Con Peter Matthiessen (2)

-Señor Matthiessen, tiempo atrás leí que en la pared de su casa tiene una frase de Albert Camus, que más o menos dice: "Debemos aceptar que resulta imposible evitar el dolor y que nuestra única justificación –si acaso tenemos alguna- reside en hablar en nombre de los que no pueden hacerlo”. Es, por decirlo de algún modo, casi un programa. Sobre todo cuando alguien decide colgarlo en la pared, posiblemente muchos años atrás.

-Desde luego, hace tanto tiempo que ya está hecha trizas…

-Pero continúa allí.

-Sí.

-¿Cree todavía en ella?

-Ciertamente, aunque no me gusta la idea de estar rígidamente programado. La frase es más bien un recordatorio. Creo en la responsabilidad social, en la capacidad de cada individuo para la resolución de situaciones injustas. Y me parece especialmente importante en el caso de los escritores. 

-Quienes no pueden hablar, los que sufren la injusticia, son los oprimidos, la naturaleza agredida…Pienso en Men’s lives, su libro sobre los pescadores de Long Island cuya forma de vida desapareció porque se les prohibió continuar su actividad…Sus escritos, de ficción o no, incorporan a menudo el elemento inquietante, extraño, exótico incluso, aunque a menudo los sitúe en entornos geográficamente próximos como sucede en los relatos de “La Laguna Estigia”. Por qué esta fascinación por lo insólito, por lo lejano, por los viajes?

-No siento pasión por el viaje, de hecho ni siquiera me gusta desplazarme en avión. Pero sí soy muy curioso y busco antes las correspondencias y similitudes que las diferencias. No me creo muy interesado por lo exótico.

-No me refería sólo a lo espacialmente lejano, sino también a una reiterada incorporación de lo extraño, si podemos llamarlo así, a sus relatos.

-Entiendo a que se refiere. Creo que, en general, no me interesa particularmente la vida en las ciudades. Buena parte de la literatura norteamericana trata precisamente sobre eso, sobre la vida en los aledaños urbanos (Matthiessen utiliza el término “suburbia”). Y este tipo de situación, tan bien tratada y descrita por excelentes escritores como John Updike, no necesita mi aportación. No digo que no se encuentren buenas historias en Nueva York, sino simplemente que no me interesan. Podrían atraerme tal vez temas urbanos que se desarrollasen entre los estratos más bajos, más marginales, más desesperados de la sociedad. 

-Lo que en cierto modo nos devuelve a los temas poco cercanos…

-Ciertamente, poco cercanos. Siempre he evitado escribir sobre gente feliz, bien alimentada, cómoda, quizá porque es muy difícil. 

-Hablando de comodidad, usted ha viajado en condiciones muy duras casi como norma. Pienso en la expedición Harvard-Peabody a Nueva Guinea o en su travesía de Dolpo en Nepal. Pero en sus escritos no aparece por fortuna el tono voluntariosamente viril de los personajes de Malraux o de Hemingway…

-Me considero un hombre físicamente tímido y, por otra parte, no tengo ningún respeto por el estilo “macho” de Hemingway. 

-Y usted es real, no un personaje de ficción, y vive situaciones muy exigentes con toda naturalidad, con humildad casi, mientras busca el conocimiento. O en el “Leopardo de las Nieves” me atrevería a decir que la iluminación. Bueno, tal vez exagero…

-La iluminación, en el sentido de recibir enseñanza, es una cosa extraña que uno nunca sabe dónde va encontrar. Como en el caso de Tukten el personaje de “El Leopardo de las Nieves”. Un verdadero rufián, un tipo impresentable, desharrapado, que había abandonado los valores y las tradiciones de su gente. Pues bien, este hombre era un “maestro”, aunque sólo pude reconocerlo como tal al acabar el viaje. Bastaba ver la deferencia –o el temor- con que lo trataba la gente cuando atravesábamos aquellas últimas aldeas. ¡Y no era más que un hombrecillo mal vestido! Me di cuenta demasiado tarde.

 

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