La Primera vez (2)

El camino lo formaban la parte superior de los diques que, a un lado y otro del canal, seguían su recorrido a modo de muros de contención configurando una estrecha vía paralela. El sendero, de tierra, era una de las pocas zonas libres de agua, y como tal era utilizada por carros, campesinos a pie y animales. Pero ningún automóvil. El piso era de espeso barro resbaladizo y en algunos lugares nuestro vehiculo se hundía hasta los ejes. A un lado estaba el agua del canal y a otro el abrupto terraplén. El camino tendría de promedio unos cuatro o cinco metros de ancho.

Al pie del dique, con agua hasta las rodillas, tres niños conducían un pequeño hato de búfalos. Estaban obviamente encantados con la inundación: saltaban sobre el lomo de los grandes, mansos y relucientes animales, los empujaban e intentaban, sin esforzarse demasiado, que no se detuvieran para revolcarse en el agua fangosa.

Grupos de campesinos habían elegido la carretera del canal como refugio temporal: vivían en tiendas en las que esperaban que pasase lo más fuerte del monzón. Bajo sus lonas habían instalado lo esencial: camastros de madera y cuerda trenzada, grandes vasijas de barro con agua potable, hornillos de carbón, lámparas de petróleo.

Por la noche veríamos, desde el hotel de Mr.Khalsi, el resplandor de docenas de luces vacilantes que seguían el recorrido del camino del canal.

En un día avanzamos algo menos de un kilómetro. Por la tarde, habiendo soportado varios chubascos más, volvimos totalmente rebozados de barro al bungalow de Mr.Khalsi, dejando nuestro vehículo sentado en el fango.

“Resulta obvio que su automóvil carece de la tracción necesaria para superar un camino tan difícil”, dijo Mr.Khalsi mientras cenábamos otro curry vegetal y unos plátanos. “Creo que podré conseguir un tractor que les remolque hasta Muzzafarpur”.

El tractor resultó ser un venerable vehículo dotado de ruedas metálicas que le permitían desplazarse eficazmente por el barro.

Quizá porque durante el día estaba ocupado en otras tareas realizamos el trayecto de noche: fueron ocho horas de deslizamientos y patinajes, de bruscas arrancadas y frenazos extremos, enganchados a una doble cadena, por una pista de barro profundo.

El jefe de la estación de Muzzafarpur no hacía ningún esfuerzo para disimular su disgusto por nuestro aspecto mugriento: “Sí, podemos transportar el automóvil, con ustedes en su interior, hasta Benarés. Pero posiblemente no saldrá ningún tren de carga en esta dirección hasta dentro de tres o cuatro días. Las lluvias han cortado las vía en varios puntos y estamos intentando repararla. Y por cierto, ¿por qué no van al hotel a refrescarse un poco, y vuelven más tarde, tomamos una taza de té y nos ocupamos de los formularios y otros papeles?”

Nuestros limitados recursos no nos permitían residir en el hotel. Habíamos gastado mucho en el alquiler del tractor y el coste del viaje en tren iba a empeorar todavía más el estado de nuestras finanzas.

A cambio, nos dirigimos a un grifo público cercano a la valla que cerraba el recinto ferroviario.

La estación era un gran descampado ocupado por numerosas vías muertas, depósitos de agua, almacenes y viejos vagones abandonados. Acampaba allí un ejército de refugiados: campesinos que huían de la inundación, familias con sus animales domésticos y enseres que habían improvisado abrigos enclenques entre vías, vagones y espacios anegados por el agua.  Sus barracas de lata, de lona, de plástico estaban totalmente empapadas y a veces habían quedado ubicadas en medio de charcos.

Pasamos tres días en un cobertizo inexplicablemente vacío a un extremo del recinto.

Imagen de aPadrol

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