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Homs vive el infortunio de la guerra

Siete mil cien personas -sí, 7.100 seres humanos- han muerto en Siria desde que comenzaron las protestas contra el presidente Baixar al-Assad, curiosamente licenciado en oftamología. Digo lo de curioso porque alguien que debe conocer tan bien el órgano de la visión, no ha sabido ver la Siria que yo conocí en agosto del 2003.

 

Recorrí junto a mi hermana un país encantador que guarda maravillosas ciudades, y gentes con el único propósito de salir adelante, dar de comer a sus familias y ganarse la vida. Recuerdo cómo hace una década, el entonces presidente de Estados Unidos George W. Bush tuvo el valor -por decirlo de alguna manera- de declarar a Siria como parte del “eje del mal”. Esa inapropiada acusación hizo que aquel verano las ruinas de Palmira fueran visitadas por unos pocos turistas; tan pocos, que la gente nos preguntaba quienes éramos y cuándo volverían los demás.

 

Las tiendas de recuerdos, zocos, hoteles y restaurantes se mostraban vacíos de occidentales, mientras los vendedores se interesaban por saber dónde estaban los clientes europeos. Anduve por Damasco, donde se conserva el alfabeto ugarítico (que sustituyó a la escritura cuneiforme y dio origen a los alfabetos que hoy existen en buena parte del mundo) y que de poco nos ha servido, si continuamos iniciando guerras y matando a gente inocente.

 

Viene a mi memoria, en un hammam de Aleppo, una niña acompañada de varias mujeres adultas de su familia. Nos pidió si podía hacerse una fotografía con nosotras, situación que nos sorprendió, ya que nunca antes nadie lo había hecho: nos hacían protagonistas de sus recuerdos mientras ellas lo hacían del nuestro. Recorrimos Bosra, Maalula, San Simeón y el Crac de los Caballeros, siempre con la misma impresión: Siria guardaba muchos tesoros, pero los más valiosos eran sus habitantes. Los mismos que ahora están perdiendo la vida por el designio de un solo hombre.

Me estremecen las noticias que llegan de la ciudad “rebelde” de Homs. Mientras los noticieros hablan de los enfrentamientos armados en esta ciudad, situada a 140 km al norte de Damasco, yo sólo percibo el ruido quejumbroso de sus enormes norias de madera. Un lastimoso lamento que acompaña los sollozos de quienes conocimos aquel país en tiempos de paz.

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