Tierra Adentro

A propósito de la buena (o mala) salud de la literatura de viajes, leí la semana pasada en el Magazine Littéraire una entrevista al alimón entre Michel Le Bris, creador y animador del festival Etonnants Voyageurs, y un novelista egipcio de cuyo nombre no puedo acordarme. Ambos escritores se dedican a quitarle hierro a cierto lugar común de nuestro tiempo que da por extinta a la literatura de viajes a manos de internet, Google Earth y los tour operadores. Ya hace algunos años, Félix de Azúa había pronunciado un veredicto similar en relación con los exploradores, recordando con cierta melancolía que ya no quedaba por cartografiar rincón alguno en el planeta. En esa misma vena melancólica, también se ha labrado el acta de defunción de otras (presuntas) víctimas de los choques tecnológicos y de la destrucción creativa que los acompaña: la radio, el libro, la familia, el jamón ibérico made in Spain.

Cuando no había mapas, o cuando los que había -por ejemplo, los de Patagonia- estaban llenos de indicaciones del tipo "paraje impenetrable" o "país desconocido", parece que el viaje era otra cosa, y así, el Coronel Lucio V. Mansilla reconoce haber viajado al país de los ranqueles "por el deseo de ver con mis ojos ese mundo que llaman Tierra Adentro." (Para su edificación, el lector curioso puede consultar Una excursión a los indios ranqueles, de Mansilla.)

Es cierto, uno no puede decir hoy que viaja Tierra Adentro sin caer en el anacronismo o en la nostalgia. Y sin embargo, no hace tanto, quizás en 2002, visité el Instituto Geográfico Militar argentino para hacerme con unos cincuentamiles de la meseta de Somuncurá y sus aledaños. Me sorprendió comprobar que no había cincuentamiles de esa zona y al final acabé llevándome unos mapas satelitales con alguna leyenda. Sin duda el viaje había empezado ahí, si no antes. Que ahora tengamos Google Earth no altera en nada la situación del viajero: la imagen en Google de la meseta de Somuncurá sigue siendo bastante mediocre. Para viajar Tierra Adentro me quedo con mis mapas satelitales de 2002. Y por supuesto, con los relatos de los viajeros que me precedieron.

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Imagen de aBarbera

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