gris, no-gris

Un poeta granadino del que se habla mucho estos días escribió en cierta ocasión a propósito del día domingo:



"Domingo.


Día gris.


Gris."


Así, en tres líneas y con tres puntos. Veredicto inapelable.


Es cierto, el domingo tiene mala reputación, sobre todo al oscurecer, cuando la perspectiva del lunes y sus tareas asoma en el horizonte. Muchos domingos de otoño -algunos grises- que pasé en Buenos Aires no se teñían (o no se tiñeron) con esa tonalidad sombría. Años de investigación ininterrumpida no han bastado para que diese con una
explicación plausible. Al principio, me decía:


- Será la novedad.


Al descubrir cada día una nueva esquina -me decía- no tengo tiempo de dejarme invadir por la pesadumbre dominical. Quién sabe...


Lo cierto es que al regresar a Europa encontré intacto el gris del domingo, la formidable perennidad del corazón gris del final de la semana. Y el pasado domingo iba camino de no ser una excepción, cuando leí la noticia de que María Elena Walsh acaba de publicar un nuevo libro, "Fantasmas en el parque", ambientado en el que fue mi barrio en Buenos Aires, en mi calle, la misma en la que vivieron muchos años atrás andaluces tan dispares como Don Niceto Alcalá-Zamora o Rafael Alberti (o enigmáticos porteños como Macedonio Fernández). El domingo se transfiguró con la luz de la memoria. Y se me ocurrió que quizás podría estar acercándome a la explicación de por qué los domingos en Buenos Aires no eran grises. Digo "acercándome" porque soy consciente de que esto no es una explicación, sino una intuición vaga, vista de perfil, escapándose, esquiva.


Que la cosa se presente como una intuición bruta y no articulada no debe desacreditar el intento. En esos domingos de Buenos Aires se abría extrañamente una perspectiva de hace 30 años (como en Montevideo se puede abrir otra de hace medio siglo). Era como si allá abajo, en la calle y en el horizonte interminable de ladrillo y cemento, otro tiempo estuviera todavía ahí. Era algo frágil que no convenía solicitar demasiado, había un riesgo grande de que se desvaneciese. Para ser más preciso diré que ese algo traía resonancias e imágenes de lo que era para mí la ciudad 30 años atrás.


Que sólo el domingo y no el resto de los días de la semana movilizaran la memoria de un tiempo que no viví continúa siendo un enigma cuya revelación sólo en contadas ocasiones -por ejemplo, cuando escucho algunas canciones de María Elena Walsh, canciones para niños- creo alcanzar.


Mi encuentro con estas canciones tuvo lugar en Patagonia, en Comodoro Rivadavia, la capital petrolera del sur. Después de miles de kilómetros de ruta, parando en la Sierra de la Ventana, en Choele-Choel, en Madryn, llegó el momento de reciclar la música, los
pocos CDs que giraban perpetuamente. Era la mañana del día de Navidad y el sol estaba alto. El viento del este había barrido la bruma que nos había acompañado desde el valle del Chubut, que habíamos cruzado a la altura de Rawson, muy cerca del mar. Cuando vi el CD de María Elena Walsh me acordé de que mi hijo cantaba en la escuela la canción del 
jacarandá (de Walsh) y pensé que sería una buena idea llevármelo. Después de comprar los discos, me acerqué a la playa de la ciudad, que estaba ahí abajo nomás, a dos cuadras de la disquería. El sol del austero verano patagónico apenas calentaba. Le eché un vistazo al libreto del disco y comprobé que la primera canción era la del jacarandá. Cerré los ojos.


Más tarde, atravesando los cerros del sur de Comodoro, camino de San Julián, se produjo el encuentro. Las canciones de Walsh me trasladaron de repente a la ciudad de los domingos no-grises. Meses después, en Buenos Aires, cuando andaba buscando imágenes de esa ciudad soñada, di con uno de los libros de fotografía más hermosos que conozco: "Buenos Aires, Buenos Aires", con fotografías de Alicia d'Amico y de Sara 
Facio (la compañera de María Elena Walsh), y con un texto notable de Julio Cortázar. En esas fotografías en blanco y negro, y en toda la gama de grises, se muestra sin reparos la belleza de la ciudad en el año 1968.


Este domingo, un domingo de cielo plomizo, además de leer el diario, estuve visitando el Museo de la Fotografía de la ciudad de Charleroi, un lugar muy recomendable para los amantes de la fotografía. Como me había demorado en las salas contemporáneas, aceleré el paso. Vi rápidamente la sala dedicada a la Palestina de finales del siglo XIX y otra en la que se exhibían fotografías de la primera guerra mundial que los soldados del frente enviaban a sus familias. En una sala de tema más o menos americano, llamó mi atención una fotografía en blanco y negro que mostraba a una mujer tumbada sobre una chimenea de un edificio moderno que se elevaba sobre un mar de edificios altos. La mujer parecía tomar el sol. Me detuve. "Buenos Aires, 1952. Anne-Marie Heinrich." Se trataba de una fotografía de la maestra de Sara Facio. Comprendí sin esfuerzo: ahí estaba el domingo no-gris.

Imagen de aBarbera

Comentarios

Elegante, ineligente y

Elegante, ineligente y evocador escrito, Señor Barberá. Por favor, no deje de colaborar.

Me llegó de Buenos Aires el

Me llegó de Buenos Aires el libro de María Elena Walsh (Fantasmas en el parque). Encierra algunas buenas sorpresas tales como un retrato de Silvina Ocampo que no tiene desperdicio o su encuentro con Juan Ramón Jiménez, a finales de los 40.

gris, no-gris

¡Con cuántas cosas me siento identificada en este hermoso artículo!. La Patagonia (yo nací en Comodoro Rivadavia), Ma.Elena Walsh -referente de ética, dignidad, creatividad..., otoño en Buenos Aires, domingos, barrios, personajes...
(Creo que tú lo escribes mejor de lo que yo puedo hacerlo...¡gracias!)

Odio los domingos

"Odio los domingos" era el título de la famosa canción de Juliette Greco. El gris que invade los domingos se manifiesta más por la tarde, sobre todo a partir de las seis, que es cuando los sacerdotes se arrepienten de haberse masturbado, los enamorados se desengañan porque se les acaba la conversación, los adulteros experimentan atroces remordimientos, y los solitarios sienten que les falta una pierna puesto que su amor jamás aparecerá. Los únicos que se libran, son,creo, los que no están en su lugar habitual,como yo ahora. "Antaño, si ml no recuerdo", reflexionando sobre este asunto a lo largo de odiosos domingos, he llegado a creer la patraña de que el subconsciente de los que tienen que currar al día siguiente, fastidiados hasta el alma, se impone sobre toda la población. Justo por el gris de los domingos se ha inventado el futbol, para que las masas no se defenestren de seis a diez. A tenor de ser indiscreta le diré, si me lo permite, que creo que lo que le sucede con Buenos Aires es amor. Usted está enamorado de esa ciudad y por eso el gris de sus domingos le resbala por esa pátina de oro que recubre a los amantes. Incluso, atreviéndome-por qué no, ya que ustedes se exponen al público-a ir un poco más allá, se diría que está usted enamorado de un/una bonaerense/a. Lo digo, más que nada, por la famosa frase del famoso Cuarteto de Alejandría: "Una ciudad es un mundo cuando se ama a uno de sus habitantes". Y también porque viví en Buenos Aires unos cuantos domingos tan plomíferos, plumbeos y suicidas como los que se viven en Madrid.

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