púas afiladas o cuchillas filosas, y en caso de entrar en combate se les protegía con armillas acolchadas para evitar las flechas. Y para desgracia de canes y nativos americanos llegaron para quedarse. Según para qué tareas, alanos y mastines eran el arma más eficaz de que disponían los conquistadores españoles. Al ser más bajos que hombres y caballos podían medrar a gran velocidad, como misiles de hocico afilado, entre la maleza o en una jungla espesa. Además, su fino olfato alertaba a sus amos de la presencia de indios emboscados.
La utilización de perros para la batalla no era un invento exclusivo de los españoles. Mucho antes ya se empleaban, y tal y como observó en el siglo XVIII el naturalista Georges Louis Leclerc, conde de Buffon: el primer arte del hombre fue la educación del perro, cuyo fruto fueron la conquista y la posible posesión de la Tierra.
En la mitología griega Acteón muere devorado por la jauría de Artemisa e, incluso, el griego clásico disponía del término kunosparaktos que significaba despedazado por perros. Horacio denominaba a la Furias canes infernae, y por lo que respecta a los aterrorizados indígenas americanos, llamaron a estos animales nunca vistos antes “maléfica invención”.
La triste utilización del perro en la conquista de América ha dejado dos archifamosos ejemplares: Becerrillo, el perro que trajo de Extremadura Francisco Pizarro, y su descendiente Leoncico, de Vasco Núñez de Balboa. Ambos ocupaban palaza de militar (concretamente, en el caso de Becerrillo, de ballestero) y tenían ración doble, así como su parte en el reparto del botín.
Alanos y mastines no son necesariamente agresivos, pero lo pueden ser si son entrenados para ello, y de canalla -palabra derivada de canis- se podría calificar su utilización por parte de los conquistadores. Son numerosas las crónicas en que se narra la salvaje actuación de sus amos. Quizás la más espeluznante de todas se produjo tras la batalla de Cuareca, en que Vasco Nuñez lanzó una jauría para despedazar a “cincuenta putos”, indios afeminados que no habían combatido.
Y si una vez sometidas las tribus indígenas bajo la Corona española podría parecer que había pasado el tiempo de los perros de presa, éstos se reciclaron en rastreadores y captores de esclavos huidos, los cimarrones. Los especialistas en recobrarlos, los rancheadores, eran contratados por los terratenientes. Cobraban por “pieza” recobrada y según el estado en que la entregaban, así que amaestraban a sus perros para agarrar de la muñeca a sus presas y traerlas sin que sufrieran grandes daños. Si el capturado se resistía o intentaba atacarle, el perro tenía permiso para destrozarlo y eso lo sabían los esclavos que generalmente se entregaban sin oponer resistencia, aunque no siempre era así. En el diario del rancheador cubano José Pérez Sánchez se pude leer: “solté dos de mis perros y a la larga distancia dieron con él, y a pesar de la noche obscura llegamos donde estaba, y lo aprendí pero bastante mordido de los perros”. A las pocas horas introducía otra entrada en su diario transcribiendo el certificado de muerte firmado por el juez pedáneo: “la muerte del citado negro cimarrón había sido causada por la hemorragia que produjo dichas mordeduras situadas en el muslo izquierdo ingle derecha”.
Los cimarrones solían huir a las zonas montañosas para dificultar su captura, y cuando las partidas de rancheadotes llegaban a zonas muy escarpadas ensitaban sus perros -los envolvían en una red- para salvar el desnivel subiéndolos mediante poleas.
En la actualidad el bloodhound de Jamaica es descendiente de aquellos perros que llegaron con los rancheadores en el siglo XVII. Se les entrenaba con maniquíes de cuero negro rellenos de carne a los que debían atacar.
En el siglo XVIII proliferaron por la Pampa argentina auténticas manadas de perros salvajes que se alimentaban fácilmente de la abundante cabaña bovina; y un siglo más tarde las jaurías llegaron a “arrimarse” tanto a la ciudad de Buenos Aires que se instituyó el “día de los perros”, en el que los amos de estas mascotas estaban prevenidos para encerrarlas pues todo perro vagabundo era liquidado sin contemplaciones.
Y ya en nuestro siglo una noticia ha retrotraído a la memoria de los primeros canes españoles llegados al nuevo continente. En el altiplano boliviano se han encontrado perros de doble hocico que, al parecer, descienden del pachón navarro (en proceso de recuperación en España), que en tiempos de la Conquista se emplearon para la caza.
 

Imagen de dFernandez-Castro

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