Prehistoria de la distopia

Estos últimos días, por diferentes motivos que no vienen al caso, han aparecido en los medios de comunicación imágenes de Etiopía que me han hecho recordar un viaje que hice allá, hace más de 10 años, en diciembre de 1997. De aquel viaje, que no fue ni de placer ni de turismo, guardo un montón de imágenes más o menos rotas que nunca me he tomado el tiempo de ordenar: una ciudad extensa, polvorienta, llena de obras y socavones; una temperatura muy llevadera gracias a los 2.500 metros sobre el nivel mar; y, sobre todo, una vida nocturna inesperadamente agradable que giraba en torno a los cafés tradicionales en donde se reunía la clase urbana para tomar una copa y escuchar el mazinko, así como otros lugares más exóticos como un boliche llamado El Torero, regentado por un español y por un cubano que se quedó en Addis Abeba después de la revolución de Mengistu y su Etiopía Socialista. Era bastante loco ver la pista de baile llena de etíopes y extranjeros moviéndose al son del grupo español Mecano.

 

Ahora que vivimos bajo el trauma post 11-S, acrónimo que va camino de desplazar a otros con solera, como por ejemplo el "A.C." que acompaña a los siglos, nos cuesta imaginar cómo podía el mundo vivir no demasiado obsesionado con La Seguridad. Y sin embargo, en aquel mes de diciembre del 97, me fue dado gustar un aperitivo de lo que se nos venía encima. Lo que en aquel entonces me pareció un atropello, hoy puede sucederle a uno en cualquier momento y en cualquier rincón del mundo.

 

Viajé a Addis Abeba siguiendo una ruta clásica vía Frankfurt y El Cairo, un Cairo fantasmal, envuelto en una nube de arena. Cuando el avión estaba finalizando la aproximación al aeropuerto de Addis Abeba y ya veíamos, a pesar de que era casi de noche, el tarmac de la pista, el avión hizo una maniobra brusca y empezó a subir de nuevo con mucha fuerza. El piloto alemán, haciendo gala de una frialdad burocrática con la que me he topado en más de una ocasión en los vuelos de Lufthansa, anunció:

 

-      Señoras y señores, les informo de que el permiso para aterrizar ha sido suspendido por la torre de control.

 

Ni una palabra más. Ninguna explicación. Y el avión que empieza a dar vueltas a lo que imaginábamos que era Addis Abeba, de la que no se veía nada. Al cabo de unos minutos de angustia, de la que el silencio tenso (cesaron de repente las conversaciones) era la prueba más palpable, vimos cruzarse no lejos de nuestro avión a una aeronave más pequeña que se hundió allá abajo, en las profundidades. A los pocos minutos, el piloto anunció que la suspensión del permiso para aterrizar “había cesado”.

 

Fue en la cola del control de inmigraciones donde empezó a correrse la voz entre los pasajeros (la mayoría eran hombres de negocios y funcionarios alemanes) de que Madeleine Albright, la ministra de exteriores nortemericana, viajaba en el avión al que el nuestro había cedido el paso in extremis. Alguien dijo algo así como: “Está haciendo una gira por los Grandes Lagos y aunque se sabe que va a visitar cuatro o cinco países de la región, por motivos de seguridad no pueden decir en qué orden serán visitados. Llegó por sorpresa.”

 

Como la mayoría de los pasajeros, yo había reservado una habitación en el que, a decir de muchos, era the only hotel in town, el Hilton, que, pese a su nombre, era un hotel controlado por el Estado, no sé si como resultado de una nacionalización o por otro tipo de acuerdos. Al llegar al hotel, me sorprendió sobremanera que para entrar en la recepción hubiera que atravesar un dispositivo de detección de metales, seguramente más sofisticado que los que se podían encontrar en los aeropuertos europeos de aquella época. A mí ese control se me antojó exagerado, pero ya se sabe que la pulsión gregaria no conoce límites y si a uno, después de haber aterrizado de cualquier forma, le dicen que se meta en el túnel de la risa, pues adentro va. Lo que me inquietó fue que un hombre “de la seguridad” retuviese mi maleta. Me indicó con un gesto inequívoco que la dejase junto al detector. Quizás fuera una superstición de viajero en apuros, pero la idea de separarme en ese momento de la maleta me resultaba muy penosa. Intenté explicarle al hombre lo más amablemente posible que tenía reserva en el hotel y le rogué que me dejase pasar con la maleta. Otro gesto, en esta ocasión perentorio, bastó para darme a entender que sólo si dejaba la maleta me podría acercar al mostrador.

 

Decidí entonces pasar a otro nivel de conciencia. Me dije: “OK, esto se está complicando. Haz como si fuera un sueño y déjate llevar. Be cool.” Me acerqué al mostrador, frente al que uno de los alemanes estaba agitando muy nervioso los brazos. “This is impossible!” – gritaba enfurecido. No sé por qué ya en ese momento me pareció completamente normal que alguien gritase: ¡Esto es imposible! Me decidí a hablar. Con la ingenua seguridad del titular de una tarjeta de crédito, dije:

 

-      Tengo una reserva para siete noches.

 

El conserje me respondió con una amplia sonrisa:

 

-      Sí, en efecto,usted tenía una reserva, pero lamentablemente el ministerio del interior la ha cancelado por motivos de seguridad.

 

Ahora era mi turno. Antes que agitar los brazos, me pareció de buen tono pedir hablar con el director. A los pocos minutos, apareció un hombre maduro, de venerables canas rizadas, que me iba diciendo con la mirada “yo soy un mandao” y que se deshizo en excusas. Por supuesto, me quedé sin habitación.

