Vaig sobre neu

Hasta mediados del siglo XIX, el único intento colonizador del extremo sur del continente americano había sido la fundación fallida, en 1584, de dos ciudades –Nombre de Jesús, en la entrada del estrecho de Magallanes; y Ciudad del Rey Felipe, no lejos de la actual Punta Arenas– después del paso por allá, unos años atrás, del pirata Drake. El navegante inglés había producido sudores fríos en la burocracia imperial, suscitando la intervención personal del Felipe II y de su primo el Duque de Alba, quienes pusieron el asunto en manos de algunos de los mejores profesionales de aquel entonces, como fueron Pedro Sarmiento de Gamboa, eximio navegante, fino escritor, ocultista y astrólogo, acusado por la Santa Inquisición de fabricar amuletos y anillos para obtener suerte en la guerra y en los lances amorosos; y Bautista Antonelli, ingeniero que dejaría su impronta en fuertes tan emblemáticos como los de Cartagena de Indias o La Habana. Tras una odisea indescriptible, después de terribles dificultades, cerca de medio millar de personas alcanzaron el Estrecho de la Madre de Dios, nombre con el que se le conocía entonces. Los pobladores, en su inmensa mayoría, eran vecinos de Écija y Sevilla, lo que no dejaba de ser un despropósito en esas tierras de clima subpolar. Ya en el siglo XVII se decía que atravesar el estrecho era “viaje no de cristianos sino de hombres desesperados”.

Bien podrían los de Écija haber dicho con el poeta Ausiàs March, otro desesperado: 

Vaig sobre neu, descalç ab nua testa.

Hubo que esperar casi tres siglos para que los europeos intentaran de nuevo poblar esas tierras. Sólo que en lugar de sevillanos, el estrecho se llenó de croatas.

Imagen de aBarbera

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