¿Pero dónde empieza el viaje?
Puede empezar en la mesa de un café, conversando sobre rutas improbables. "Me gustaría viajar por la ruta 40" – dice el futuro viajero, mientras apura la segunda cerveza. ¿Pero adónde? ¿A la Tierra del Fuego? ¿Abrapampa?
El viaje empieza, como cuenta Chatwin de manera certera, el día que (todavía niño) se fija en un fragmento de piel de un animal muy antiguo que su abuela exhibía en la vitrina del comedor: "In my grandmother's dining-room there was a glass-fronted cabinet and in the cabinet a piece of skin." Un trozo de piel.
El viaje también puede empezar cuando dos amigos de edades muy dispares, el Dr.Johnson y su fiel biógrafo Boswell, mencionan un día la posible escapada a Escocia, pero dejan pasar los años sin que el proyecto se realice: "I had desired to visit the Hebrides, or Western Islands of Scotland, so long, that I scarcely remember how the wish was originally excited." Johson ni siquiera recuerda de qué forma fue suscitado el deseo, en el origen. "Dr. Johnson had for many years given me hopes that we should go together, and visit the Hebrides." "Durante muchos años", escribe el joven Boswell. Si uno lee de cerca, advertirá que lo que Boswell estuvo alimentando tantos años no era la esperanza de viajar a las Hébridas sino el "ir juntos y visitarlas Hébridas". “Ir juntos” era una parte esencial de su proyecto. (En ese cajón de sastre que es el diario que llevó Bioy durante décadas sobre sus encuentros cotidianos con Borges, hay jocosas alusiones a la muy literaria y fructífera amistad entre Johnson y Boswell. Sin duda el editor de ese diario (que lleva el significativo título de "Borges") tuvo en mente el"Johnson" de Boswell.)
En otras ocasiones, la migración se prepara durante muchos otoños, en los que la hojarasca y las páginas se confunden. “A mí mismo, desde hace mucho, como jirón de nube arrastrado por el viento, me turbaban pensamientos de vagabundeo.” Pensamiento cuya malicia empujó a Bashô hacia el angosto y oscuro norte de Honshu, cruzando la barrera de Shirakawa, el puesto de frontera más allá del cual comenzaba Tierra Adentro.
¿Qué tienen en común un trozo de piel, un deseo compartido (que un viejo finge olvidar y que un joven no deja de recordar) y un puesto fronterizo en el Japón feudal?
En los tres casos, el narrador no puede hablar de lo que ve sin aludir a las resonancias de eso mismo que está tocando. El caso de Chatwin es seguramente exagerado, porque no hay rincón en ese desierto verdegris de espinos y cantos rodados que es la Patagonia oriental que no venga asociado a una reminiscencia histórica, literaria o sentimental. (Nunca un desierto fue tan rentable en imágenes.) Aunque la verdad sea dicha, Jonson y Boswell no le van a la zaga cuando relatan el paso por el célebre e inhóspito brezal en el que se le aparecieron las brujas a Macbeth. Johnson, el viejo, el sobrio, el lento, el moderado, lo despacha con tres frases: "El mismo día seguimos adelante, hacia Fores, la ciudad hacia la que Macbeth viajaba cuando se encontró en el camino con las tres hermanas frikis. "This to an Englishman is classic ground." - añade Johnson con sorna (no hay que olvidar que los escoceses habían tenido su Batalla de Almansa no hacía tanto tiempo). La tercera frase pone fin a la digresión: “Nuestras imaginaciones estaban caldeadas, y nuestros pensamientos rememoraron viejos regocijos.” ¿De qué diversiones se acordaría el viejo? ¿De las veladas teatrales en el Londres de su juventud? Menudo pájaro. El joven, mucho más lírico y extenso con la pluma, nos da los detalles que los reparos de Johnson dejaron en el tintero. “Por la tarde atravesamos el mismo brezal en el que Macbeth se encontró con las brujas, según la tradición. El Dr. Johnson recitó solemne:
Howfar is't called to Fores? What are these,
Sowither'd, and so wild in their attire?
That look not like the inhabitants o' the earth,
And yet are on't?
Y siguió recitando Macbeth de manera grandilocuente. Y luego parodió el"All-hail" de las brujas a Macbeth, dirigiéndose a mí” -concluye Boswell.
Algo parecido sucede con Bashô, cuyo viaje hacia el Norte es un continuo sortear reminiscencias. En uno de los momentos culminantes del viaje, Bashô reconoce haber estado varios días inquieto y añade: "Pero mi ansiedad errante se apaciguó cuando llegamos al Paso de Shirakawa. Cuánta razón tenía aquel poeta que al llegar a este lugar dijo:"¡si sólo pudiera darles un vislumbre de esto a los de la capital!" En mis oídos soplaba "el viento del otoño" [verso de Noin], en mi imaginación brillaban "sus hojas rojeantes" [verso de Yorimasa], pero ante mis ojos, delicia de la vista, manchas reales de verdor se extendían aquí y allá."
Así es. El viaje plantea un continuo negociar entre el mundo imaginario que uno lleva consigo y el mundo que uno va encontrando. Sin el primero, el segundo sería baldío. El brezal del camino de Fores estaría seco y la barrera de Shirawaka se hundiría en una banalidad de estampa japonesa. Por no hablar del pedregal de la Patagonia.
El rico manto imaginario que el viajero lleva consigo no oculta las “manchas reales de verdor” que Bashô, con júbilo, anuncia al llegar a la barrera, sino, que al modo de una tela de luz, las hace más diáfanas.
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