 

Advertí en ese momento, que en la recepción del hotel había dos tipos de personas: los que agitaban los brazos y emitían juicios en la lengua de Goethe sobre el abismo que separa la realidad del deseo; y otros seres enigmáticos que circulaban por parejas, vestidos de manera idéntica, con bermudas color caqui, gafas de sol (a pesar de que era de noche), cabeza rapada (o casi) y con un cordón de gusanillo que les salía de detrás del cuello de la camisa y que les llegaba hasta una de las orejas. Parecían versiones en tamaño natural de los Madelman o Geyperman de mi infancia. O réplicas de los agentes que aparecen en un segundo o tercer plano en algunas películas de James Bond y en muchas pelis serie B de los años 60. El director me explicó que el hotel había sido tomado al asalto por la comitiva norteamericana y que “por motivos de seguridad” nos dejaban fuera esa noche. En un gesto inesperado de simpatía, el hombre se ofreció a acercarme a otro hotel, llegando hasta el extremo de conducirme con su viejo Mercedes. Pasé la noche en el Etiopía Hotel, que en aquel entonces era -to put it mildly- otro tipo de hotel. Durante el camino, el hombre me explicó que desde el intento de asesinato (con misiles lanzados desde un automóvil) del presidente Mubarak un año y medio atrás, el gobierno estaba muy preocupado con La Seguridad. Y bueno, en el verano siguiente, en agosto del 98, volaron las embajadas americanas en Dar Es Salaam y Nairobi.

 

Estábamos viviendo la prehistoria del 11-S.  Ahora, en estos tiempos en los que utilizar un aeropuerto o atravesar un control de inmigraciones se ha convertido en un negocio miserable, casi todo lo que me sucedió en 1997 llegando a Addis Abeba (aterrizaje abortado, detector de metales para entrar en el hotel, vaciamiento de un hotel, etc.) parece juego de niños, batallitas de otra época.

Imagen de aBarbera

Comentarios

La paranoia

Me ha parecido muy descriptivo tu relato. Yo he viajado a Addis Abeba tres veces en los tres últimos años y, quizás porque espera encontrar más paranoia, me ha parecido que los controles de seguridad son bastante laxo, hechos como con desagada.
He tenido que pasar por unos cuantos arcos de seguridad, pero no por ejemplo por el el Hilton. Se ve que lo de ser faranyi les da tranquilidad.
Me ha molestado, por ejemplo, no ser cacheado a la puerta del Ghion mientras a mi amigo negro lo paran y lo manosean de arriba abajo, pero ya digo como quien hace un trámite.
Eso sí, los etíopes tienen algunas cosas muy interiorizadas. Alguno pensó si estaba loco cuando le pregunté si no era posible visitar el palacio nuevo de Haile Selassie (¿quieres acabar con un tiro en la cabeza?, me dijo un amigo). Los taxistas se apresuran a advertirte que en la zona del Ghebi no se pueden hacer fotos y varias decenas antes de llegar, te advierten que la cámara ni la asomes mientras pasamos por delante de la triple muralla de la embajada USA.
En este último viaje, uno de los días nos enteramos que la noche anterior habían colocado una bomba en el Merkato. Cuatro muertos. Pensé que habría controles por toda partes, que iba a ser un día incómodo. Pero no. Si lo fue, porque montaron un cacao de tráfico aún mayor de los habituales, el día que al primer ministro y al Abuna se les ocurrió arengar a la gente desde la tele y desde la radio. Varias calles a la redonda fueron cortadas para que pasase la comitiva y nosotros a dar vueltas con la furgoneta en torno a Bole Road por calles que, por el barro y el empedrado, parecían pistas de las montañas de Simien.
Pero es un lugar encantador al que, seguramente, volveré.

Sí, la verdad es que lo

Sí, la verdad es que lo poco que vi de Addis Abeba me pareció agradable, sobre todo la música. No lejos del Merkato había una buena librería en donde encontré cosas interesantes. (Cualquier lugar del mundo se hace más llevadero si hay una buena librería.) Por lo que cuentas, veo que el tráfico sigue siendo bastante caótico. No hay que olvidar que Etiopía es la capital diplomática de África, y le pasa como a Bruselas: siempre hay una comitiva oficial aquí o allá perturbando el tráfico.

Libros de Etiopía

Tienes razón. Todo parece mejor cuando encuentras una librería. Los libros. Nosotros nos hemos traído un buen cargamento (en amariña y en inglés) que compramos en una librería que hay muy cerca de Meskel Square, enfrente de la iglesia de San Esteban. También hay bastantes librerías entre Arta Kilo y Sidist Kilo, en las proximidades de la Universidad. Y una curiosidad, esta vez he visto a un montón de chavales vendiendo por la calle libros.
Si te apetece, me gustaría que le eches un ojo a nuestro blog
www.mamaetiopia.blogspot.com
y a este reportaje sobre Addis Abeba
http://www.lavozdegalicia.es/mundo/2008/10/04/00031223140170583653812.ht...

Un saludo

Yo me traje un evangelio en

Yo me traje un evangelio en amariña (que anduve descifrando durante unos meses), material sobre la guerra civil (en Etiopía, aclaro) y un libro muy loco sobre la dinastía real que se inicia con la reina de Saba (y que terminó, supongo, con Haile Selassie). Ya había entrado en vuestro blog. Me parece muy interesante para cualquier persona que planee un viaje a Etiopía. Y enhorabuena por el artículo.

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