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Ammán, capital del Reino Hachemita de Jordania

Recuerdo haber salido por la puerta de mi hotel en una tarde que evoco en mi memoria como muy pegajosa; era el mes de agosto del 2003 y allí estaba yo orientándome guía en mano. Como me suele pasar en mis viajes, no recalé en mi habitación más tiempo del necesario para así poder salir a explorar la capital de Jordania lo antes posible.

Mi alojamiento se encontraba en la tercera colina -Ammán se asienta sobre veinte de ellas-, en uno de los recientes barrios que se han construido en la ciudad. La calle del hotel descendía vertiginosamente hacia lo que me pareció una cercana perspectiva de la Ciudadela Omeya. Así que empecé mi descenso con más optimismo del que permanecería a mi regreso. Dejé atrás la tercera colina para adentrarme en la primera y proseguir por una vía ancha llamada Shadi Abu Bakr as-Siddiq, cuando un coche se paró a mi lado y me preguntó en árabe una ininteligible fórmula de vocablos. ¿Me habían confundido con una jordana? Sí ¡me habían confundido! Dibujé una espléndida sonrisa por tal confusión; mi deseo expreso de pasar desapercibida para la población local había surgido efecto. No recuerdo qué contesté pero recuerdo la sonrisa de la mujer que me lo había preguntado y la del conductor; ambos me dieron la bienvenida en perfecto inglés. Esta pequeña anécdota me sirvió para seguir subiendo y bajando plazas, avenidas, calles y callejuelas más rapidez que antes a pesar de mi cansancio. Llegué hasta la bulliciosa intersección donde se encuentra la Mezquita Al-Hussein, entre King Talal y Al Sa'Adih Street, muy cerca del Al Hmedyah Market y de toda la zona de tiendas. Parecía que el millón de habitantes de la ciudad estuviera allí mismo.

La fachada principal de la Mezquita Al-Hussein parecía desproporcionadamente baja en comparación con los dos enormes minaretes de estilo otomano rematados con una media luna de bronce, que se alzan a cada uno de sus lados. Está construida con bloques de piedra de tonalidad rosada y vainilla, con decoraciones en el remate superior en forma de pequeños arcos ciegos. La puerta principal queda flanqueada por dos columnas salomónicas que también mezclan las mismas tonalidades.

Comenzaba a atardecer cuando el muecín comenzó a llamar a la oración, y yo seguía petrificada en la acera frente a la puerta de entrada de la mezquita. Las luces de los locales de comida y tiendas de recuerdos se empezaban a encender. El tráfico insistía en no dejarme cruzar la calle que carecía de paso de peatones o semáforo. Los hombres vestidos con túnicas largas, en su mayoría, y con el pañuelo jordano en la cabeza -llamado keffiyeh, kufiya o kufiyya, que en Jordania lucen orgullosos en color rojo y blanco- se dirigían diligentemente a su lugar de rezo.

En el ambiente se respiraba una mezcla de combustible y aceite mal quemados, junto con el de la carne a la brasa y un batiburrillo de olores a especias. El sonido también impregnaba mis emociones: cláxones, voces de vendedores y “gritos al cielo” desde los altavoces instalados en los alminares de la mezquita.

Mis sentidos se saturaban ante aquel espectáculo.

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