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BYRON. ODISEA FINAL

 

Cuando decidió apoyar la causa helena y luchar por la independencia de Grecia, lord Byron no pasaba por su mejor momento. Había tenido que abandonar Inglaterra entre escándalos y vivía en Italia como un “marginado moral”, tal y como lo definió su biógrafo Harlod Nicolson. Se trataba de la primera víctima de los paparazzi en la historia. También su proverbial belleza daba síntomas de quererle abandonar: luchaba contra su tendencia a la obesidad, su rostro era cetrino y unas descuidadas greñas, incipientemente grisáceas, se bamboleaban al son de su marcada cojera, consecuencia de su pie deforme. Y por si fuera poco comenzaba a quejarse de dolor de muelas. Tenía 35 años.

Pero por más que intentaba marginarse de la vida pública, su carisma y la despreocupación con la que administraba su inmensa fortuna, no hacía más que atraerle una corte de singulares gorrones. Shelley, que había invitado al editor John Hunt con idea de poner en marcha un periódico, salió a navegar con vientos huracanados, desplegó todo el trapo de su embarcación y se ahogó. Hunt resultó estar arruinado, y sin saber muy bien cómo, Byron se encontró compartiendo su Palazzo en Pisa con Hunt y la mujer y los  seis hijos de éste, aparte de una cabra que se trajeron desde Inglaterra. Sólo lograría desembarazarse de ellos al trasladarse a Génova y proporcionarles un subsidio semanal para pagar su alojamiento. De todas formas su hogar distaba mucho de ser un lugar de retiro. Su amante, “la Guiccioli”, había pedido la nulidad de su anterior matrimonio y el Papa puso como condición que viviera bajo el mismo techo que su padre, el conde Gamba. Así que el suegro y su otro hijo se instalaron con ellos; y todo a cargo del inglés.

 

Byron comenzó a sufrir ataques de ira. Sobre todo por las tardes, cuando desaparecían los efectos sedantes de la magnesia que tomaba al levantarse. Y antes de irse a dormir dejaba dos pistolas cargadas sobre su mesita de noche y mandaba revisar los bajos de su cama para asegurarse de que no había nadie.

Por todo ello no es de extrañar que Byron encontrara en la causa griega un objetivo para dar sentido a su vida (y de paso dar esquinazo a todo el mundo). Alquiló el bergantín Hércules, un antiguo carbonero al que alguien definió como “con forma de cuna”, sumamente inestable, y que “podría hacer cualquier cosa menos ir hacia adelante”. En él viajaría acompañado por su estado mayor; que no era menos singular: Gamba, su ayudante italiano, era un joven meticuloso, entusiasta y tremendamente incompetente que encabezaba las malas noticias con un “Mio caro Bairon ha habido un pequeño malinteso”... Lo integraban además un lacayo negro, un joven e inexperto médico reclutado a última hora, el gondolieri Tita Falciere, Moretto, un bulldog, y Lion un terranova.

Al partir se quedaron en tierra, metidos en sus cajas de color rosa, los uniformes y cascos que Byron había diseñado personalmente para la ocasión. A última hora reconoció que quizás hubiera sido excesivo desembarcar en la Grecia moderna de esa guisa: uniformes color escarlata ribeteados en oro y unos cascos monumentales. Gamba iría tocado con uno de corte poligonal inspirado en los regimientos ulanos y con el morrión de Atenea como frontal. Por su parte, Byron luciría uno “de proporciones homéricas” como el descrito en el libro sexto de la Ilíada, al que añadió su escudo de armas y un penacho de plumas. Sus dimensiones eran tales que hubo que diseñar un aparatoso correaje que se ajustaba bajo la barbilla.

El 3 de agosto de 1823 llegó a la isla de Cefalonia y de ahí saltó a la península griega. Tras ocho meses en tierras griegas, y sin haber logrado unir a los clanes rivales que pugnaban por controlar la insurrección, Byron murió a los 36 años de edad en la cama de una húmeda casucha de Missolonghi. Su cuerpo estaba intacto, ninguna herida deformaba su famosa anatomía. No había entrado en combate, ni había realizado un disparo siquiera. Tan sólo una pequeña protuberancia, minúscula, imperceptible, delataba que una mosquita (la hembra del mosquito) le había inoculado la malaria.

Imagen de dFernandez-Castro

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