CAZAR ELEFANTES CON ESPADA

En 1861, en Abisinia, el explorador británico Samuel Baker tuvo la oportunidad de salir de caza con los enigmáticos agayirs. Éstos, miembros de la tribu árabe de los hamran, cazaban elefantes con tan sólo una espada; y tal y como comentó Baker "cualquiera que haya intentado cazar un elefante salvaje sabe lo arriesgado que es eso". Lo que el inglés presenció aquel día fue historia viva, presente ya en los relieves asirios y persas de Oriente Medio, cuando no había armas de fuego y los hombres debían arriesgarse en las distancias cortas.

 

Los agayirs utilizaban una espada de poco más de un metro de largo y muy afilada. Estaba recubierta con cuerda desde la empuñadura hasta los primeros veinte centímetros de la hoja. Así podían cogerla con dos manos y lograr una mayor precisión de corte. Cazaban normalmente en grupos de tres montando sus caballos más veloces. Uno se situaba al frente y se ofrecía como señuelo. El elefante lo embestía al galope mientras los dos hombres restantes se situaban tras el paquidermo. Uno de ellos saltaba del caballo y seccionaba con la espada el tendón del animal. Mientras tanto su compañero aguantaba la brida del caballo y se situaba junto al cazador para que volviese a su montura. El elefante herido se revolvía de dolor y el señuelo daba media vuelta para provocarlo otra vez hasta que éste lo atacaba de nuevo. El brusco giro que hacía la presa, más su peso, provocaba la dislocación de su pata herida, momento que aprovechaban sus perseguidores para cortarle otro tendón. Una vez inmovilizado, tan sólo debían esperar a que el pobre animal muriese desangrado.

 

Tras cruzar el Indo Alejandro Magno sabía que, desde ese momento, debería hacer frente a ejércitos dotados de Elefantes. De hecho ya había tenido encuentros esporádicos con ellos y sabía que aterraban a sus caballos, pero sus guerreros le habían seguido hasta casi el fin del mundo y ahora no podían dar media vuelta. En la batalla del Hidaspes -el actual río Jhelum del Punjab- se produjo el temido encuentro con los gigantes guerreros del rey Poro. Contaba con doscientos elefantes dispuestos para despedazar a los macedonios. Iban protegidos con mallas y guiados por experimentados mahouts. Alejandro había estudiado el punto débil de los animales y formado una tropa especialmente equipada para neutralizarlos. Tres mil veteranos armados con hachas, conocidos como los Portadores de Escudo, atacaron directamente los tendones de las patas de los animales. Cincuenta elefantes quedaron rápidamente inmovilizados y el resto salió en estampida creando gran confusión y aplastando la retaguardia de las tropas indias.

 

Años más tarde esta misma estrategia sería adaptada contra humanos. Durante la invasión de la Galia, las legiones romanas se encontraron con una fuerte oposición de las tribus locales. La táctica de éstas era simple y eficaz: giraban la espada sobre sus cabezas para tomar fuerza y arremetían con un golpe seco de arriba abajo, partiendo literalmente en dos a los legionarios. Tras sufrir numerosas bajas, los romanos comprobaron que el filo de la espada de sus adversarios era muy endeble. Se entrenó a la tropa para parar el primer golpe con el escudo, y así doblar su hoja, y contraatacar. Dionisio de Halicarnaso lo describió así: "Sosteniendo la espalda recta ante sí, golpeaban a sus oponentes en la ingle, les atravesaban los costados y dirigían entonces los golpes al pecho para llegar a los órganos vitales. Y si veían a alguno que tuviera protegidas esas partes del cuerpo, les cortaban los tendones de rodillas o tobillos para hacerles caer al suelo rugiendo y aferrando los escudos y profiriendo gritos que asemejaban los aullidos de bestias salvajes."

 

La práctica de atacar el tendón del adversario era infalible, pero entre caballeros se consideraba una bajeza. Franceses e italianos -las dos naciones que más prestigio dieron al duelo- tenían su propia definición para ese tipo de triquiñuela. Los primeros lo denominaron traccheggie (acto de ocultación) o coup de malin (golpe taimado) y los segundos botta segreta (estocada secreta). En el siglo XVI este último término fue el que más fortuna hizo y tuvo su traducción directa al francés (botte secrète). Pese a su descrédito todo maestro de esgrima tenía la suya que lo distinguía de los demás. El asunto se envolvía de gran misterio, nunca se mostraba en público y sólo se utilizaba en caso de vida o muerte. Quizá la botta segreta más famosa haya sido el Coup de Jarnac que empleó Guy de Chabot, conde de Jarnac, en un duelo el 10 de julio de 1547. El caso es que François de Vivonne, duque de Chastaigneraie, había hecho correr el rumor de que el primero tenía como amante a su propia suegra. Jarnac no tuvo más remedio que retarlo a duelo. Su situación era grave, pues era un mal espadachín -nunca le interesó- y había desafiado a un joven dotado de una fuerza descomunal y una técnica impecable que le había valido la reputación de ser, ni más ni menos, que el mejor espadachín de toda Francia. Jarnac acudió a recibir un curso acelerado de esgrima por parte de un maestro italiano, un tal Cazio, que ante lo apurado de la situación optó por desvelarle su botta sgreta, en ese caso un falso manco.

 

El duelo tuvo lugar en Saint-Germain y estuvo abierto al público. Incluso se instalaron palcos para que pudiera asistir el rey Enrique II y su corte. El inicio del asalto consistió en un tanteo hasta que Chastaigneraie se decidió a lanzar su ataque. Jarnac logró esquivarlo y puso en práctica el falso manco. Hizo una finta como para golpear la cara de su adversario. Éste levantó instintivamente su escudo para protegerse, dejando desprotegidas sus extremidades inferiores. Jarnac aprovechó para cambiar la dirección del golpe y envió el filo de su espada directo a la rodilla, cercenándole el ligamento de la corva. Enloquecido por esa estocada inesperada, Chastaigneraie contuvo el profundo dolor y arremetió de nuevo pero ya sin precisión, oportunidad que aprovechó nuevamente Jarnac para seccionarle la otra corva. Sus piernas se quedaron sin sustento, se doblaron y se derrumbó directo al suelo como un saco de patatas. Jarnac no quiso rematar a su adversario porque daba por acabado el combate, feliz de haber salvado el pellejo. El código del duelo exigía que Chastaigneraie debía pedir clemencia pero éste se negó. Jarnac, horrorizado, no quería rematarlo y de rodillas imploró al rey que interviniese. Finalmente los cirujanos vendaron al herido, pero el joven sentía tal humillación que se arrancó los vendajes y murió desangrado al poco tiempo. Esta experiencia provocó que Enrique II redactara un edicto prohibiendo los combates de honor y Jarnac y su Coup pasaron a ser conocidos popularmente como sinónimo de juego sucio.   

Imagen de dFernandez-Castro

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