gitaneta i molsa

Un día de primavera de hace casi dos siglos, el escritor alemán Heinrich von Kleist se encontró en un parque de una capital europea con un conocido suyo que era bailarín en el teatro de la ciudad. No lejos del banco en el que se sentaron se desarrollaba un espectáculo de títeres. El bailarín explicó a Kleist que acudía allí todos los fines de semana porque había advertido que tenía mucho que aprender del títere. Picado de curiosidad, Kleist quiso saber por qué. El bailarín le vino a decir que para alcanzar la perfección en su disciplina, debía convertirse en una marioneta, dejando que la fuerza de la gravedad determinase y dibujase sus movimientos y pasos. Algo así como “dejarse llevar”, diríamos hoy. Deja que tus miembros sean lo más libres y desasidos que puedas.  No permitas que tu conciencia –ese mecanismo ruidoso, como decía WH Hudson– interfiera en el juego de hilos invisibles que trama tu danza. Y es así que el bailarín, convertido en un improvisado teólogo, atribuyó las delicada relación que tiene el hombre con la fuerza de la gravedad al episodio bíblico de la tentación que llevó a comer del fruto del árbol del conocimiento: solo podrá el hombre acercarse –sin alcanzarla del todo– a la perfección en la danza, en la medida en que logre deshacerse, aunque sólo sea por unos instantes, de la conciencia que pesa sobre cada miembro.

Recordé esta inverosímil conversación entre el escritor y el bailarín hace unas semanas, cuando bajaba del Estany Negre de Cabanes, en los aledaños de Aigües Tortes, con la última luz de la tarde, después de haber pasado casi diez horas fatigando montes y quebradas, cautivado por el rojo punzó en fondo negro de las alas de la gitaneta y por el verde mullido de los musgos de toda clase que tapizan el abetal de Gerdar. Andaba pisando huevos, con las rodillas doloridas. La conversación de Kleist con el bailarín se me antojaba un chiste cruel, pues no se me ocurría mejor ilustración del contraste entre el hombre y la marioneta exenta de conciencia que mis castigadas piernas. A medida que avanzaba, la conciencia del movimiento (y del dolor) se iba haciendo más aguda, hasta el punto de que dejé de percibir la belleza de las cosas, olvidando así el rojo punzó de la gitaneta y el musgo de Gerdar.

¿Cómo hacer para que mi peso -la fuerza de la gravedad que apenas si me dejaba levantar las plantas de los pies- dejara de torturarme? ¿Cómo olvidar mi peso? Supongo que estas preguntas se las habrá hecho más de un montañero y estoy seguro de que hay buenos consejos y trucos para engañar a la fuerza de la gravedad, ya que dominarla o vencerla es imposible.  Acordarme del bailarín de Kleist fue providencial, pues, empujado por la necesidad, acabé inventando algo así como un paso de baile destinado a repartir el peso entre las piernas, sin perder el ritmo de bajada y liberando la mente de la obstinada tenaza del dolor. La treta consiste en dar un paso de ataque con el pie derecho y dos pasos breves con el izquierdo y el derecho, sucesivamente, para dar, a continuación, un paso de ataque con el izquierdo, y luego dos pasos breves, con el derecho y el izquierdo. Y vuelta a empezar. Derecho (fuerte), izquierdo-derecho (breves). Izquierdo (fuerte), derecho-izquierdo (breves). Los dos pasos breves son un compás de espera que da a la pierna de ataque un intervalo de descanso más largo que el intervalo normal entre dos pasos.

Gracias a esta técnica pude volver a observar el sotobosque de Gerdar que tanto me recordó al jardín zen del Saiho-ji (o Koke Dera, templo de los musgos), situado hacia el oeste de Kyoto. Al dar los dos pasos cortos me acordaba también de la manera de caminar que tienen muchos japoneses. En fin, la isla del Estany Negre de Cabanes, con su torturada conífera, me recordó muchísimo a las islas de la tradición iconográfica nipona.

 

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Existe una traducción castellana del fascinante texto de Kleist: Heinrich von Kleist, Sobre el teatro de marionetas y otros ensayos de arte y filosofía, Ediciones Hiperión, 2005.

También existe una edición catalana (limitada): Enric de Kleist. Sobre el teatre de marionetes (Über das Marionettentheater), un relat que va aparèixer del 12 al 15 de desembre del 1810 al diari Berliner Abendblätter. Traduït per MSdM (Mireia Soler), ECF (Enric Casasses Figueres) i StH (Stella Hagemann). Dibuixat per Stella Hagemann. Edicions Roure, 2010. A ver quién le echa un galgo a esa liebre.

Al abetal de Gerdar se accede fácilmente desde Esterri d’Àneu, por la carretera del Puerto de la Bonaigua C-28 y el ramal que va hacia el bosque del Gerdar.

El Templo de los Musgos (Saihô-ji o Koke Dera) dispone de una página en la versión catalana (no hay versión castellana) de wikipedia  http://ca.wikipedia.org/wiki/Saih%C5%8D-ji

Para llegar hasta el templo, se puede tomar el autobús 63 (hasta el término) en la estación Shijo. Las entradas sólo se pueden reservar por escrito.

Para ver a la gitaneta, hay que ir a Gerdar en verano. A la gitaneta le gusta dejarse ver cuando el sol está alto y embiste como un toro bravo.

 

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Imagen de aBarbera

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