Bólidos venidos del espacio

En un artículo anterior –Mineros árticos- mencionaba el caso de una comunidad esquimal dedicada a extraer hierro de un meteorito en Groenlandia. A continuación ofrezco un poco más de información sobre bólidos, palabra de origen latino que denominaba un objeto veloz y que servía para designar aquellos minerales extraterrestres que cruzaban la atmósfera para impactar en nuestro planeta.

Es fácil imaginar el efecto que podía causar sobre los hombres de la antigüedad, cuando la mitología suplía a la ciencia, una masa cósmica incandescente que, literalmente, llovía del cielo. Se han dado casos de meteoritos (del griego meteoron, fenómeno en el cielo) venerados como señales divinas. El más famoso de ellos, y el que ha ejercido mayor influencia en la historia de la humanidad, es al-Hayar-ul-Aswad (La piedra negra), al que adoran anualmente millones de musulmanes en la Meca. Menos conocida es la devoción que en tiempos de los romanos profesaron a la diosa Magna Mater.
Todo comenzó hacia el año 204 a.C, cuando los habitantes de Roma consultaron los libros sibilinos para saber la manera de vencer a los cartagineses. La respuesta del oráculo: “no se barrerá al enemigo de Italia si no se trae a Roma la estatua de la diosa-madre adorada en Asia Menor”, no aclaró mucho las cosas y sometieron a su vez ese veredicto al oráculo de Delfos, que les dirigió hasta Atalo, rey de Pérgamo, su único aliado en Asia Menor. Tras escuchar su petición el rey les condujo a la pequeña población de Pesino, al pie del monte Dyndimos, donde rendían culto a la Madre de los Dioses, un aerolito de formas curiosas que consideraban una efigie enviada desde el cielo. Atalo les entregó a los romanos la estatua y partieron en barco de vuelta a Italia hasta llegar a Ostia.
Durante su ausencia se habían producido en Roma una serie de fenómenos atmosféricos que habían disparado la ansiedad de la población. En el cielo habían lucido dos soles, una aurora boreal y unos cometas surcaron el cielo estrellado. Además una lluvia de rayos había caído sobre las puertas fortificadas de dos ciudades del Lacio. Una muchedumbre se congregó para recibir a la diosa venida de Asia. Publio Cornelio Escipión había sido el encargado de conducir la comitiva con la diosa-meteorito. La nave comenzó a remontar el Tíber y encalló. El populacho culpó de este incidente a la vestal Claudia Quinta, presente en el acto y con mala fama por su vida disipada. El calor era sofocante y el curso del río estaba bajo. La nave había quedado calvada en un banco de arena. Claudia se abrió paso entre la multitud y se arrodilló. Pidió una señal para demostrar su inocencia, cogió la soga y en aquel instante la nave quedó libre y se dejó guiar hasta la ciudad.
Con los años Magna Mater, la Madre de los Dioses, acabó transformándose en la diosa Cibeles. Tito Livio, Ovidio y otros narraron su propias versiones de los hechos pero eso sí, siempre con meteoritos de por medio. En otros casos una lluvia de aerolitos sobre Roma era la que empujaba a sus habitantes a abrazar a la Magna Mater asiática.
 

Imagen de dFernandez-Castro

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