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Berlín, mi máquina del tiempo en la Tierra

La primera vez que visité Alemania, viajé hasta Berlín. Por todo lo que había leído hasta ese momento esperaba encontrar una ciudad gris, industrial y sin encanto pero encontré un hermoso puzzle de piezas de distintas formas, materiales y épocas que decoraban por si solas esta palpitante urbe.

 

Como suele ocurrir en la mayoría de viajes, la estancia de tres noches se me quedó corta y tuve que volver al cabo del tiempo para embriagarme de nuevo en su centro del Berlín Este. Tan sólo la idea de volver a pisar Museumsinsel; la Isla de los Museos, me acelera el gusanillo de una nueva escapada. La posibilidad de contemplar el pasado, las más importantes civilizaciones desaparecidas y las culturas más indígenas del planeta hacen de Berlín un imán poderoso para mi pasaporte.

 

La maravillosa colección egipcia del Egyptian Museum, las interesantes piezas griegas y etruscas del Altes Museum y las antiguas ciudades de Babilonia, Mileto y Pérgamo del Pergamon Museum suponen el principio de una experiencia abrumadora de historia y religión. Los niños deberían aprender geografía y humanidades en las salas de estos museos.

 

La otra parte de la ciudad que no tiene desperdicio es el Distrito de Dahlem; aquí se encuentran los fascinantes museos de Arte Indígena, Museo de Arte Asiático, Museo de Arte Islámico y el Museo Etnológico. África, Asia, América, Australia y Oceanía desgranadas y expuestas para el deleite de nuestros sentidos viajeros. Desde una casa toraja y una cabeza olmeca, hasta una falda de Papúa Nueva Guinea o Bronces de Benín; todas las tribus están representadas aquí.

 

Es imposible no volver una y otra vez a Berlín y sumergirse en la belleza.

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