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Mercados y anochecer en el País Bissa

El Mercado de Sakoulga se convierte en nuestra primera incursión en un mercado africano. Es impresionante, se vende mijo blanco, mijo rojo, carne de burro, carne de cerdo, nueces de karité, productos que hasta ese momento no habíamos visto nunca. Acostumbrada a los mercados asiáticos donde el color lo ofrecen los productos expuestos, me apasiona ver que en los mercados africanos quien da la nota de color y de vida, son sus bellísimas mujeres y sus espectaculares ropas.

Pasamos por Gogo y Gom-Boussugou y a las tres de la tarde llegamos al Mercado de Dendeogo, muy cerca se encuentra la aldea donde dormiremos esta noche. Los niños nos persiguen, las mujeres cuchichean y sonríen, algunos se acercan a saludarnos; nos dan la mano y nos preguntan cómo estamos, nos entendemos en francés y doy gracias a que aún lo recuerdo de mi época escolar. El guía se acerca hasta un grupo de hombres que están bebiendo cerveza tradicional, nos invitan a un trago. La emoción es intensa, todos nos miran, somos las únicas mujeres blancas del mercado. Bebemos cerveza dentro de una calabaza de gran tamaño que ocupa nuestras dos manos abiertas. Parece como si algún jefe de un clan estuviera por allí, porque nos dan permiso para hacer fotografías, algo poco común. Sin permiso ni se os ocurra fotografiar nada podéis tener un gran problema.

Nos apena mucho dejar el mercado pero tenemos que continuar camino hasta llegar a la aldea donde nos alojaremos esa noche. Es una aldea sin infraestructuras, no hay luz, ni agua, ni carretera pavimentada, ni albergue, estábamos avisadas antes de emprender el viaje y nosotras estamos encantadas. Nos asignan una pequeña casita con dos habitaciones, en una hay una mesa y varios asientos, en la otra una cama de matrimonio donde dormiremos las tres viajeras tubabu. Un habitáculo entre dos paredes servirá de ducha, han dispuesto un cubo de agua para la higiene.

 

El cielo se va tornando azul anaranjado con pinceladas rosas a medida que se acerca la noche. Las nubes y el color del cielo prevén un atardecer precioso pero antes de que acontezca este espectáculo, nos da tiempo a visitar un lago cercano donde hay cocodrilos y donde además la gente de la aldea pesca. El agua está limpísima y gracias a las luces primero parece bañada en plata y después pasa a tener una tonalidad dorada. Todo aquél que se cruza en nuestro camino se para a saludarnos, no importa si va en moto, en bicicleta, a pie o en carro; se paran, nos dan la mano, nos preguntan cómo estamos, para luego continuar con lo que estaban haciendo.

Una de las mujeres más ancianas de la aldea, nos hace bromas y baila sin dejar de reír y de hablar, lástima que no entendemos absolutamente nada de lo que dice, me gustaría preguntarle ¡tantas cosas!. La mujer es una de las seis esposas del jefe de la tribu que ha fallecido hace poco. Aún no han elegido quien tomará el cargo y no podemos ser presentadas, pero es una norma local. Después de contemplar el inmenso paisaje que nos rodea, nos acercamos a las casas de adobe de la aldea. Están dispuestas en círculos y en ellas se alojan los miembros de una misma familia.

Mientras, los más pequeños gritan entusiasmados nasara, nasara que quiere decir “blanco” en lengua mossi. Para algunos es la primera vez que ven una mujer blanca y miran atónitos hasta que pierden el miedo y nos siguen de cerca riendo y saltando a nuestro alrededor.

A las siete de la tarde ya no queda ni rastro de luz solar y vemos como los niños regresan con el ganado a casa entonando canciones. A medida que va oscureciendo los sonidos de extraños animales se hacen más perceptibles, las ranas y sapos que habitan en el lago dan un divertido concierto mientras un inmenso manto de estrellas cubre el cielo. Quedamos maravilladas de semejante exhibición de la naturaleza. Sentadas en enormes butacones de madera delante de nuestra casita, contemplamos el espectáculo de luz formado por millones de estrellas y el sonido de los animales salvajes que viven en libertad. Nos preparan pollo con arroz para cenar, está sabrosísimo y de postre papaya; la mejor papaya que he probado en mi vida. A pesar de la proximidad del lago, no parece que hayan mosquitos, aún así, bañadas en repelente de insectos, con nuestras barritas de incienso de citronella y rociando la habitación con insecticida (ya que se hace imposible colgar la mosquitera), nos disponemos a pasar la segunda noche en Burkina Faso.

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