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CARTÓGRAFOS OLVIDADOS


El imperio británico en Asia no deja de crecer. Con glotonería la reina Victoria va engullendo territorios y sumando nuevos súbditos. Los abismos blancos en los mapas son cada vez menores, pero todavía queda un rincón vedado a los occidentales: Tíbet. El virreinato de la India comparte miles de kilómetros de su frontera norte con el reino de los Lamas y sin embargo nada saben de sus vecinos. ¿Cómo penetrar en el país sin desatar un conflicto diplomático?


La solución al problema la hallarán en una extraña comunidad que habita el valle de Johar, en la frontera indo-tibetana. Son los rfawats y pese a su ascendencia india no queda rastro de vello ni grandes ojos en sus caras mongoles. Al parecer sus antepasados -rajput hindúes- emigraron al valle y se emparejaron con los bothias. Los genes chaparros y robustos de los mongoles se impusieron a los finos huesos de los hindúes. Desde hacía dos siglos disfrutaban del privilegio de poder viajar por Tíbet para comerciar -gracias a un antepasado suyo que ayudó a rechazar una invasión china- y por ello dominan con soltura el tibetano.
El servicio de inteligencia británico iniciará con ellos un programa de adiestramiento, son el cuerpo de pundits (“hindús eruditos”), que deberá cartografiar el reino del Tíbet y evaluar posibles rutas de invasión o de defensa ante un eventual ataque ruso. Todo ello sin despertar sospechas. Caracterizados como peregrinos budistas los rfawats explorarán el país armados tan solo con una pulsera de cuentas, un bastón y una rueda de oración. Las cuentas de oración budistas estaban modificadas. Confeccionadas en imitación de coral, cada diez cuentas se intercalaba una semilla de ufras, más grande que las otras. Cada cien pasos, el pundit pasaba una cuenta, cada cuenta grande representaba mil pasos. Se les habituaba a caminar a un paso regular, se medía su tamaño, y se les entrenaba para no variarlo bajo ninguna circunstancia, incluso en cuesta o en tramos con nieve. Mientras avanzaban salmodiaban el mantra budista “Om mani oadme hum” (“Oh joya del loto”), y hacían girar sus ruedas de oración, que en vez de plegarias registraban códigos cifrados. También contenían en su interior brújulas. Es sus bastones ocultaban termómetros, y los sextantes debían escabullirlos en los pliegues de sus túnicas.


En total se calcula que esta valiente raza de espías exploró dos millones y medio de kilómetros cuadrados, determinaron la fuente del río Brahmaputra y conectaron el Tsangpo en Tíbet. La exactitud de sus cálculos y sus mapas era tal que trazaron el curso superior del río Oxus que posteriormente sirvió para delimitar la frontera entre Rusia y Afganistán.  


Aunque este cuerpo vivió su auge en la segunda mitad del siglo XIX, el primer británico en emplearla fue William Moorcroft en 1812. Moorcroft, especialista en caballos, se internó en Tibet a la búsqueda de los míticos caballos celestiales, los descendientes de las hordas mongoles, con los que esperaba mejorar las cuadras del ejército de la India. El pundit Nain Singh fue uno de los más activos. Su paso era de 78 centímetros y en total recorrió cerca de 2.000 kilómetros, cartografió la ruta comercial del sur del Tíbet y 1.000 kilómetros del curso del río Tsangpo. Pero sin duda el más famoso de ellos fue Sarat Chandra Das (1849-1917), inspirador del personaje Hurre Chunder Mookerjee, alias “Babu o R17” en el libro Kim de Rudyard Kipling. La última misión que empleó pundits se efectuó en 1893 en territorio de Nepal y Tíbet.

Imagen de dFernandez-Castro

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