La Primera Vez (y 3)

El tren, tirado por una locomotora de vapor, se desplazaba muy lentamente. Abundante carbonilla procedente de la máquina lo ennegrecía todo. También a nosotros. Era exclusivamente de mercancías; éramos sus únicos pasajeros.
A ambos lados de la vía veíamos una extensión aparentemente infinita de agua. Un mar quieto que reflejaba perfectamente las nubes del cielo. Ocasionalmente, grupos de árboles parcialmente sumergidos formaban islas de vegetación. No había nada ni nadie sobre esa superficie impecablemente plana.
Cada día, por la tarde, un viento fuerte que traía olor a tierra húmeda y plantas en descomposición empujaba las nubes cargadas de lluvia. Al poco rato las gotas grandes y calientes del monzón caían como proyectiles sobre la tierra anegada.
Dormíamos sobre colchonetas hinchables, al abrigo de una lona que conseguimos fijar entre nuestro coche y el lateral del vagón. Varias veces los aguaceros nocturnos transformaron la superficie del vagón en una piscina de un palmo de profundidad. Nuestros colchones flotaban en ella suavemente.
 
Tardamos cinco días en llegar a Benarés y tuvimos que dejar el coche en la estación. Buena parte de ciudad estaba inundada. En muchas zonas más de medio metro de agua cubría las calles. Sólo circulaban los rickshaw, perfectamente estables sobre sus tres ruedas, ocupados por pasajeros que encogían las piernas para mojarse menos. También los peatones vadeaban, descalzos, las calles. Algunos comerciantes, sentados a las puertas de sus casas con los pies en el agua, observaban tranquilamente el reducido movimiento de la calle. Sus tiendas, construidas a cierta altura por encima del nivel de la calle, quedaban al abrigo de la inundación.
Supimos más tarde que éste no era un monzón excepcional. Nadie, salvo nosotros, parecía alarmado o sorprendido. Todo era muy normal, y además, deseable. Era sólo lo que cabía esperar durante la estación de las lluvias.
 
Demasiado sucios, mojados y hambrientos para acampar y olvidando nuestra economía, decidimos alojarnos en una decrépita pero maravillosa reliquia colonial: el Hotel de París.
“En el monzón la vida no es precisamente un lecho de rosas para el viajero”, comentó melancólicamente el recepcionista del hotel ante nuestro aspecto desastrado.
 Naturalmente, llovía aquella primera noche en el Hotel de París. Nos acostamos temprano y, hacia media noche, me despertó el estrépito causado por la ventana del cuarto de baño al abrirse violentamente por la fuerza del viento.
Me levanté y miré por el ventanal abierto, sin importarme la lluvia que me empapaba. Llovía furiosamente. El viento azotaba los visillos del cuarto de baño como las velas de un barco en plena tempestad. Los árboles del jardín se doblaban bajo el empuje del monzón y constantes descargas eléctricas los iluminaban a contraluz con una claridad irreal. Del suelo subía un olor tibio y penetrante de tierra mojada, de flores y de plantas, y súbitamente, como en las fotografías de aquella revista, tres mujeres, sus saris mojados pegados a la piel, cruzaron el jardín corriendo, entre risas y empujones.
 
 
*He tomado prestado el título de la novela de Louis Bromfield y de la película   homónima, dirigida por Clarence Brown, con Myrna Loy y Tyrone Power.
 
Una versión de este texto fue publicado en la revista Altaïr (1ª época).
 

Imagen de aPadrol

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