Estoy seguro de que no soy el único que alguna vez sintió una cierta desazón al leer "In Patagonia" de Bruce Chatwin. A mí me sucedió la tercera o cuarta vez que lo leí. De repente, la empatía lectora dejó de funcionar. Ya no me divertía la petulancia de algunos comentarios. ¿Por qué? Seguramente porque después de viajar a Patagonia yo ya no era le mismo. El gusto de Chatwin por lo "extravagante" y lo "grotesco" me pareció demasiado forzado, victoriano en el peor sentido, una estrategia al servicio de un lector londinense lánguido, ávido de curiosidades con las que excitar su agotada imaginación.
Los seguidores de las huellas de Chatwin son legión. Mapa en mano, recorren hasta el último rincón patagónico, elevando a la categoría de acontecimiento cósmico las anécdotas que relata un inglés sobre el que nunca acabamos de saber mucho. Uno se cruza con estos peregrinos en La Plata y en Bahía Blanca, en Punta Arenas y en Río Pico. (Recuerdo que estando de visita en la casa del poeta José Lezama Lima, sita en el número 62 de la habanera calle Trocadero, la joven que me sirvió de guía me contaba que había viajeros (o peregrinos) que nada más trasponer el umbral se entregaban a las actividades más variopintas, desde echarse de bruces al suelo en una especie de éxtasis callado hasta darse una ducha en el mismo lugar en donde el poeta cubano solía bañarse...Cosas veredes.) El éxito del libro dio lugar a muchos otros. No sé si fue Nicholas Shakespeare, biógrafo de Chatwin, quien inauguró la tradición de verificar sobre el terreno la realidad de las anécdotas de Chatwin. Hábito inútil. Imagínese el lector a otro inglés visitando los lugares y personajes mencionados por su paisano, señalando aquí y allá lo que Chatwin se inventó, enfureciendo a algunos, divirtiendo a muchos.
Lo cierto es que un argentino -Adrián Giménez Hutton, trágicamente desaparecido en el año 2001 cuando volaba hacia Patagonia- ya se había ocupado de levantar un acta casi notarial de las concordancias y discordancias del relato de Chatwin. (El libro se llama "La Patagonia de Chatwin", y fue publicado en 1998 por Editorial Sudamericana.) Quizás el lector recuerde aquella docena de fotografías de calidad variable que ilustran el libro de Chatwin: un vagón de tren varado en medio del desierto, unas huellas de manos impresas en la pared de una cueva, una tumba, un viejo Dodge destartalado, etc. Giménez Hutton reproduce en su libro fotografías tomadas por él de los mismos objetos y lugares, usando el mismo ángulo, la misma distancia, casi lamisma luz, y con un resultado de calidad variable, fiel reflejo de su modelo. El lector no puede dejar de preguntarse si se trata de una obra de arte conceptual, acaso porque en la repetición acabe revelándose nuestro único señor, El Tiempo: la tumba de los pistoleros yankis, Wilson y Evans, ya no tiene cruz, alguien la robó. O el viejo Dodge, que ya sólo es una ruina.
Hasta acá, todo bien.
Sucede que eché en la mochila el libro de Giménez Hutton en un viaje bastante accidentado que me llevó a remontar la Ruta 25 desde más o menos Rawson hasta la cordillera. Ese trayecto, relativamente suave, discurría por el valle del Chubut, río que la carretera cruza en un punto bastante hermoso, Las Plumas. Antes de despedirnos del Chubut, no lejos del punto en que éste, de manera abrupta, gira hacia el norte, recuerdo que nos detuvimos en Los Altares, donde la ruta ofrece la mejor vista del valle. Junto a la entrada del motel de la ACA había una niña vendiendo artesanía y alguna que otra curiosidad. Mi acompañante le compró una punta de flecha por dos dólares (era la época de la convertibilidad). El tiempo de un café, y continuamos el viaje.
Estábamos llegando a ese paraje de nombre improbable, Cajón de Ginebra Chico, cuando, aprovechando mi turno de co-piloto, abrí por primera vez el libro de Giménez Hutton, del que sólo había leído la contraportada mientras hacía cola en la librería donde lo compré. En la página 58, leí: "En la puerta de la hostería [de Los Altares] había una nena sentada sobre un escalón, que vendía puntas de flecha talladas en piedra, a dos pesos cada una. Era menuda y muy bonita, con ojos rasgados, negros y brillantes como su pelo, tenía nueve años y se llamaba Nadia. Le pregunté dónde encontraba las flechas y me respondió inocente: "Las hace mi mamá.""
¡Cazador cazado! Quizás por superstición cerré el libro de golpe. Sin quererlo, estaba yo haciendo con el libro de Giménez Hutton lo que él hizo con el de Chatwin.
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