No sé si el código de buenas maneras que más o menos acatamos en este albergue de bitácoras considera apropiado o de mal gusto referirse a las entradas de otras bitácoras. Hoy mentaré la entrada sobre Indiana Jones que nos brindó Pilar Rubio Remiro hace unos días.
Sí, este último Indy de cartón piedra digital nos dejó fríos. Yo no me atreví a decírselo a mi hijo - cuestión de no desmontarle ese sueño digno de Erich Von Dikanen que es la última entrega del tandem Spielberg/Lucas Films. Lo cierto es que asistir en una misma peli a un audaz ayuntamiento de Iguazú, Nazca, Machu Picchu, el Templo del Sol (Hergé) y los hombres-pájaro del Mago de Oz, no es algo que el espectador pueda ver todos los días. Y en Nazca había, no sé por qué, mexicanos sucios, vagos, dormitando, borrachos, deportados (ellos también) de otro mundo. De una peli de Sergio Leone, quizás. Todo ello en un cielo de rendimientos decrecientes.
Me llamó la atención (o no) que una buena parte de la armazón imaginal de la peli descansara en algo tan sencillo como es la figura de un cráneo -- tal vez un poco sofisticado, porque es de cristal y es transparente y es alargado, pero cráneo al fin; además de los numerosos cráneos, esqueletos, y momias que aparecen en cada rincón del celuloide.
Y sin embargo no debería sorprenderme, pues los cráneos y los esqueletos siempre han espoleado las imaginaciones más cansinas.
En una carta de mayo de 1870, con ocasión de su primer viaje a Caleufú, en esa parte de la Patagonia andina que es hoy la provincia argentina de Neuquén, escribe Francisco Pascasio Moreno (conocido años más tarde como "el perito Moreno") a su padre lo siguiente:
"Creo que no pasará mucho tiempo sin que consiga los huesos de la familia de Catriel." Moreno añade que ya tiene el cráneo de Cipriano y el esqueleto completo de su mujer. La carta continúa: " Aunque creo que no podré completar el número de cráneos que yo deseaba, estoy seguro de que mañana tendré 70. Hoy remito por la diligencia 17 en un cajón, los que harás recoger lo más pronto posible, pues el agente de ella no sabe la clase de mercancías que envío."
Catriel, Cipriano y los demás eran aborígenes argentinos. Y sus cráneos pasarían a formar parte de la colección de Moreno, que ulteriormente sería donada al Museo de La Plata. A Moreno, entonces un aguerrido joven de apenas 23 años, no le movía el afán de rapiña o de lucro sino una curiosidad genuina por conocer el origen del hombre en la América austral.
Por Caleufú ya habían pasado Cox en 1863 y Musters en 1870. Eran los años que precedieron a la llamada Conquista del Desierto. Más hacia el norte, en lo que hoy es el cuadrante en donde se juntan las provincias de La Pampa, San Luis, Córdoba y Santa Fe, el contacto entre "indios" y "cristianos" era más fluido. Las memorias del Coronel Baigorria o el relato de Lucio V. Mansilla (otro coronel; casi todos acababan siéndolo, por una extravagante disposición del destino) de su "excursión a los indios ranqueles", dan buena cuenta de ese intenso tráfico.
Qué extraño debía parecer ese hombre blanco acopiando calaveras.
Comentarios
Enviar un comentario nuevo