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Entré en un mundo mágico de agua y piedras

Mientras la luna se refleja en la orilla cubierta de musgo de un pequeño riachuelo que recorre el jardín de una casa, un templo o un ryokan japonés, el sonido del agua penetra dulcemente a través de la ventana de bambú que se abre sobre el precioso vergel.

 

El bello jardín está bordeado de senderos para pasear que quedan delimitados por guijarros redondeados. Un jardín de rocas y arena blanca rastrillada sirve para meditar; el jardín japonés está construido para algo más que la contemplación. Tradiciones ancestrales llenas de simbología ayudan a sus dueños a la reflexión tranquila y sosegada que en Oriente tanto tienden a proteger.

 

Una peculiar visión del cosmos donde el vacío representa el mar, la arena son olas, la grava forma colinas sinuosas y las rocas dispersas simbolizan las cuatro islas principales del Japón (aunque existen más de 6.800 islas menores adyacentes).

 

La brisa golpeará suavemente las hojas de los árboles y las dejará caer pausadamente sobre la hierba, no hay que tocarlas, la hoja caída formará parte de los cientos de especies de musgo que tejerán una abigarrada alfombra sobre las imperfecciones del suelo.

 

Si se tiene espacio para un apacible estanque, en sus márgenes se deben plantar cerezos de ramas colgantes, así cuando florezcan entre los meses de abril y junio, un agradable aroma dulce se liberará en el ambiente. Cálamos y nenúfares se encargarán de dar cobijo y alimento a mariposas multicolores y etéreas libélulas brillantes.

 

Y así sin darnos cuenta, tras el crepúsculo de un gran día, en el jardín quedará reflejado el cielo cuajado de estrellas.

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