Prenzlauer Berg-Kreuzberg, un eje posible

Anduve evitando Kreuzberg. Me tenía que ver con gente amiga y los quise traer hacia mi barrio, mas al final prevaleció el número (¡eran más!) "and I took the locomotive to Kreuzberg". No me apetecía nada moverme hacia allá después de haber estado pateando durante varios días los coventillos de Mitte y Prenzlauer Berg. A los conventillos de Berlín los llamaban a principios del siglo XX Mietskaserne, "cuarteles de alquiler", y en algunos llegaban a vivir apiñadas más de 2000 personas. Los coventillos de Prenzlauer Berg y su bohemia son historia, y hoy el barrio va camino de convertirse en una versión dulcificada de Palermo Viejo (en Buenos Aires) o del mismísimo Soho. (A Prenzlauer se vino a vivir el caballero de Stockton, si bien todavía no tiene abierto salón para recibir.) Y el Tacheles no es ni sombra de lo que fue. 

Algo que, sin embargo, diferencia a Prenzlauer Berg de otros barrios populares hoy convertidos en colonia yuppi es la inimaginable amplitud de sus aceras, en las que el paseante se siente rey del mambo. Y yo caminaba, y me demoraba en este café, en esa librería, o en un comercio de viejos grabados expresionistas, y mientras tanto Gus repetía:

- "¡Venite pa' Kreuzberg, chabón!".

La tentación era monumental.

Y asi fue que el jueves por la noche me acerqué a Kreuzberg. No se parece a Palermo viejo ni al Soho. Recuerda más bien al final de la Rue Antoine Dansaert, cerca del canal, en Bruselas. Los turcos que no vi en otras partes de Berlín (salvo en los taxis) me los encontré en Kreuzberg.

Cita en Das Hotel (Mariannestrasse), regentado por un español. Un tercio cuesta 2,50 euros (más barato que en Buenos Aires). Allí estaba Gus y una amiga berlinesa (Maria Mandarina) y, más tarde, DJ Bongo, un diseñador gráfico caleño afincado en la ciudad desde hace más de una década, que me introdujo en la ciencia del boogaloo, el freakbeat, el llorado Fela Kuti, la más reciente Souljazz Orchestra y, por supuesto, la cumbia de su tierra, tan diferente de su descendiente platense -la cumbia villera-, con la que sólo comparte el papún-patapán. 

Para la etnografía fiestera: acá en Berlín anduvo funcionando hasta hace poco La Regla, una fiesta que tenía muchas coincidencias con la mítica Pop City porteña que se celebraba en el sótano de Unione e Benevolenza, en Perón al 1300. (Me dijeron que ahora hay bicisenda en Perón). De lo que fue La Regla queda ahora La Regla Fónica, un programa de radio, en donde Maria Mandarina y Bongo pasan música los viernes por la tarde, calentando motores para el fin de semana, en una mezcla graciosísima de Hochdeutsch y castellano caleño.

Aunque no me quedaba mucho tiempo, cruzamos al otro lado del canal, dos cuadras al sur, por Graefestrasse, guiados por Bongo, primero para comer algo en The King of Falafel (regentado por una venerable y serenísima dama turca), y luego para tomar la última en Mini-Bar, un exiguo local, un poco "cheto" para Gus, quien no dejó de subrayar la virtud de los locales estrechos, lo que me hizo recordar, no sé muy bien por qué, una frase que leí hace años en un relato inédito de Luis Martín Santos: "La más conmovedora -desde un punto de vista humano- de las modalidades técnicas de convivencia que distinguen al grupo de personas dedicadas al rodaje [de una pelicula] del resto de la vulgar humanidad (...) es la que podríamos llamar libertad táctil por todos mutuamente concedida."

En Mini-Bar estuvimos dándole vueltas a la pregunta: ¿por qué en el ranking de los mejores 500 álbumes de la historia del pop-rock la década de los 70 es de lejos la que sale mejor parada? 

Y un aviso para navegantes:  El centro de gravedad de la movida se ha desplazado desde Prenzlauer Berg ("un barrio repijo" - Maria Mandarina dixit) hacia Kreuzberg ("extendiéndose hasta Neukölln, porque Kreuzberg se quedó chiquito" - Bongo dixit). Pero si el viajero anda buscando la paz mañanera de un café en donde escribir un rato, Prenzlauer Berg es el lugar.

(Me quedó pendiente hacerme con la increible historia del berlinés Cioma Schönhaus, diseñador gráfico como Bongo, y falsificador de pasaportes en los años de plomo. Acabó escapándose a Suiza en bicicleta en 1943, ayudado por el gran teólogo Karl Barth. Quizás uno de esos libros que Altair podría traducir y publicar.)

Imagen de aBarbera

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