Sin prisas

Es cierto, el tiempo es limitado en los viajes y en cada momento uno debe tomar decisiones sobre la ruta a seguir o sobre dónde parar, pero con todo, no hay enemigo mayor de ese instante -siempre incontrolable- en el que un turista deja de serlo para convertirse en alguien diferente, que las prisas. Es algo que aprendí gracias a un amigo argentino. Siempre, antes de partir hacia la Patagonia, me decía:

- Y sobre todo no olvides que con la gente del campo uno no puede hablar desde el auto, con la ventanilla bajada y el motor en marcha. Por mucho que ande uno apurado, hay que darse el tiempo y apagar el motor, salir, conversar sobre cualquier cosa, evitar preguntar a bocajarro: "¿Por dónde se va a Condor Cliff?", aceptar el mate que te ofrecen y, lo más importante, dejar las prisas en el cofre... 

Esto, que parece algo elemental, de una simpleza casi irritante, es muy fácil de olvidar durante el viaje, en especial cuando uno lleva en la cabeza un plan bien definido.

Algo que ayuda muchísimo a calmar el juego son las situaciones imprevistas, por ejemplo, pinchar el tercer neumático una nochebuena, a medio camino entre Madryn y Trelew, un neumático que, por diversos motivos, sólo está disponible en Rosario, a 2000 kilómetros de distancia. Lo que me interesa subrayar hoy, sin embargo, no es el papel (tan necesario) del imprevisto, sino el saber-hacer que encierra la conseja del amigo.

Un filósofo alemán decía que el preguntar es la piedad del pensamiento, al tiempo que recordaba el parentesco etimológico del término "piedad" con la figura de una lanza. Tras varios años de viajes al sur, algo en mí se rebela contra esa "piedad", contra esa "lanza" que hay en toda pregunta. No hay que preguntar, o en todo caso, no hay que abordar al paisano arrojándole a gritos nuestra propia impaciencia.

Hace unos días terminé la lectura de un libro memorable de William Henry Hudson: La vida de un pastor (A shepherd's life). Me alegró mucho descubrir en este viejo libro la misma actitud paciente del amigo argentino. Hacia el final del ensayo, cuenta Hudson la manera cómo fue recopilando el material para su ensayo, a saber "en conversaciones con el pastor que tuvieron lugar en intervalos separados, durante varios años". Y añade Hudson: "Descubrí que no servía de mucho preguntarle." ¡Ja! El único método que funcionaba, prosigue el escritor, era hablar de cosas que fueran conocidas o familiares para el pastor y esperar a que por pura casualidad se acordase de alguna vieja experiencia o de alguna pequeña observación que mereciese la pena anotar, y aguardar de nuevo pacientemente hasta la próxima oportunidad. La actitud debe ser la misma que tenemos cuando observamos la naturaleza salvaje: sin prisa, pero atentos, con ojos, oídos y mente abiertos a lo que pueda venir. Y si nada viene, concluye Hudson, no quedamos decepcionados, pues la sola espera atenta nos llena de placer. ¿O no?  

 

 

Imagen de aBarbera

Comentarios

Felicidades por el texto. A

Felicidades por el texto.

A veces olvidamos que lo más importante de un viaje (sea del tipo que sea) es lo aprendido, y el tiempo para este fin , puede ser nuestro peor enemigo o nuestro mejor aliado y dependerá de nosotros que sea una cosa u otra.

Gracias por tu comentario.

Gracias por tu comentario. Se me ocurre un texto que habla de ese aprendizaje, el segundo capítulo del magnífico libro de Hudson "Días de ocio en Patagonia", que lleva un elocuente título: "Cómo me hice un ocioso." Muy recomendable lectura para todos aquellos que se decidan de una vez por todas a poner al Tiempo en su sitio. Sin prisas.

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