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Manikaran (Himachal Pradesh, India)

Por una carretera infernal que recorre a media ladera el angosto valle del Parvati, con unos precipicios imponentes y grandes piedras caídas en mitad del camino, llegamos a Manikaran, un templo sikh o gurdwara, lugar famoso de peregrinación colgado en las estribaciones del Himalaya. Por el camino nos han adelantado bandas de motoristas que lucían turbantes anaranjados y gafas de sol espejeantes, impertérritos a pesar de la lluvia. Una vez en el parking, aparte de los vehículos todo terreno, hay motocicletas de gran cilindrada, he contado más de cien. Son los vehículos adecuados para un nuevo tipo de peregrino moderno.
     El lugar es famoso por sus aguas termales que emergen a alta temperatura. El río desciende encabritado y potente, encajonado entre paredes, sorteando grandes rocas romas, lanzando rugidos y espumas. Sus aguas están heladas y a su encuentro con las hirvientes producen brumas estancadas que se mueven lentamente y nunca se disipan manteniendo al templo inmerso en un ambiente fantasmagórico. En su interior como ocurre en todos los gurdwaras nos sentimos arropados por la discreta amabilidad de un voluntario que nos da la bienvenida. Adaptamos nuestra vista a la penumbra y distinguimos dos grandes piscinas donde los hombres se bañan. Hay en otro lugar también piscinas para mujeres.
     Las paredes ennegrecidas rezuman humedad, hileras de grifos despiden agua hirviendo y en una alberca burbujeante se está cociendo, dentro de grandes recipientes de barro sumergidos, el arroz y las patatas que el templo ofrecerá gratuitamente a sus visitantes. De un orificio cavado en la roca sale una mano que me tira de los pantalones y una cara de mujer me dice que entre. Tengo que hacerlo a gatas. Voy a dar a una cueva que hace las veces de sauna natural. En su interior hay hombres y mujeres y dos niños que juegan a entrar y salir por el agujero. Un monje tibetano me hace sitio a su lado para que sentada en el suelo caliente pueda apoyar la espalda en la roca también  caliente. El suelo es de cemento y conforman las paredes grandes rocas abombadas. Las mujeres hablan y ríen, y me saludan. Los hombres dormitan sentados o acostados. La bombilla desnuda que cuelga del techo despide una luz tenue y amarillenta. Observo que hay una cámara de seguridad arriba en una esquina. De esta estancia y por otra puerta bajita se pasa a una habitación y de esta a otra que da al exterior y está cerrada por una reja. Parece la jaula del león. Los suelos deben estar también calientes pues hay gente tumbada descansando. Los que pasan por el otro lado de la reja van abrigados, fuera hace frío.
      La gran sala del templo, donde  voluntarios se turnan las veinticuatro horas del día para leer sin parar las escrituras, está empapelada con posters que representan a dioses y a gurús de todas las religiones. Entre ellos reconozco al Sagrado Corazón de Jesús, a Zoroastro, al emam Ali santo mayor de los musulmanes shiítas con su espada bífida y a su hijo Hossein,  al dios mono Hanuman, al dios elefante Ganesh, y en lugar preferente está la imagen enmarcada del gurú Nanak, el fundador de la religión Sikh.
     Cuando salimos llueve a cántaros. Nos comentan que ha caído una gran roca y que la carretera está cortada. El regreso será difícil.

 

Imagen de aBriongos

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