Con Peter Matthiessen (3)

 -Usted es maestro zen. Me pregunto si su forma de ver, de viajar, está influida por esta condición. ¿Se puede hablar de una aproximación zen al arte del viaje?

 -Seguro que sí (risas), pero no soy consciente de que exista una aproximación zen a algo que no sea el mismo zen. Por ejemplo mi libro “Jugando en los Campos del Señor” es un caso de escritura excesiva, demasiado rica, desbordante de paralelismos y metáforas. Me resistía a escribir de esta forma y como consecuencia dediqué mis siguientes esfuerzos a un libro muy diferente, “Far Tortuga” en el que casi desaparecieron cualquier símil o metáfora. La belleza como tal reside en el objeto mismo, sin aderezo. En eso consiste una aproximación zen. “Far Tortuga” es un libro influido inconscientemente por mis estudios del zen, aunque comencé a escribirlo antes de iniciarlos. Pero al terminarlo ya me había convertido en un apasionado estudiante zen. Hay una situación en el libro que me parece fascinante. Se desarrolla en una embarcación rústica, sobre cubierta, bajo el refugio que contiene la cocina. El espacio está en sombra, pero una cucaracha emerge paulatinamente y el sol ilumina sus antenas. La luz del Caribe, la brisa, los olores, el mar y esas dos antenas brillantes. No sé, me parecía fascinante. En eso consiste la visión zen: en el aprendizaje de la percepción de la realidad sin conceptos o nociones añadidos, como sería en este caso considerar el insecto repugnante. El zen se ocupa del objeto mismo. Si uno lo ve a través de esa visión, capta su misterio y adquiere una vsión religiosa. Tal vez es demasiado complicado…todavía.

 -¿Cómo surgió su interés por el zen y qué ha aportado a su vida, incluso en el ámbito privado?

  -Llegué al zen durante los años sesenta, a través del consumo de drogas. Aunque más tarde las abandoné –no por razones morales, sino porque había llegado hasta su final; ya no podían darme más-, ví cuanto podía ver y no me arrepiento. Creí que sin ellas podía llegar a otros niveles más profundos. Y en lo referente a mi vida privada, es difícil…Mis hijos lo notaron antes que nadie: me suavicé. Tiendo a ser áspero con la gente y conmigo mismo, y perdí algo de mi rabia, de mi irritabilidad. El zen me hizo cambiar, aunque no fue sólo el zen: el LSD también tuvo que ver, pero sin duda el zen completó el proceso sosegándome. Ya sabe, ser tranquilo en la acción y activo en la calma. Desde luego, creo que ha sido muy positivo para mí, aunque sólo sea porque me desaceleró. Tiendo a la emotividad, a la hiperactividad, al apasionamiento…

  -“El Leopardo de las Nieves” es un libro perfecto.

 -¡Gracias¡

 -No soy el único en creerlo. Es imposible no emocionarse con su lectura. Por su descripción de Dolpo y sus pobladores desde luego, pero más todavía por sus reflexiones personales: el fallecimiento de su esposa, sobre su vida en común, sobre sus hijos…¿No es muy difícil desnudarse emocionalmente hasta este extremo?

-Para mí lo es, desde luego. Creo que nunca lo hubiese hecho de no estar a 4.500 metros de altura. Allí es casi imposible engañarse. Las defensas caen y uno piensa: “¿Por qué protegerme?” Y así es. Cuando bajé de la montaña a alturas normales, encontré los escritos en mi diario y me pareció deshonesto no tenerlos en cuenta. De hecho esa franqueza extrema no aparece en ninguno de los diarios que he escrito en otros viajes. En el caso del “Leopardo…” lo atribuyo por completo a la altitud.

-Continuemos con ese libro. Podríamos extraer docenas de frases, de citas, merecedoras de su exhibición en la pared, como la de Camus en su casa. Elijo una: “En la simplicidad está el secreto del bienestar.” ¿Podemos considerarla una verdad universal?

  -Para mí lo es.¿Recuerda aquella obra de Turgénev “Padres e hijos”? Uno de los personajes se suicida y deja como explicación una única frase:”No logré simplificarme”. Cuando la leí, la hice mía inmediatamente.

 -Un caso extremo.

 -Desde luego. Pero simplificarse equivale a descubrir la naturaleza verdadera de uno mismo, a desechar emociones, opiniones, a hacer una verdadera limpieza. En zen decimos que el estado más elevado es la mente del principiante, porque para él todo es nuevo, posible. El profesional en cambio decide qué es malo o bueno, y así hace lo mismo que un crítico. Leí una obra maravillosa de Milosz, el poeta polaco. En ella habla de los críticos, de sus juicios y opiniones que define como un torneo de jorobados, porque sus mentes ya no están abiertas. La simplicidad es ciertamente muy importante, fundamental.

  -Mente de principiante, como el título del libro de Suzuki (1)…

-Exactamente, y ese libro tiene una introducción que plasma impecablemente el concepto de simplicidad.

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