En un memorable y breve ensayo de 1899 sobre cierta ceguera que nos aflige -a los seres humanos- en relación con los sentimientos de otras criaturas y gentes diferentes de nosotros, William James ilustra su argumento con largas citas de RL Stevenson, Richard Jefferies, Walt Whitman y, last but not least, WH Hudson. De este último, James cita el extraño y fascinante capítulo XIII de Idle days in Patagonia que nunca dejo de recordar cuando me voy acercando al valle del Río Negro, camino del Sur. (Bruce Chatwin se refiere al mismo pasaje en la rápida mención que hace de Hudson al inicio de In Patagonia.) Cruzar la "vasta soledad" patagónica y atravesar la obra de Hudson son experiencias de las que uno no sale indemne.
En cierta ocasión, de regreso a Buenos Aires tras una breve excursión a la meseta de Somuncurá, cayó en mis manos un ensayo de Ricardo Piglia que de alguna forma tendría que haberme despertado de mi sueño metafísico - de esa suerte de embrujo que me tenía cautivo en el texto de Hudson. Y sin embargo no fue así.
Intentaré esbozar las razones de mi resistencia.
El título del ensayo de Piglia: "Hudson: ¿un Güiraldes inglés?" es revelador de una intención letal. Piglia viene a decir (por boca de uno de sus avatares, un tal Emilio Renzi, personaje que aparece en alguna de sus más célebres ficciones) que Hudson es una versión en clave anglosajona de lo que supuso para las letras argentinas la vuelta al campo y a sus valores (tradición criolla) propiciada por Güiraldes. La oligarquía, inquieta por la avalancha de extranjeros que iban engrosando las filas del proletariado urbano, alterando de esa forma el equilibrio demográfico-político de la joven república, reacciona produciendo una imagen criolla -más poderosa que la verdad- capaz de hacer frente en el terreno de lo literario a esa avalancha. Güiraldes presenta una imagen idealizada de un campo que no hace tanto tiempo había sido teatro de crueldad y barbarie. El gaucho de Güiraldes habla para el citadino. Cuando hablan entre ellos, los gauchos no usan ese lenguaje afectado y artificioso.
No, no, para nada. Hudson no es eso. Hudson no era inglés, sino argentino, hijo de padres yankis que emigraron desde Massachussets hasta el Río de la Plata en la década del 30 (del siglo XIX). Hudson, que no era inglés, decidió hacerse inglés y para ello emigró a Inglaterra a la edad de 33 años. Hudson no era vástago de una familia de oligarcas. Era pobre. A veces, muy pobre. Su pasión por la naturaleza era una forma extrema de cuaquerismo que mamó sobre todo de su madre. En Hudson conviven Darwin y Traherne.
La hipótesis de Piglia es atractiva. Viaje sin embargo el lector en el otoño austral de Choele Choel a Valcheta y comprenderá por qué hacer de Hudson un requeté es mucho más que una licencia poética.
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