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BIZANCIO EN EL CARIBE
Fermor debió quedarse de una pieza cuando se topó en la isla de Barbados con una lapida del siglo XVII. Quizá llamó su atención el diseño, esculpida con columnas dóricas y la cruz de San Constantino. Ahí, bajo los cocoteros del camposanto de una iglesia anglicana, encastillada “en una abrupta empalizada de arrecifes coralíferos contra los que se quiebran las olas del Atlántico”, pudo leer el siguiente epitafio: Aquí descansa el cuerpo de Ferdinando Paleólogo, descendiente de la dinastía imperial del último emperador de Grecia.
Inmediatamente su cerebro se dispara y se siente trasladado a “aquella trágica mañana del 29 de mayo de 1453”, la caída de Constantinopla. “¿Qué rara aventura terminó con la sepultura de un descendiente en aquel cementerio?”, se pregunta contrariado. No es hasta su regreso a Europa cuando puede reconstruir esta historia rocambolesca.
Caída Constantinopla, los miembros de la casa real –Paleólogos y Cantacuzenos- buscan la protección del Papa y de los Médicis. Otros se dirigen al este donde incluso llegarán a reinar en principados rumanos y entroncar con la realeza rusa. Muerto el emperador Constantino XI Paleólogo quedan dos hermanos, Demetrio y Tomás. El primero muere siendo monje en lo que ya es Estambul y el segundo huye a Roma con la reliquia de la cabeza de San Andrés. El Papa le concede una pensión vitalicia y sus tres hijos se educan en Italia. El mayor, Andrés, se casa con una prostituta romana y muere en la indigencia. Ha tenido que vender hasta sus derechos dinásticos a los reyes de Francia y Aragón. Al segundo, Manuel, no le irán mejor las cosas. Vuelve a Estambul y el sultán le obsequia con dos mujeres, aunque Gibbon aclara que “perdióse en el hábito y la religión de un esclavo turco”. Nuestro hombre en Barbados parece descender del tercer hijo, de Juan; pero todavía faltan unos años hasta que la familia de el salto al Caribe. Sus descendientes vivirán en Italia bajo el patrocinio de los Médicis hasta llegar Teodoro. Este servirá en los Países Bajos como soldado de fortuna en la casa de Orange y acabará sus días en Inglaterra. Es un hombre de porte aristocrático, excepcionalmente alto, rasgos aguileños, y su único patrimonio es una vasta cultura: puede leer a los griegos en su idioma, además de escribir en excelente francés. Lo último que se sabe de él es que pasó sus años postreros como huésped de Sir Nicholas Lower, miembro de una familia cultivada entre los que se contaban Francis Bacon. Muere en 1636, pero la saga continúa: dos de sus hijos combaten del lado de los realistas en la Guerra Civil Inglesa –uno de ellos está enterrado en la abadía de Westminster- y Fernando, el hijo menor –este es el hombre ante cuya lápida Fermor se extasió- emigra a Barbados en busca de fortuna en una pequeña plantación de piñas. Apenas se sabe nada más de él, tan sólo la información que alumbra su epitafio, donde se explica que ejerció de capillero de esa parroquia y que fue miembro de la junta durante veinte años. Así expuesto transmite la sensación de que, entre piñas y misas, debió de tener la vida más placentera de todos los de su extirpe. Murió en Barbados el 3 de octubre de 1679.
Fermor cierra magistralmente su digresión haciéndose eco de un rumor. Pese a morir prácticamente en el anonimato, la existencia de Fernando Paleólogo no fue olvidada por sus compatriotas. Cien años más tarde, su nombre volvería a ser evocado cuando a la isla caribeña llegó una misiva del gobierno helénico. Conocedores de la existencia de Fernando preguntaban si existía allí algún descendiente de los Paleólogos. En tal caso, estarían dispuestos a sufragar su regreso para proclamarle su legítimo soberano.













Comentarios
Buen post!!
Buena informacion sobre el Caribe!!
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