La primera vez (1).

Mi viaje a la India. En recuerdo de Rubén, que nos dejó demasiado pronto, y de Manel, compañeros de toda una vida.

Unas semanas atrás escribía sobre Shanti Shanti, el diario que relata el rodaje de Rubber Soul, el documental que sobre la peregrinación hippie a la India filmó Alexis Racionero Ragué y cuyas peripecias y antecedentes describe con mucho humor y franqueza en su libro.

Un serio proyecto bien alejado del viaje descerebrado que Manel Pérez, Rubén Clusa y yo mismo emprendimos sin  ninguna preparación a principios de los años setenta. En nuestro caso no había preocupación intelectual alguna, y todavía menos espiritual, pero  participar del Viaje a Oriente que seguían algunos nos parecía divertido. Tomar parte en una expedición alpina, o cruzar el atlántico en un velero nos hubiese servido también. Queríamos movernos, y viajar, y disponíamos de un viejo Renault 4L prestado -gracias Papá- , cuyo cuentakilómetros se había parado en los 130.000 hacía años. Teníamos muchas ganas. Era un primer gran viaje. ¡Nuestra primera vez!

Todo transcurrió más que bien, sin percances graves aunque al no saber casi dónde íbamos – viajábamos sin guías y disponíamos de un único mapa, el Kümmerly+Frey Proche Orient  escala 1:4.000.000, que todavía conservo-, no tuvimos en cuenta el monzón, que tiene por costumbre manifestarse precisamente en los meses de nuestro viaje. Y así pudimos disfrutar y experimentar el  poderoso fenómeno atmosférico que hace renacer el norte reseco de la India  a partir, más o menos, de finales de Junio.

Estas son algunas imágenes de nuestra pequeña aventura y un texto que años más tarde, con una perspectiva más sosegada, escribí sobre la estación de las lluvias en aquel viaje. 

 


 

Antes del monzón: en Afganistán la carretera de cemento se interrumpía a veces y había que circular entre nubes de polvo.
 

En el monzón: India, estado de Bihar, en la Canal Road.  Era el único camino que permitía atravesar kilómetros de tierra sumergida.


Vinieron las lluvias*.

Del monzón no sabía nada. Lo imaginaba como una sucesión de vientos fortísimos que doblaban palmeras hasta hacerlas tocar el suelo, de nubes tremendas, negras, que traían una oscuridad casi nocturna en pleno día, todo ello iluminado espectacularmente por relámpagos.

También recordaba las fotografías de un reportaje sobre los monzones que años atrás había visto en una revista de mi padre. La revista era Paris Match y las imágenes de Brian Brake. El reportaje mostraba una tierra empapada, bajo cielos pesados y oscuros, y una gente extrañamente encantada con la llegada de las lluvias. Y también una joven, con un sari que el agua hacía transparente, y en cuyo hermoso rostro, extasiado, las gotas formaban perlas perfectas.


Agosto de 1971. Durante tres días habíamos recorrido a pie carreteras inundadas, sondeando la profundidad del agua con una larga caña. Las seguíamos cuidadosamente durante kilómetros, con el agua hasta las rodillas, para llegar siempre a tramos más profundos por los que no podríamos conducir el coche. Este había quedado momentáneamente en una aldea al cuidado del encargado de una gasolinera sin gasolina y sin coches.
Estábamos atrapados en un rectángulo de unos cuarenta por sesenta kilómetros al norte del estado de Bihar, del que, al parecer, no había salida con unas inundaciones tan importantes como las de aquel año.

Cada día, a media tarde, monumentales castillos de nubes oscuras cubrían el cielo totalmente hasta parecer tocar la tierra, e inmediatamente descargaban brutales aguaceros. Eran gotas grandes, densas, tibias al principio, más frías a  medida que empapaban la ropa y la piel. Hacía mucho tiempo que no nos protegíamos de la lluvia; simplemente, se secaba cuando dejaba de llover.

En poco rato unos diez centímetros de agua cubrieron el tramo de carretera en el que nos encontrábamos. Era tan llano el terreno que la zona inundada aumentaba perceptiblemente: estábamos en la orilla de un inmenso y poco profundo lago. Fue un breve chaparrón. Cesó la lluvia, era tarde y decidimos retroceder y comprobar si el hostal que vislumbramos unos veinte kilómetros atrás admitía viajeros. Recorrimos de noche un camino embarrado, en el que ranas exultantes saltaban como acróbatas iluminadas por los faros del coche.
El hotel, un bajo y enmohecido bungalow colonial, estaba abierto. Llovía de nuevo y el jardín que lo rodeaba era un estanque invadido por verdes y lozanas plantas.
Bajo el porche que daba acceso a la casa, tenuemente iluminado por la luz débil de una bombilla, cuatro mujeres jugaban a las cartas. Dos de ellas ocupaban sillones de bambú, mientras las otras dos compartían un largo banco adosado a la pared. Como el jardín, el suelo del porche estaba inundado, y todas ellas recogían sus piernas para no mojarse. A sus pies dos niños chapoteaban en el agua. Una radio emitía un agudo y repetitivo estribillo.

Un hombre corpulento de unos cincuenta años salió a recibirnos. El agua le llegaba a los tobillos y empapaba los bajos de sus pantalones. Estrechó nuestras manos mientras sonreía y nos observaba a través de los cristales mojados de sus gafas. Su nombre era Mr. Khalsi y nunca, o casi, tenía clientes en esa época del año.
Mr. Khalsi lamentó los cortes de electricidad, tan frecuentes durante el monzón, y que no tenía con qué preparar una cena. Aún así consiguió que el cocinero sirviese un curry vegetal.
Pero tenía consejos para nosotros: “Yo les sugeriría, si me lo permiten, que se quedasen unos días aquí para descansar, refrescarse y continuar su viaje en mejores condiciones. Compartan unos días lluviosos con nosotros. El monzón es la estación más auténticamente india. Pasamos parte del año esperando, inquietos, a que lleguen las lluvias. Sin ellas este país no existiría.”
Su inglés era, como el de muchos indios cultos, un tanto pomposo pero tremendamente rico y preciso: “Ahora bien” –continuó- , “imagino que algo muy importante les espera más allá de estas tierras inundadas y que preferirán continuar.” Su fina ironía se nos escapó por completo.
Y prosiguió: ”sólo hay un modo de salir de estas inundaciones: seguir el camino del canal para llegar a Muzzafarpur y allí embarcar el automóvil en el tren hasta Benarés”.
 

Imagen de aPadrol

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